Amores-desamores veraniegos

Desde hace un par de semanas tengo la sensación de que ya estamos en verano. Siempre ha sido mi época del año favorita, sin lugar a dudas. Cuando era pequeña, solía explicar con convicción que mi estación preferida era el verano, pero mi día favorito era el 5 de enero. Actualmente, el día de reyes me sigue gustando. Y no por los regalos, como cuando era un niña. Ese día nos reunimos todos en casa de mis padres y cenamos cosas de picar: jamón, ensalada, queso, tortilla, guacamole, canapés y tomamos roscón de reyes mojado en chocolate caliente de postre. Me gusta por eso y por el ambiente, que es más tranquilo que el de nochebuena y nochevieja -en mi casa se acumula bastante estrés en esas dos fechas- y más espontáneo: más divertido. Lo que detesto del 5 de enero es que está enmarcado en pleno invierno -con sus días cortos y fríos-, y que supone el fin de las vacaciones de navidad. En el verano, en cambio, todo son ventajas, en mi opinión. Es la estación para romper la rutina y la monotomía. Como si fuera el fin de semana del año.

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Justo ahora que empieza el verano, mi amiga Ro acaba de dejar a su novio. Llevaban juntos algo más de un año. No es que le haya dejado; le ha dicho que necesita un tiempo, que quiere aclararse, que no sabe lo que le pasa, que está agobiada de repente. Su novio, ex novio, es un chico bastante encantador. Parece introvertido al principio, pero cuando le conoces, cuando se rompe esa primera costra de timidez, te das cuenta de que es muy majo y bastante divertido; nos reímos con él. Se ha integrado muy bien con nosotras y siempre se interesa por lo que nos pasa. También con ella es muy bueno: Ro dice que es atento y cariñoso y comprensivo y que no han discutido en el tiempo que llevan juntos. Sin embargo, siente que todos sus cualidades no son suficientes para enamorarse de él y que todo este tiempo de estar bien juntos no ha sido sino una ilusión de enamoramiento, que ese llevarse bien con él y estar bien a su lado le han hecho pensar que le quería, pero que no es así. Se ha dado cuenta de que no le quiere y ha empezado a odiar que él se siga preocupando por ella cuando le ha dicho claro que necesita un tiempo para pensar y que él se consuma y diga que está pasándolo mal.

Es una situación complicada y todas estamos agobiadas de alguna manera. No es justo para él que ha sido tan bueno con ella, pero tampoco es justo que Ro piense en él, en vez de en ella misma. Es decir, que no sería sano que siguieran juntos solo porque ella se siente culpable por no sentir que le ama cuando él ha sido tan bueno con ella y la quiere tanto. Así que lo mejor, quizás, es que rompan. Pero al mismo tiempo nos decimos: joder, ¿qué nos pasa a veces a las chicas?, ¿es cierto que necesitamos al chico malo para sentirnos rebosantes de amor? Y también, ¿qué es en realidad el enamoramiento? ¿Qué es eso de sentirse enamorado, de lo que tanto, tanto y tanto se ha oído hablar?

Bajo mi punto de vista el enamoramiento, el enamoramiento y el amor romántico, no existe. Pero yo es que no soy nada romántica. Odio las películas de amor, los días del amor, la gente que dice que su pareja es su mitad o que “is the one”. Bah. Me pongo nerviosa de pensarlo. A mi entender, el amor es simplemente sentirte bien al lado de una persona y tener ganas de darle besos y a arrullarla y desear pasar la mayor parte del día y de la semana, y la mayor parte de toda la vida a su lado. Pero creo que una persona puede sentir esa sensación por mucha gente -no necesariamente al mismo tiempo- no solo por un ser único y elegido. También creo que hay que reconducir el amor. Si te enamoras de un yonki, ya sabes que tienes posibilidades de pasarlo mal, igual que si te enamoras de alguien que ya está casado o de una persona con gustos totalmente opuestos a los tuyos. Creo que hay que enamorarse con la cabeza, más que con el corazón, y que es también con la cabeza con la que se mantienen las relaciones.

El caso es que estamos en verano y que siento ganas de salir y entrar y olvidarme del fastidioso caos del invierno. Y lanzarme a la piscina de agua fresquita y ponerme ropa cómoda y leer un montón de libros y echarme la siesta sin pensar en las cosas que tendría que estar haciendo. Quizá me esperen sueños de amor. Quizá se me desvele de otra manera, quizá descubra qué es.

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¿Y quién no, Simone?

