Maestras Zen

Tengo plantas en casa. Mi hermana mayor tiene plantas y también dos gatas, una es blanca, totalmente blanca y otra es negra, completamente negra. A mi hermana no le gustaban los animales hasta que una conocida le comentó que había encontrado una caja llena de gatitos recién nacidos abandonada en la calle y decidió quedarse uno. Era la negra, Ada; la acogió en casa por pena. Luego vino Estrellita, que es blanca y arisca, y también la encontró en la calle cuando era un cachorrillo. En mi casa no podíamos utilizar antes la conocida expresión “amantes de los animales” para definirnos, porque en verdad ninguno lo éramos. Quizá un poco mi padre; pero se veía cohibido por mi madre, que los detesta. De los cuatro hijos que tuvieron, todos les teníamos un poco de miedo. Ahora mi hermana mayor los adora. Me comenta que hace unos años no se imaginaba que podría llegar a sentir un amor tan intenso por unos mininos. Y que ese amor le traería tanta alegría a su vida. El resto de la familia sigue igual, no obstante: tan temerosa de los animales como siempre. Tanto es así que cuando vamos a verla a casa, le pedimos que guarde a las gatas en una habitación donde no vayamos a estar nosotros. Qué le vamos a hacer, las gatas son bastante hurañas y nos dan miedo, nos asustan. En ese sentido, son más fáciles las plantas. Una puede admirar su belleza, cuidarlas y darles mimitos, pero nunca asustarán a nadie ni habrá que pedirles que se vayan a otro lugar cuando viene gente. Tampoco se les cogerá tanto cariño; que yo sepa, nadie dice que unas plantas hayan traído a su hogar una oleada de felicidad. Supongo que aquello que aporta algo realmente positivo, también provoca algunos inconvenientes. Nada es completamente perfecto, nada pura armonía.

He vivido con varios maestros Zen; todos eran gatos

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La frase, de Eckhart Tolle, llegó a mí a través de mi hermana. Sus gatos son hoscos con la gente y no lo esconden;  con ella son cariñosos a veces, independientes a veces, juguetones a veces, dormilones siempre. Tampoco lo esconden. Son como les apetece ser y no tienen miedo de mostrarse tal cual. Si se enfadan, enseñan las garras; si se cansan, se van a otro sitio a descansar; si están a gusto, ronronean y piden caricias. Son libres de expresar sus sentimientos y emociones como les parece; se aceptan como son, se diría si fuesen humanos, y sin embargo, es posible que ninguno de nosotros alcance ese grado de aceptación perfecta.

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Hasta que la tripa duela

Una de las sensaciones que más me gustan es reír a carcajadas en compañía. Risas dobles, triples, cuádruples que continúan aunque se mojen los ojos y la tripa duela.

Uno de los motivos que más me gustan para reír a carcajadas son los errores de uno mismo. Me gusta cuando de una situación que puede provocar pena, malestar, frustración o agobio solo aparece la risa y desdramatiza la historia.

Una de las razones de mi gusto por reír a carcajadas con gente es la sensación de felicidad que le sigue: la tranquilidad que envuelve, el sentimiento de que todo está bien, la alegría que trae. La alocada paz que agita el cuerpo.

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Cada uno de los instantes

A menudo nos decimos: “tenemos que viajar más”, como si de eso dependiera toda la felicidad de nuestras vidas, como si tuviéramos reservados los momentos alegres a los viajes y no hubiera más ocasión de disfrutar juntos del tiempo. A menudo nos decimos eso y nos entusiasmamos ante la perspectiva de ver juntos otros países y otros lugares y pasar todo el día, muchos días, juntos; pero esa conversación siempre nos deja, junto a la ilusión, un trasfondo de tristeza inevitable. Tenemos agendas, trabajos, obligaciones, vidas aburridas de adultos con sueldos de jóvenes malpagados y apenas podemos permitirnos viajar: nos falta el tiempo, nos falta el dinero.

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Sin embargo, nuestra relación no se construye solo con grandes fechas ni días para el recuerdo. Nuestra relación se sujeta en cada uno de los días que vivimos juntos, en cada uno de los instantes compartidos.

Quizá no podamos viajar siempre que queramos, pero estamos juntos y podemos disfrutar de ello, ¿no crees? Quizá tenemos que aprender que no hay un momento más propicio que cualquier momento para ser felices, ni viaje más largo ni más intenso que el de nuestra propia relación.

¿Nos vamos? ¿Salimos hoy mismo?

Días como colores

Hay días de todo.

Días tontos en los que solo tengo ganas de llorar y observar con una lente melancólica y tristona todo lo que veo. Días en que mi corazón está apretujado y magullado y va marcando con un reguero de sangre oscura el camino por el que voy a pasar. Días para dormir sin soñar y para no pensar.

Y días en que estoy tan eufórica como un globo inflado que sube al cielo, muy lejos, y nada lo para. Y luce mil colores brillantes y sonríe a la gente y se abre de brazos y grita palabras ridículas que le hacen reír. Días llenos de frases alegres y cumplidos y besos sentidos y miradas amables.

