Ni siquiera yo misma

El océano de mis cosas dice algo de mí, pero no lo hace con mi voz ni utiliza mis palabras.

Mis gestos, mis silencios, mis preferencias, mis dilemas. Todo ello es mío y al mismo tiempo ajeno a mí, igual que una piedra bañada por un río. El río da forma y quizá sentido a la piedra, pero el río no es la piedra ni se pertenecen uno al otro.

Las dudas, los miedos, las miradas, las percepciones, las luchas, los vicios y las victorias (las ganadas y también las perdidas).

Mis pasatiempos (pasa – tiempos).

Los recuerdos.

La gente. La gente que quiero.

Intuyo que no es nada de eso tampoco.

¡Hay tantas cosas que me hacen y tantas formas de rechazarlas de un golpe a todas ellas!

Necesito mis propias seguridades y mis propias certezas, todo el lío de los conceptos y las definiciones para no desplazarme sola, a ciegas; pero lo cierto es que estoy tan perdida como al principio, tan lejos de la orilla, tan apartada del resto.

Pero tampoco eso (la lejanía, la extrañeza, el desvinculamiento y el vuelo) soy yo del todo.

Nadie es como yo, nada, ni siquiera yo misma.

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