Un único latido

Tumbarse en el suelo sobre una esterilla. Sentir el cuerpo. (El cuerpo que nos acompaña, el cuerpo que tenemos y el cuerpo que somos, el cuerpo que disfrutamos, el que sufrimos). Esperar a que lleguen los pensamientos a la mente y se difundan por el resto de nuestro organismo. Planes de futuro, inquietud en piernas y manos. Recuerdos. Encogimiento de hombros. Deseos, inquietudes. Movimientos gastrointestinales. Observarlos y dejarlos ir como si fueran nubes o estrellas viajando por el cielo. Llenar los pulmones. Llenar la tripa luego. Tomar un nuevo sorbo de aire y liberar espacio. Envolverse en paz. Volver a ocupar el pecho y la barriga con aire y permitir que después se expanda por el resto del cuerpo. Sentir que respirar y latir es lo mismo y que el cuerpo entero respira unido en una única palpitación. Volver a respirar. Y a latir. Volver a pensar en nada. Y vivir. respirar-paisaje-paz

Suspendidas en el aire

bosque-hojas-secas-luz-otoñoVan y vienen las hojas de los árboles. Se arrastran movidas por el viento, por la lluvia, por el sol, por las pisadas de la gente que nada con sus pies entre ellas.

Van y vienen los pensamientos como hojas de árbol. Se deslizan por el suelo de mi mente dejando tras de sí un murmullo de aspereza y quietud. El sol se ha puesto e inunda la tierra de un color rojizo, anaranjado. Respiro hondo. Las hojas ascienden dulcemente y se quedan suspendidas en el aire: como si pendieran de un hilo invisible, como si la ley de la gravedad no actuara sobre ellas durante unos segundos. Espiro: las hojas se balancean suavemente hasta que caen de nuevo a la tierra.

Cielo azul, nubes blancas

Cómo pasas tus días es, por supuesto, cómo pasas tu vida. 
Me gustaría aprender, o recordar, cómo vivir.

Annie Dillard

Y decidirse a vivirla

Puedo ser una mota de polvo que vuela sin ser vista y sin hacer ruido por el aire, una mañana espesa de nubes. Y puedo acomodarme en ellas, mullidas como algodón y sentir la paz absoluta de perderme en su interior.

A menudo pienso en eso cuando voy en el coche, sentada en el asiento de copiloto. Me gusta quedarme embobada mirando el cielo y sentirme sin darme cuenta parte de él. Concentrarme mientras lo observo abstraída, ante mis ojos solo el color azul y el blanco, y de repente olvidarme del ritmo de preocupaciones que agita mi día a día.

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Aire, motas de polvo, algo diminuto e imperceptible. Cuántas veces he deseado ser eso. Ser invisible. Pasar desapercibida. Esconderme. Que nadie me preste atención, ni siquiera yo, ni siquiera yo misma. Hay gente que se muere por ser el centro de todas las miradas y gente que no soporta recibir una breve ojeada. Yo he estado en el segundo bloque la mayor parte de mi vida. Y podría seguir estándolo, solo que muchas veces el tiempo nos cambia: llega un momento en que los deseos de invisibilidad se enfrentan a la realidad. A veces es necesario dar la cara, tomar decisiones y ser fuerte; y si no eres nada, ¿cómo puedes hacerlo? ¿Cómo puedes defenderte, cuidarte o ser capaz de hablar por ti mismo? Está bien ser aire y flotar y vivir como un ser inmaterial, siempre que se pueda adoptar un cuerpo que se preocupa de sí mismo y se trae lo que necesita cuando quiere.

Lo mejor sería ser aire y ser árbol. Ser pez y ser agua. Ser vida y decidirse a vivirla.

Aire cargado de vida

Vivo, vivo, vivo. Y vuelvo a vivir. Vivo tantas vidas como vidas hay. Vivo tantas vidas como cielos, como voces, como lugares existen. Una vida: una emoción. Una emoción: un mundo. El mundo: pluralidad y desorden armonioso, perfección intrínseca. Permanencia y volatilidad. 

Yo y el mundo. Todo. Eso. Todos. Nada. En el fondo no es nada. Solo aire. Aire cargado. 

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