Un gato al sol

Cuando me siento triste o enfadada, o rabiosa, o me sobreviene el miedo, el agobio o el pesimismo, cuando afloran como granos molestos y de repente son visibles para mí las llamadas emociones negativas, inmediatamente siento la necesidad de liberarme de ellas. Respirar, pensar en otra cosa, no conseguirlo, volver a respirar, regañarme por sentirme así y volverlo a intentar y regañarme de nuevo por no conseguir tranquilizarme ni reconducir mi ánimo hacia una estado más positivo y tranquilo: son acciones que a menudo van seguidas de un bajón. ¿Pero qué pasaría si sencillamente no intentara cambiarlo? ¿si aceptara estas emociones como las consideradas positivas? Es como si tuviera miedo a sentirme mal, como si no fuera capaz de entender que tengo derecho a sentir todo tipo de emociones y a comprenderme cuando es así. ¿Qué pasaría si dejara de juzgarme y criticarme y simplemente dejara estar cualquier tipo de sentimiento según llegara? ¿Qué pasaría si fuera un gato tumbado al sol de primavera y no me preocupara por cómo son mis sentimientos ni tratara de cambiarlos cuando los considero no válidos? gato-sol-flor-relajacion-paz

Hace falta amar

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Para amar a alguien hace falta no tener en cuenta todas las imperfecciones propias que se clavan como hojalata mal cortada. Hace falta no ser consciente de ellas, hace falta no llamarlas imperfecciones, hace falta amarlas como si fueran algodón blandito, un viaje deseado, un paisaje bello, un masaje en la nuca.

Para amar a alguien que no somos nosotros hace falta amar primero a la persona que sí somos nosotros. Hace falta no lanzarnos miradas reprobatorias, hace falta no asustarnos, hace falta escucharnos. Hace falta amarnos incondicionalmente. Amar como niños. Amar sin medida. Amar sin método. Amar sin más porqué que el hecho de que nosotros seamos nosotros: la persona en la que vivimos, la que nos reporta sus experiencias y emociones sobre la Tierra, el vehículo que nos permite conocer todo lo demás: absolutamente todo. La persona que baila por nosotros, que ríe, que escucha, que llora de tristeza y de alegría, la persona que ve árboles y siente en su piel el calor del sol tamizado por las hojas verdes de primavera.

Hace falta no sentirse culpable por haber dicho esto o haber omitido aquello, hace falta no sentirse incapaz ni poca cosa, ni estúpida, ni demasiado alta, ni demasiado gorda, ni demasiado parlanchina. Hace falta sentirnos cómodos en la casa que somos para nosotros y buscarnos lo mejor en cada ocasión.

Hace falta sentir odio y pena y rabia y vergüenza y luego aceptarlo como partes de la vida, partes tan naturales como la lluvia o el viento, tan naturales como el hambre, el frío y el agua.

Hace falta estar ahí donde estamos y desde esa posición decidirnos a amar. Amar, amar, amar, amar(nos).

En mis zapatos

He vivido conmigo los últimos años. Todos mis años. Y aún me cuesta reconocerme. Capto vestigios míos en el espejo de la gente, en el río opaco de mis pensamientos. Pienso: esa soy yo y lo que observo son puntos fugaces, aire, silencio, distancia. Luego se me olvida. Y me busco de nuevo. Se me pasan los días revolviendo muebles y no siempre estoy ahí para encontrarme.

No sé si he aprendido a quererme todo lo que merezco, pero sé que cuido de mí misma todo lo que sé. Sé que me esfuerzo, ¿eso vale? Me involucro, me preocupo, me meto en la piel y en los huesos, y en mis zapatos cada día.

Espectadores protagonistas

Lo que es y lo que debería ser. La lucha empieza. Mis pensamientos se retuercen, se enredan, se lían, se vuelven ariscos y me intimidan. Tengo demasiadas ideas ahí dentro sobre cómo deberían ser las cosas, tantas que a menudo impiden que las cosas simplemente sean. Se ponen todas delante, en fila desordenada, bloqueando el paso. Yo me lleno de prisa, de agitación. Me oigo decirme: esto debería ser así, yo debería decir eso, debería haber hecho aquello, él tendría que haber actuado de otro modo, esa no es la forma correcta de ser, debería haber realizado las cosas de una manera diferente. La cadena continua interminablemente, enredándome a mí y enredando a lo que está a mi lado.

