Nos ayudaremos de las manos

No hay nada cuando no hay nada. Una fila de coches. El cielo, en lo alto de la mirada, es azul o gris o de otro color. Del color del cielo cuando es el cielo. Sobre mi pecho, pequeño, se ha posado una mano. No la aparto; está ahí. Quieta, en silencio. ¿Vienes a ayudar? No lo sé. ¿A qué vienen las manos? A veces ayudan, pero también dañan. Me gustaría saber algo más sobre ti misma, sobre ti y sobre mí, y así poder ayudarte, ayudarme mejor. Las palabras se me escapan sin ser dichas; van del cielo al suelo y se deslizan por mí; las siento caminar por mi piel, mi ombligo, por mis brazos. Luego, huyen. Se escapan. No es mi culpa entonces si no digo te quiero o amor mío. Son las palabras, las dichosas palabras que se me vuelan, que se me escurren como lluvia. ¿Aún así podrás ayudarme? ¿Podrás salvarme? No lo sé. Depende del cielo, y de la lluvia que cae de él, pero ¿a qué viene? No tienen sentido esos gritos en el pecho, esos llantos y tormentas. El cielo sigue gris. Pero también azul. La fila de coches sigue ahí, ensimismada, sin querer salir de sí misma. Un día tú también volarás: volaremos. Las palabras, las palabras estarán con nosotros. Nos ayudaremos de las manos.

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