El yo no es nuestro

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Decían que era el ambiente. El ambiente en que crecemos el que nos hace como somos.

Decían que era la genética. La combinación de gametos de nuestros padres nos configura de la forma que somos.

Decían que era la interacción de los dos factores precedentes. Por un lado los genes aportados por nuestros antepasados y por otro el entorno en que éstos se desarrollan.

Ni la genética ni la crianza se eligen. Tampoco la combinación de ambos. Entonces, ¿quiénes somos? ¿Por qué hemos llegado a estar tan apegados a algo que no escogemos? ¿Cómo se llega a llamar “yo” a algo que, a decir verdad, no somos nosotros? ¿O acaso ser nosotros no es más que esta forma ajena de ser?

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También es efímero lo que permanece

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“It is not impermanence that makes us suffer. What makes us suffer is wanting things to be permanent when they are not”.

Thich Nhat Hanh

 

Cuando mi abuela murió sentí tanta pena. Tanto dolor y tristeza. Tanta, tanta desolación. Sin embargo, sabía que no era realmente por ella. Le faltaban unos meses para cumplir 96 y durante el último año no había estado muy bien. No tenía ganas de hablar y no hablaba mucho, no tenía ganas de comer ni de beber y básicamente se alimentaba de leche, zumo y caldo; le costaba andar y se pasaba los días sentada en su sillón con la cabeza apoyada sobre la mesa. No recordaba bien su pasado. Ya no le hacía ilusión ver a sus nietos ni a sus biznietos. Había dejado de hacer aquello que solía disfrutar haciendo. Así que no, no estaba triste porque hubiera llegado su momento y debiera irse, pues su momento parecía haber llegado hacía tiempo ya, cuando dejó de interactuar con el mundo. Mis lágrimas no eran exactamente por su muerte, que parecía haberla liberado del sufrimiento que para ella suponía mantenerse con vida, sino porque con ella parecía haberse perdido para siempre el pasado vivido a su lado. De repente era evidente que no volverían mis risas junto a ella ni las historias que me contaba sobre sus abuelos, sus padres y sus tres hermanas; no volvería a oír de su boca el diminutivo por el que solía llamarme ni las tardes de primavera en que me enseñaba a bordar después del colegio. No volvería ya el tiempo de mi infancia en que me encantaba dormir con ella y abrazarla fuerte cuando llevaba unos días sin verla. No era su fallecimiento, por tanto, era el pensamiento de que mis días a su lado habían acabado para siempre. Y pensar que ella, que era una parte importante de mi vida y que me había dado tanto no volvería a estar conmigo se me hacía imposible de digerir.

Su muerte me ha enseñado que una de las cosas más difíciles es aceptar la fugacidad de todo lo que parece permanente o de todo aquello que deseamos que lo sea. Mi abuela fue permanente durante toda mi existencia; murió hace unos meses. Y eso era mucho para mí. Era todo: toda mi vida. Ahora empiezo otra sin ella. Es decir, con ella solo en mi recuerdo. Y eso, a decir verdad, también es mucho. Es todo.

Imagen: Elizabeth Taylor, 13 años, sujetando a su gato Jill – 1945

Zanahorias, padres y pereza

Ayer tomé croquetas para cenar. De las que llevan los restos de jamón del cocido como ingrediente principal. Yo también les pongo cebolla, zanahoria, sal y pimienta. He descubierto que la zanahoria me gusta y últimamente puedo ponérsela a casi todas las comidas. Mi padre siempre me dice cuando llego a casa -la de mis padres- que ya me tiene preparada mi bolsita de zanahorias recién comprada en la frutería. Obviamente mi padre exagera: se guasea. Yo nunca me como todo un kilo de zanahorias en el día y medio que suelo pasar allí cuando voy. Pero es cierto que le suelo pedir a mi madre que se la ponga a las comidas que elabora y que si yo cocino algo -arroz, un pastel, pasta; cosas fáciles- siempre le añado. Mi abuelo solía decir que las zanahorias de antes eran 40 veces más grandes y estaban 40 veces más ricas que las de ahora y que el sabor de las actuales era demasiado dulce – o 40 veces más dulce, que era la expresión aumentativa que solía usar-. Mi padre me lo recuerda siempre, sobre todo esto último: la comida con zanahorias dulcea. También dice que antes no solían comerse: eran uno de los alimentos para la alimentación de las mulas, no para humanos, si bien de vez en cuando podían probarlas. Es curioso que mi padre, con 66 años, haya tenido una vida tan completamente distinta al estilo actual. No fue al cole sino desde los 7 a los 10 años. Trabajaba en el campo con mulas. Apenas comía carne. Su alimentación se basaba en los guisos con patata. Su madre vestía con sayos, delantales y faldas y llevaba moño. Su padre usaba blusas negras anchas y boina. Ambos parecían ancianos desde los 40 años de edad. A lo mejor antes. Es posible que tuvieran aspecto de ancianos justo cuando dejaron de ser niños a causa de sus ropas, sus peinados, la vida dura del campo, la ausencia de maquillaje. Nunca fueron a un centro comercial ni viajaron, ni conocieron más mundo que el de su pueblo.

