Cuando cómo visten las mujeres es asunto de estado

¿Por qué está el mundo tan obsesionado con cómo visten las mujeres? ¿De verdad es un asunto de estado? ¿De verdad merece legislarse al respecto? ¿De verdad el vestuario femenino merece aparecer en cualquier publicación y ser lo más destacado que se diga sobre una mujer? ¿De verdad? Espera, ¿si? ¿estás hablando en serio? ¿De verdad todo el mundo debe opinar sobre el cuerpo de las mujeres y su ropa?

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Las imágenes fueron tomadas esta semana en Niza, Francia, donde se ha prohibido recientemente el uso de burkini en las playas. La mujer fue obligada a desvestirse después de que cuatro agentes de policía le entregaran una multa donde se leía que su vestimenta “no era respetuosa con la moralidad y el laicismo”.

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Las manos de las brujas

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Murieron quemadas durante años en hogueras instaladas en plazas y otros sitios públicos. Uno de los cargos de los que se les acusaban era el de poder curar imponiendo las manos. Sus manos calientes que transportaban vida y salud fueron declaradas culpables; debían morir abrasadas para expiar su pecado. La técnica había sido aplicada durante siglos por múltiples civilizaciones, pero poco importaba. No se enseñaba en las iglesias, no se podía palpar; bien podría ser obra del diablo.

Ardieron las mujeres que lo desarrollaban, pero su actividad no terminó del todo en cenizas. Renació con fuerza en Japón bajo el nombre de reiki y consiguió extenderse por otros países. Hoy la Organización Mundial de la Salud lo reconoce como terapia complementaria en el tratamiento de enfermedades y se aplica en hospitales.

Se supone que con la práctica del reiki la energía fluye hacia el destinatario, calmándole y haciéndole sentir paz y bienestar. Apaciguándole. Sanándole, quizá. Pero la energía circula en cualquier caso. En una caricia, en un apretón o un choque de manos. Es solo cuestión de observar. Algunos pueden ver pura vida o al mismo dios, del mismo modo que otros encontraban al diablo en la misma situación.

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Solo mío

leon-sol-disfrutar-perezaHoy es domingo y mi último día de vacaciones de verano (snif, snif). Lo dedicaré a no hacer nada. O sí: solo lo que realmente me apetezca hacer. No aceptaré peticiones de nadie, ni me esforzaré demasiado. Hoy es para disfrutar: sin agobios, sin presiones. Hoy ya es solo para mí.

Y perdonar

The weak can ever forgive. Forginess is the attribute of the strong. 

Gandhi

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Perdonar no es una tarea fácil pero libera cuando se hace. Sobre todo cuando es a uno mismo. Resulta habitual autodecepcionarse -yo lo hago a diario- por no estar a la altura de las exigencias internas, y sin embargo es tan, tan difícil perdonarse. Pienso: “pero, ¿cómo voy a perdonarme? Si me perdono, volveré a hacerlo, y si vuelvo a hacerlo, volveré a enfadarme conmigo misma. Debo ser inflexible”.

Sin embargo, la experiencia me ha demostrado que la autorigidez no suele llevarme a un menor número de decepciones. Más bien al contrario. Al final se vuelve rutinaria la ruleta de exigencias, desilusiones y regañinas y se aplica una y otra vez sin ser consciente, como parte de los movimientos y pensamientos automáticos que nos permiten vestirnos, lavarnos los dientes o caminar sin necesidad de prestar atención. Es por eso por lo que resulta más difícil perdonar. La mayor parte del tiempo ni siquiera nos damos cuenta de que estamos siendo duros con nosotros mismos -o con cualquier otra persona- ni de que nos merecemos nuestro apoyo y un cachito de perdón. Ya se ha dicho muchas veces, perdonar a otra persona no significa dejar que te hiera una y otra vez; significa poner tus límites, dejarle ir si lo deseas y sobre todo, no permitir que te hago más daño el rencor. Perdonarse a uno mismo es diferente. Debemos hacerlo siempre. Siempre. No solo porque de nada sirve estar discutido con uno mismo, sino porque perdonarnos nos tranquiliza, nos libera, nos hace sentir mejor, nos hace menos propensos a volver a fallarnos. La mayoría de las veces cuando actuamos mal -u omitimos actuar bien- es por miedo o  por falta de confianza; a veces incluso por deseo de hacer el bien que sale malparado. ¿No merecemos en esos momentos más un abrazo que un cachete? ¿No merecemos más nuestro perdón? Hace falta ser fuertes, ya lo dijo Gandhi, pero a veces simplemente merecemos serlo.