Mensaje muro

¿Pero qué es lo que debería ser si no es lo que ya es? La vida, las acciones, las personas toman sus propios caminos, sus propias decisiones. En eso consiste la libertad, eso es la diversidad. Nada debería ser de una forma diferente a la que es. Las cosas sencillamente son. Siguen su curso. Inexorablemente, sin prisa, sin pausa. El camino está ahí y todos lo recorremos. Un paso y otro. Sin descanso.

Somos al mismo tiempo protagonistas absolutos y simples espectadores.

A veces sueño con él

Mi abuelo. Mi abuelo Víctor. De vez en cuando sueño con él. En ocasiones son pesadillas, otras veces, en cambio, le veo y no puedo parar de besarle y abrazarle; siento que tengo que cuidarle, que tengo que quererle mucho antes de que se vaya porque ya no voy a verle más. De hecho, no le he vuelto a ver desde noviembre. Murió ese mes. Ahora mi tío ocupa su lugar en el sofá y parece que ya nadie se acuerda de él: no se le nombra, no se le recuerda; apenas queda nada de él.

Pero a mí me resulta muy difícil acostumbrarme a su muerte. ¿Por qué se supone que hay que entender y aceptar que muera alguien solo porque es mayor? Para mí era una persona como cualquier otra; le conocía, le quería, estaba unida a él. Me da igual que tuviera más de 90; en realidad yo le conocí los mismos años que al resto de miembros de mi familia. ¿Qué diferencia hay?

Supongo que con el tiempo poco a poco se apaga el recuerdo, que te acostumbras a estar sin una persona, del mismo modo que antes de acostumbraste a estar con ella. ¿Pero eso eso todo? ¿Todo? ¿Una simple falta de memoria? Me cuesta entenderlo. No quiero hacerlo tampoco.

Mi abuelo. Mi abuelo que ya no existe. A veces sueño con él. No me acostumbro a su muerte.

También somos nuestros padres

Ayer empecé a leer a Joan Garriga, del que no conocía demasiado. Os dejo algunos extractos de su libro ¿Dónde están las monedas? Me parece de gran utilidad para estos días, en que las reuniones familiares pueden llegar a ser estresantes, aunque en realidad servirían para cualquier momento. Aprender a aceptar a nuestros padres y a valorar lo que han hecho por nosotros nos sirve para dejar atrás el resentimiento hacia ellos y ser así, un poco más libres, más felices quizá. Es verdad que no siempre lo han hecho demasiado bien, es cierto que se pueden haber equivocado en sus decisiones u acciones, pero eso también forma parte del aprendizaje del hijo; de lo que tiene que aprender a superar, a aceptar, a entender.

Algunos hijos piensan que tienen que querer a uno de sus padres, al que catalogan de bueno, y que deben despreciar al otro, al que tildan de malo. Es decir, escinden su corazón entre el bien y el mal y se ponen de juzgadores. La paradoja es que, habitualmente, luego busquen personas parecidas al progenitor rechazado o ellos mismos se le parezcan. La paz y la dicha en las familias viene cuando todos pueden tener un buen lugar y cuando cada uno puede tener el lugar que le corresponde, o sea, que los padres sean padres, los hijos, hijos, la pareja, pareja. La única medicina es la inclusión y la apertura del corazón, de manera que el pasado ya pueda quedar como pasado.
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Hay otra razón poderosa que puede empujarnos a iniciar la tarea de restaurar el amor hacia nuestros padres: sólo logramos amarnos a nosotros mismos cuando los amamos y honramos a ellos. En lo más profundo de cada uno de nosotros, por muy graves que sean las heridas, los hijos seguimos siendo leales a nuestros padres, e inevitablemente los tomamos como modelos y los interiorizamos. De algún modo conectamos con una fuerza que nos hace ser como ellos. Por eso, cuando somos capaces de amarlos, honrarlos, dignificarlos y respetarlos, podemos hacer lo mismo con nostros mismos y ser libres.
Joan Garriga

Father and son, la emotiva canción de Cat Stevens que ilustra tan bien este tema.