No te acostumbres a su piel

Le acarició la piel con cariño y apreció su suavidad. Estaban tumbados en la cama, cubiertos con mantas, con sus pijamas. Empachados después de ocho horas de sueño.

– ¿Por qué tu piel es tan suave?, le preguntó él.

La pregunta era la de siempre, la emoción también. Lo único que cambiaba era lo que no cambiaba: pasaban los días y él seguía encontrando la piel de ella suave y se lo seguía recordando. No lo descubría por primera vez, y sin embargo, se seguía maravillando y eso es lo que hacía diferente cada ocasión que se lo decía: su ausencia de acostumbramiento, su sorpresa continua.

– Porque tú la tocas. Tú la haces así, le dijo ella.

– ¿Yo te hago la piel suave?

– Si tú no la tocaras, nadie la encontraría suave. Y nadie me lo diría. Ni siquiera yo misma. Tú haces que mi piel sea suave.

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(¿Un terreno inexplorado puede ser considerado precioso o por el contrario desagradable y feo si nadie lo ve y lo cataloga como tal? ¿La belleza y la fealdad, la dulzura, la delicadeza y la brutalidad están solo en los juicios de los demás al respecto o son inherentes al objeto al que pertenecen? Por cierto, ¿a quién pertenece la suavidad -en este caso- a quién la posee o a quién la toca y lo valora?)
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