Y también hay días intermedios. Días a media altura que no son completamente felices, pero tampoco especialmente desdichados. Días cargados de la monotonía de tender la ropa, coger el metro, comer macarrones y mordisquearse sin interés las uñas. Días rancios y lineales, días tranquilos.

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Días grises, días coloridos y días en tonos pastel. Como los colores de la ropa tendida o por tender

No hay unos que sean mejor que otros: en este terreno no hay competición, no hay victorias ni fracasos, ni pérdidas absolutas. Los días forman semanas, que forman meses, que forman años, que forman vidas. Vidas que forman colores que se mezclan y combinan para volver a formar días.

Un océano

oceano mar aguaLa sensación de poder, la sensación de amor, de cariño, de envidia, de abandono, de decepción, la sensación de alegría, de fuerza, de entusiasmo, la sensación de incapacidad, de abatimiento, la sensación de odio, la sensación de que todo va a salir bien, al final, donde el camino vuelve a empezar.

Mi existencia se reduce a mis sensaciones y a mis sentimientos. No hay más.

Subjetivismo puro.

Un océano caliente. Y me sumerjo en él.

 

Mi yo grande

Cuando era pequeña, me gustaba despertarme pronto, ver empezar el día y luego volverme a dormir. Sentir el frío de la mañana y volver al calor de la cama. Era un infinito placer dejarse invadir por la pereza y la somnolencia aquellos días en que me había despertado temprano, había disfrutado un rato de la mañana y aún era pronto cuando decidía volver a la cama.

Sigo siendo la misma niña que entonces, la niña que veo en mis recuerdos. No es que no haya crecido, no es que no haya madurado ni que me sigan gustando las mismas cosas que durante mi niñez, aunque aún conservo muchas costumbres, gustos, ideas, percepciones. He cambiado. Sin embargo, mi yo, mi persona sigue siendo la misma, tenga 5 o 20 años, 10 o 70 (si alguna vez llego a tener esa edad); sigue siendo mía aquella alegría infantil, aquella felicidad de los días de verano sin colegio, aquellos sueños tranquilos, aquellos juegos, siguen siendo míos los días creados en el pasado y los días que crearé en el futuro… Sigue siendo mía mi persona, mi barro, cada uno de mis recuerdos, todos mis pensamientos.

Algo dentro de mí siempre ha permanecido: sentado en un banco, tranquilo, impasible a la huída y al reemplazo de todo lo demás. Algo dentro de mis hombros, mi nuca, mis mejillas, mi lenguaje, mi paladar, mis párpados.

Mis párpados grandes como mis ojos. Como mi yo niña, mi yo adulta. Grandes como mi yo grande.

Detalles felices

spring-delight-vladimir-kushLa sensación de que todo está bien y de que se puede estar tranquila. Sin urgencias, sin prisas, sin deberías, sin esperas.

La sensación de ser suficiente.

La sensación de ser una misma y dejarse ser, sin encontrar problemas ni obstáculos, sin emitir juicios, sin escupir críticas. 

La sensación de estar sobre la tierra y tener plena conciencia de la alegría suprema que ese detalle, ese nimio detalle, supone.

La sensación de estar fuertemente enraizada en el suelo y la inabarcable emoción paralela de lanzar los brazos al aire y alcanzar el cielo en pleno vuelo. 

Imagen: ‘Spring Delight’, Vladimir Kush

 

Justo cuando empecé a vivir

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El doodle de Google anunciaba hoy una primavera anticipada; llegaba con un día de adelanto. Curiosamente, hoy me he despertado más alegre, me ha costado menos salir de la cama y he continuado la rutina como si algo la rompiera, como si fuera de repente un día distinto a los demás incrustado dentro de días parecidos.

Luego he salido a la calle y el día era cálido. Todavía es marzo y sin embargo, parecía que fuese abril, o mejor, mayo. Yo nací en este mes, en la noche de un sábado, esto es, en la madrugada de un domingo. Aún era invierno. Uno de esos días fríos y ventosos de marzo. Poco después, ya era primavera; yo la miraba y no era más que una bebé regordeta y de abundante pelo negro que había empezado a vivir.

Mis 14 propósitos para 2014

Me gustaría que 2014 fuera un buen año, que todo fuera a mejor, tuviera un sentido, un año que fuera el comienzo de otros años llenos de cosas buenas, alegría, contento interior, fuerza, capacidad, amor. 365 días para mejorar y para disfrutar.

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Lo cierto es que yo no soy muy de hacer propósitos de año nuevo, creo que no tiene que establecerse una época concreta para empezar a cambiar, hacer aquello que amamos o dejar de hacer aquello que detestamos de nosotros mismos, y que además, puede causar decepción no llegar a cumplir los objetivos marcados. Y sin embargo, este año he hecho mi propia lista. Quizá me ayude a fijar las cosas que quiero (muchas de ellas son un borrón difuso en mi cabeza hasta que las expreso), a tomar responsabilidad de los cambios que quiero en mi vida y a acometerlos cuanto antes.