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 Una vida, cientos de contradicciones

“Amo con pasión la vida, abomino la idea de morir. Soy terriblemente ávida, quiero todo de la vida, ser una mujer y también un hombre, tener muchos amigos y soledad, trabajar enormemente, escribir buenos libros, pero también viajar, divertirme, ser egoísta y también generosa… Como ves no es fácil tener todo lo que quiero…”

Simone de Beauvoir

 

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Ruido de lenguajes inasibles

Mi estado de ánimo corre, se quema, se enfría, se esconde, juguetón, dice que sube y luego baja, dice que está mal y se echa a reír. Mi estado de ánimo es como un algodón que se expande y se contrae, como la plastilina, la masa de hacer pizzas o las nubes, altas en el cielo, inalcanzables. Mi estado de ánimo tiene tantos hermanos gemelos como noches, mi estado de ánimo se emparenta con los sueños, con las almohadas, con las personas que pululan como sonámbulos alrededor de mí.

Hay ruido abajo. Gente que con su trabajo bloquea mi sueño. Un golpe tras otro, una voz que enlaza con otra, formando un bloque denso, entremezclado, difícil de digerir por separado. Hablan el lenguaje de las herramientas, el lenguaje rudo y frío de los martillos y el polvo. Yo no lo entiendo, nunca lo he aprendido, aunque el trabajo ha estado conmigo, muy presente, silbando en mi oído como una serpiente. Es necesario que trabajes, tienes que ganarte la vida, hace falta dinero, no hay apenas dinero, estamos en una racha de vacas flacas, no puedes permitirte esto, es mejor que ahorres. Esas palabras se infiltraron en mi mente como agua en un colchón. Lo inundaron. Eran épocas de necesidad; lo siguen siendo. La gente trabaja, se vuelve loca por tener un trabajo, por ganar dinero, por tener dinero, desperdicia su vida por tener una vida con trabajo, gasta sus horas y su energía. Yo también. Estoy aquí, está en mi sangre: soy ese colchón empapado.

La familia, la pareja, los hijos, uno mismo, el ocio, los amigos están ahí, aunque ocupados, también.

La vida, la vida sigue en paralelo.

Mi estado de ánimo puede explotar. Y puede que me convierta en polvo. Así llegaré a entender otros idiomas. Se meterán en mi mente, se introducirán por los resquicios y comentarán lo absurdo que parece estar en vivo.

Más de 60

Mis padres tienen más de 60, más de 60 años. Hoy de repente lo he visto cuando compartía comida con ellos y con algunos de sus amigos. No es porque estén mayores: se jactan de estarse enganchando, un poco desorientados, a las nuevas tecnologías de la comunicación, tienen un montón de planes, ríen, discuten, se burlan de sus hijos de la misma forma que la gente de mi generación lo hace de sus padres. He sido consciente de que tienen más de 60 porque en una ocasión uno de ellos ha dicho que es ahora el mejor momento que tienen para disfrutar juntos, pues dentro de diez años, ¿qué será de ellos? En tono de humor decían, uuh, dentro de diez años, eso será si estamos todos. Y se reían. Creo que en el fondo piensan que estarán ahí, igual que ahora, dentro de diez, veinte, treinta años. Yo también lo creo.

Luego he compartido viaje con dos de ellos, marido y mujer. Las nubes, a través de la ventanilla, descargaban lluvia en la lejanía. Nosotros tres hablábamos en el interior de todo, de cualquier cosa. Sonaba un disco con una recopilación de música de Serrat, Victor Manuel, Sabina o Cecilia.

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Cecilia

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Pueblo español en los años 70

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La ‘contemporaneidad’ de los 70

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Ana Belén y Víctor Manuel

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Carro conducido por bueyes

Una se da cuenta de que son mayores porque han vivido otra época, han vivido los años 50, los 60, los 70. La época de casarse pronto, de la censura, la dictadura, el trabajo en el campo a partir de temprana edad, las familias numerosas, el respeto incuestionable a los padres. Estaban vivos en una época que ya está muerta, pero que sigue latiendo a través de ellos de alguna manera, aunque se esfuercen por adaptarse a la nueva visión, (la ¡modernidad!) y se enorgullezcan de ello.

Considero que Cecilia fue uno de los iconos de esa época de las que mis padres también fueron partícipes. Me parece una muestra de la forma de vida del momento el hecho de que muriera (a los 27) al chocar el coche en el que ella iba con un carro de bueyes. Los accidentes de tráfico son casi un icono de nuestra época, aparecen a diario en los telediarios, la mayoría ha presenciado o sufrido alguno; el carro de bueyes, en cambio, deja un regusto añejo en el oído cuando se escucha, me retrotrae a épocas muy, muy antiguas.

Era 1976. Mis padres tenían entonces veintantos.