Corduras locas; locuras cuerdas

Muchas veces siento que soy la única cuerda que permanece en pie, a pesar de todas mis locuras. Y es como si me arrojaran con violencia a la piel del pecho un cubo lleno de agua, y traspasase mi piel e inundase mis pulmones. Me cuesta respirar después. Boqueo. Permanezco en pie. Me arrodillo, me deslizo, me adapto, salto, me pregunto cosas ininteligibles. Y permanezco. Llevo mucho tiempo conociéndome: tocando mi piel, palpando mis labios, sintiendo lo que se siente aquí dentro, junto al fuego, no abras la ventana, empieza el humo, que no vean, que no digan, que no hablen. Y continúo. A menudo las cosas son más fáciles de lo que parecen; la cordura es entenderlo. La cordura es levantarse una y otra vez. La cordura es permanecer. Pero no hay nada más loco que conseguirlo. Luego vienen las espadas: las luchas, los pinchazos, los cortes. Toda la sangre que almacena mi cuerpo asomándose por las heridas. Me pongo en pie. Y permanezco. Pese a la locura. A pesar de la cordura. 

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