Este es, pues, mi propio listado de propósitos de año nuevo.

1. No agobiarme con los objetivos fijados

Si los cumplo, bien; si no, no pienso castigarme por ello. Ante todo, quiero ser flexible y amable conmigo misma.

2. Comer más saludablemente

Comer alimentos sanos que me hagan sentir bien. Sin reglas, sin requisitos, sin planes. La idea es simple: menos alimentos procesados, y más fruta, verdura y alimentos integrales. 

3. Ser más ordenada

El orden siempre ha sido una asignatura pendiente para mí. Me cuesta mucho mantenerlo y me cuesta más todavía abordarlo: ponerme a organizar. Pero es algo que debo aprender a hacer: odio no encontrar lo que necesito y tener que buscarlo sin éxito, odio el desorden, detesto encontrar una mancha, un agujero, etc. en la prenda que me quería poner y que estaba guardada;  descubrir que se me ha pasado un plazo, no saber dónde está determinado papel. Cuando ordeno, cuando todo está a mano, cuando preparo lo que voy a necesitar con antelación, nace de mí una sensación de contento, bienestar y tranquilidad que quiero fomentar. Puede que este sea uno de los propósitos más difíciles de cumplir para mí, pero quiero intentarlo. De hecho, quiero cumplirlo. 

4. No posponer lo que tengo que hacer

Enfrentar situaciones, personas, momentos… Esta es otra de las cosas que suelo hacer pese a que detesto sus consecuencias… y otro de mis propósitos díficiles, pero importantes, para 2014. 

5. Mirar más por mí, por las cosas que me apetecen

Me gusta ayudar a los demás, estar con ellos, compartir momentos, pero también me viene bien buscar tiempo para mí y hacer lo que me gusta. A veces, me apetece hacer algo pero acabo haciendo otra cosa por cumplir lo que los demás me han pedido. Este año, intentaré preguntarme siempre qué es lo que me apetece hacer cuando diversos planes se acumulen y entren en conflicto.

6. Meditar 10 minutos al día

Es mi tarea pendiente desde hace bastante tiempo. A menudo pienso que no tengo demasiado tiempo o que tengo demasiado sueño, pocas ganas, menos concentración, etc. Pero creo que, de hecho, no hacen falta tantas condiciones: solo 10 minutos al día. A veces saldrá mejor y a veces en vez de dejar la mente en blanco la llenaré de aventuras, pensamientos, locuras. En cualquier caso, el hecho sentarme y respirar hondo unas cuantas veces, constituirá un pequeño avance.

7. Cuidar mi pelo, mi piel, mis dientes

Con remedios naturales que tanto me gustan a mí :) No olvidarme de hacer y ponerme mascarillas y potingues varios. 

8. Amar más

Tener más amor, besos y abrazos para tod@s, incluida yo misma. Amar para mí también es no criticar: ni a los demás, ni a mí misma, ni a mi cuerpo. 

9. Hacer algún tipo de deporte  

Vale cualquiera: pasear, subir las escaleras en lugar de usar el ascensor, ir andando en vez de en coche, hacer estiramientos, salir a correr.

10. Decir lo que pienso o siento

Me propongo decir todo aquello que siento y pienso, sin miedo a lo que otras personas puedan suponer, sin miedo a dejar de ser aceptable. He comprobado que muchos de los conflictos interpersonales que tengo se crean por malentendidos, por no expresar mis sentimientos o preferencias con claridad.

Considero que es mejor actuar, y si resulta erróneo, aprender del error y corregirlo, que quedarse paralizado y no llegar a hacer nada.

11. Probar nuevas cosas

Hacer nuevas cosas, emprender nuevos proyectos, nuevas experiencias, salir de la rutina. 

12. Sacar tiempo para hacer lo que me gusta

Ver pelis, dormir, leer, quedar con amigas, abrazar a mi chico, viajar, pasear. Afortunadamente, suelo tener tiempo para hacer estas cosas, pero no están de más en esta lista, pues quiero que sigan presentes en 2014.

13. En vez de culpar, agradecer 

Ante situaciones que no surgen como yo espero, me propongo dejar de representar el rol de víctima (“no me ha llamado, no me ha dicho, me hizo esto, me pasó aquello, fue malo, no me tuvo en cuenta”) y empezar a actuar. En vez de esperar a que otros llamen, hacerlo yo; en vez de regañar a otros, buscar mi propia responsabilidad y tomar las riendas. 

Aunque sea difícil de aceptar, cada situación desagradable que nos sucede nos ofrece la oportunidad de aprender de ella.

14. Confiar más en mí misma

Tener más en cuenta mi criterio sin necesidad de echar por tierra el de otros, creer más en mi capacidad para hacer las cosas y atreverme a llevarlas a cabo.