Mi yo grande

Cuando era pequeña, me gustaba despertarme pronto, ver empezar el día y luego volverme a dormir. Sentir el frío de la mañana y volver al calor de la cama. Era un infinito placer dejarse invadir por la pereza y la somnolencia aquellos días en que me había despertado temprano, había disfrutado un rato de la mañana y aún era pronto cuando decidía volver a la cama.

Sigo siendo la misma niña que entonces, la niña que veo en mis recuerdos. No es que no haya crecido, no es que no haya madurado ni que me sigan gustando las mismas cosas que durante mi niñez, aunque aún conservo muchas costumbres, gustos, ideas, percepciones. He cambiado. Sin embargo, mi yo, mi persona sigue siendo la misma, tenga 5 o 20 años, 10 o 70 (si alguna vez llego a tener esa edad); sigue siendo mía aquella alegría infantil, aquella felicidad de los días de verano sin colegio, aquellos sueños tranquilos, aquellos juegos, siguen siendo míos los días creados en el pasado y los días que crearé en el futuro… Sigue siendo mía mi persona, mi barro, cada uno de mis recuerdos, todos mis pensamientos.

Algo dentro de mí siempre ha permanecido: sentado en un banco, tranquilo, impasible a la huída y al reemplazo de todo lo demás. Algo dentro de mis hombros, mi nuca, mis mejillas, mi lenguaje, mi paladar, mis párpados.

Mis párpados grandes como mis ojos. Como mi yo niña, mi yo adulta. Grandes como mi yo grande.

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Discusiones infantiles

Las discusiones suelen ser a cuatro bandas. Discuten dos niños y dos personas adultas. Los niños pertenecen a los mayores que no llegaron a madurar y se quedaron encerrados en sus cuerpos y en sus mentes para recordarles su presencia, para hacerles sufrir como niños por problemas de mayores.

Mi niña también aparece a menudo. Coge rabietas, se enfada cuando no salen las cosas a su modo, no entiende del todo el mundo real, fantasea con frecuencia. Mi parte adulta la reconoce de vez en cuando y aunque le molesta su presencia, se esfuerza por reconducirla con palabras suaves y calmadas. No siempre es fácil, sobre todo cuando en la sala están presentes los niños vulnerables y enfadicas de otras personas adultas.

Odio esa situación, me pone de mal humor. Es dificil dialogar con un niño sobre asuntos de mayores y no siempre es posible hacerlo, pero tampoco puedo llamar a mi niña para que discuta por mí; muchas veces ya está implicada, otras veces simplemente me parece despreciable tener que pedir que una niña participe en asuntos desagradables cuando se supone que hay un adulto delante. Hoy he vislumbrado a mi niña. Una vez más, estaba enfadada. He estado a punto de enfadarme a su vez con ella. ¿A quién se le ocurre aparecer? ¿Por qué no me dejas que me las apañe sola, niña pesada y odiosa? Luego la he hecho entrar en razones. La he ido calmando poco a poco. No pasa nada, le repetía. Después de un rato estaba más tranquila. Le he dado un beso de buenas noches y la he dejado durmiendo: se cansa con las frustraciones. Cuando he dejado la habitación le he susurrado hasta mañana mientras oía su respiración sosegada.

Luego me he sentado en el sofá y he pensado en mi yo pequeño y mi yo mayor. Soy tanto uno como otro. Y a veces otros más.