Maestras Zen

Tengo plantas en casa. Mi hermana mayor tiene plantas y también dos gatas, una es blanca, totalmente blanca y otra es negra, completamente negra. A mi hermana no le gustaban los animales hasta que una conocida le comentó que había encontrado una caja llena de gatitos recién nacidos abandonada en la calle y decidió quedarse uno. Era la negra, Ada; la acogió en casa por pena. Luego vino Estrellita, que es blanca y arisca, y también la encontró en la calle cuando era un cachorrillo. En mi casa no podíamos utilizar antes la conocida expresión “amantes de los animales” para definirnos, porque en verdad ninguno lo éramos. Quizá un poco mi padre; pero se veía cohibido por mi madre, que los detesta. De los cuatro hijos que tuvieron, todos les teníamos un poco de miedo. Ahora mi hermana mayor los adora. Me comenta que hace unos años no se imaginaba que podría llegar a sentir un amor tan intenso por unos mininos. Y que ese amor le traería tanta alegría a su vida. El resto de la familia sigue igual, no obstante: tan temerosa de los animales como siempre. Tanto es así que cuando vamos a verla a casa, le pedimos que guarde a las gatas en una habitación donde no vayamos a estar nosotros. Qué le vamos a hacer, las gatas son bastante hurañas y nos dan miedo, nos asustan. En ese sentido, son más fáciles las plantas. Una puede admirar su belleza, cuidarlas y darles mimitos, pero nunca asustarán a nadie ni habrá que pedirles que se vayan a otro lugar cuando viene gente. Tampoco se les cogerá tanto cariño; que yo sepa, nadie dice que unas plantas hayan traído a su hogar una oleada de felicidad. Supongo que aquello que aporta algo realmente positivo, también provoca algunos inconvenientes. Nada es completamente perfecto, nada pura armonía.

He vivido con varios maestros Zen; todos eran gatos

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La frase, de Eckhart Tolle, llegó a mí a través de mi hermana. Sus gatos son hoscos con la gente y no lo esconden;  con ella son cariñosos a veces, independientes a veces, juguetones a veces, dormilones siempre. Tampoco lo esconden. Son como les apetece ser y no tienen miedo de mostrarse tal cual. Si se enfadan, enseñan las garras; si se cansan, se van a otro sitio a descansar; si están a gusto, ronronean y piden caricias. Son libres de expresar sus sentimientos y emociones como les parece; se aceptan como son, se diría si fuesen humanos, y sin embargo, es posible que ninguno de nosotros alcance ese grado de aceptación perfecta.

Una rosa es una rosa

Tis but thy name that is my enemy.
Thou art thyself, though not a Montague.
What’s Montague?
It is nor hand, nor foot,
Nor arm, nor face, nor any other part
Belonging to a man.
O, be some other name!
What’s in a name?
That which we call a rose
By any other word would smell as sweet.

Solo tu nombre es mi enemigo.
Tú serías tú, aunque no fueras un Montesco.
¿Qué es un Montesco?
No es una mano ni pie,
Ni brazo ni cara, ni ninguna otra parte 
Que pertenezca a un hombre.
Oh, ¡sé otro nombre!
¿Qué es un nombre?
Lo que llamamos rosa 
Olería igual de dulce si se llamase de otra forma.

William Shakespeare, Romeo and Juliet o The Most Excellent and Lamentable Tragedie of Romeo and Juliet, 1597

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En verdad, ¿qué es un nombre? Muchas veces de pequeña me lo preguntaba una y otra vez. ¿Por qué mesa se llama mesa y no silla o montaña? ¿Por qué mañana se refiere al mañana y no al ayer? ¿Y qué implica que se llame así? De niña solía preguntarme estas cuestiones y repetir una y otra vez, cientos de veces, una palabra hasta que perdía su significado y ya no me servía para denominar lo que antes nombraba.

¿Y los nombres propios? Resultaría imposible llamar a alguien que conoces de forma diferente. Se le ve en la cara, solemos decir. Si tu primo se llama Santi tiene cara de Santi y no de Jose, Carlos o Antonio. Entonces, ¿cómo de importante es un nombre? Según Alejandro Jodorowski, es el  primer “regalo” otorgado al recién nacido y lo individualiza en el seno de la familia. Recuerdo a mi hermana mayor, no mucho tiempo atrás, hablándome de la carga que suponía para ella llevar el mismo nombre que mi abuela, muerta súbitamente a los 60 un par de años antes de que ella naciera. “¿Por qué no pudieron ponerme un nombre nuevo en la familia?, ¿Por qué el de ella?”, decía.

“Hay nombres que aligeran y nombres que pesan” escribió Alejandro Jodorowski. “Los primeros actúan como talismanes benéficos. Los segundos son detestados. Si una hija recibe de su padre el nombre de una antigua amante, queda convertida en su novia para toda la vida. Aquellas personas que reciben nombres que son conceptos sagrados (Santa, Pura, Encarnación, Inmaculada, etc.) pueden sentirlos como órdenes, padeciendo conflictos sexuales. Los Pascual, Jesús, Enmanuel, Cristián o Cristóbal es muy posible que padezcan delirios de perfección y a los 33 años tengan angustias de muerte, accidentes, ruinas económicas o enfermedades graves.

A veces los nombres dados son producto del deseo inconsciente de solucionar situaciones dolorosas. Un nombre tomado de estrellas del cine o de la televisión, o de escritores famosos impone una meta que exige la celebridad, lo que puede ser angustioso si no se tiene talento artístico. Si los padres transforman el nombre de sus hijos en diminutivos (Lolo, Pepe, Rosi, Panchita), pueden fijarlos para siempre en la infancia.

Una de las tareas más grandes que tiene quien desea liberarse de los límites espirituales que le ha impuesto la familia, la sociedad y la cultura, es el nombre. Desde que nacemos nos imprimen esa necesaria etiqueta, nombre y apellido(s) que se van infiltrando en el alma hasta que se convierten en nuestro tiránico doble. Luchamos por hacernos un nombre, tememos que nos lo ensucien, sin él nos sentimos desaparecer. El nombre nos amarra al clan, haciéndonos herederos de sus calidades y errores, nos clasifica en una nacionalidad, en una clase social, especifica nuestro sexo, es como un cofre poderoso que contiene lo mucho o poco que somos.”

Entonces, ¿Julieta llevaba razón? ¿Es el nombre de una persona una carga que lo une a su familia? ¿Hace falta desprenderse de él para llegar a ser libre?

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Mis mejores canciones (I)

No son mías, pero sí son mías. Mis canciones favoritas me cuentan historias que entiendo y reconozco. Su melodía transmite cosas a mi mente y a mi cuerpo: vibraciones, sensaciones, recuerdos, emociones. Las escucho; no me importa dónde ni tampoco cuándo.

 Nina Simone. Ain’t Got No, I Got Life

 

Rem. Uberlim

 

Beatles. Norwegian wood (this bird has flown)

 

Russian Red. Cigarettes

 

Coldplay. Fix you

 

Joaquín Sabina. Donde habita el olvido

 

Vampire Weekend. Oxford Comma


 

Cat Stevens. The First Cut Is The Deepest

Un único latido

Tumbarse en el suelo sobre una esterilla. Sentir el cuerpo. (El cuerpo que nos acompaña, el cuerpo que tenemos y el cuerpo que somos, el cuerpo que disfrutamos, el que sufrimos). Esperar a que lleguen los pensamientos a la mente y se difundan por el resto de nuestro organismo. Planes de futuro, inquietud en piernas y manos. Recuerdos. Encogimiento de hombros. Deseos, inquietudes. Movimientos gastrointestinales. Observarlos y dejarlos ir como si fueran nubes o estrellas viajando por el cielo. Llenar los pulmones. Llenar la tripa luego. Tomar un nuevo sorbo de aire y liberar espacio. Envolverse en paz. Volver a ocupar el pecho y la barriga con aire y permitir que después se expanda por el resto del cuerpo. Sentir que respirar y latir es lo mismo y que el cuerpo entero respira unido en una única palpitación. Volver a respirar. Y a latir. Volver a pensar en nada. Y vivir. respirar-paisaje-paz

Somos lo que no pasa

Nunca oímos sobre las veces que no pasa. Sería una historia aburrida y larga. Trescientos millones de personas no han sido heridas hoy. Doscientos millones no cambiaron su rutina el día de ayer. Lo inusual hace las noticias. Lo usual nuestra vida diaria.

¿Hacia dónde te diriges?

A los que corren en un laberinto su misma velocidad los confunde.

Séneca

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