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La zanahoria. Mi madre nunca la pelaba. Le quitaba la piel, sí, pero no la pelaba. La raspaba, simplemente. Tengo su imagen grabada en la memoria, o más que su imagen, la mía: era una tarea que solía pedirme a mí. Yo lo odiaba. Me parecía tan, tan aburrido. Tan aburrido y tedioso como limpiar el polvo. A mí lo que me gustan son las tareas en las que siento que avanzo, en la que es visible el desarrollo. Por ejemplo, no me gusta barrer ni fregar el suelo, pero sí recoger trastos, fregar los platos o limpiar el baño o la cocina. Tampoco me importa poner y tender lavadoras, pero detesto planchar. De hecho, evito hacerlo. Básicamente, no uso ropa que necesite ser planchada y no plancho piezas como sábanas o toallas. No plancho: fin.

Me gusta cocinar. Eso sí. Me gusta cocinar pero soy de las que nunca sigue una receta. En eso me parezco a mi madre. Si en la receta dice poner este ingrediente yo lo cambio por aquel otro y así no tener que ir a comprarlo, y además le añado esto que se va a poner malo pronto y un poquito de aquello que me gusta tanto. No mido nunca la cantidad de los ingredientes, soy de las que lo hace todo a ojo, ni tamizo la harina, por ejemplo. Son cosas que dan una pereza terrible. Cosas con las que no se avanza: la mayor inversión de tiempo no se aprecia en el sabor. No es una ecuación proporcional: el esfuerzo no compensa la supuesta pequeña mejora en el resultado. Supongo que para determinadas cosas no tengo nada de paciencia. Antes tampoco podía con lo de rallar la zanahoria. Sencillamente la trituraba con la batidora. Últimamente, no obstante, me he acostumbrado a hacerlo y sinceramente no es para tanto. Ahora entiendo que era mayor el miedo a hacerlo -la maldita pereza- que el hacerlo en sí. Pero el de las zanahorias es un caso diferente. Son zanahorias. Y las zanahorias me encantan.

No era yo la que miraba la lluvia

Hoy es un día para The Doors y ‘Riders on the storm’. Hoy, porque. literalmente, he cabalgado en la tormenta. La he sentido en mi cara, en mi ropa, en mi cuerpo; me ha empapado; no llevaba paraguas. Andaba por la calle intentando cobijarme en los aleros de los edificios mientras contemplaba la calle alrededor: se veía difusa, borrosa, agitada. Por un momento me ha embargado una sensación rara, una especie de otredad, como si yo no fuera yo, sino otra persona anterior observado en calma las gotas de lluvia estrellarse alocadamente contra el suelo. Las nubes descargaban lluvia y yo miraba los árboles sacudidos por el viento, y sin embargo, no era yo. Había dejado de serlo. Me estaba empapando, notaba las gotas salpicándome la cara, deslizándose por mi pelo, sentía el frío y el viento, y aún así no era yo, sino una de las miles de personas que antes que yo contemplaron la lluvia al caer. Que quizá cabalgaron en la tormenta.

 

¿Seres sociales?

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Tengo una hermana cinco años mayor. Y otra doce años mayor. También tengo un hermano. Me saca nueve años. Tengo primos que tienen veinte años más que yo. Llegué a mi casa cuando ya todo estaba empezado, cuando la familia estaba ya hecha, las posiciones de cada uno adoptadas, todo listo, en marcha.

Quizá esa circunstancia propició que fuera tan observadora de pequeña; recuerdo que examinaba a familiares con detenimiento y extraía conclusiones sobre cada uno. Muchos me miraban asombrados y hacían bromas sobre mí; incluso ahora me lo suelen recordar de vez en cuando. Imagino que debía ser gracioso ver a una niña mirando a los mayores en silencio, cuando debía estar jugando por ahí, en la calle. Era como si quisiera capturar aquello que me rodeaba, como si necesitara aprender cuanto antes todo sobre mi familia o quizá como si estuviera en un lugar por primera vez y no pudiese evitar contemplarlo embobada. En parte era así, se me ocurre ahora. Nacer, empezar a vivir con una familia determinada (aunque sea la tuya), adaptarte a ella y a la sociedad, ser domesticado, educado conforme a las reglas socioculturales establecidas es como mudarte a otro planeta y empezar allí de cero. Lleva su tiempo conseguirlo, pero los resultados son alucinantes apenas unos años después. Todavía me asombra ver a un niño o a una niña pequeña decir convencido que es del Real Madrid, que es cristiano o musulmán, que quiere ser una princesa o que quiere tener el cuerpo de una modelo y poder pelearse por ello. Llegado a ese punto se puede decir que se ha producido una perfecta socialización, la completa adaptación al ambiente por parte del recién llegado.

Luego pasa el tiempo, el niño crece y está tan ligado a la sociedad que se olvida de que un día llegó a ella como un extranjero y está preparado para enseñar a personas nuevas a formar parte de ella. En realidad este proceso se inicia mucho antes: desde la infancia, en el cole, con las primeras relaciones con otros niños. La socialización de los seres es un proceso en el que todos participan.

¿Pero qué es más importante vivir de acuerdo a la sociedad o a la naturaleza de cada uno? No siempre están unidos ambos conceptos… Como especie humana hemos vivido más tiempo siendo nómadas que sedentarios y sin embargo, ahora está perfectamente asumido que se debe ser del segundo modo: hay que establecerse en un sitio, tener un trabajo, un coche, una casa, una familia. El matriarcado duró muchísimos años y no obstante, en la actualidad la mujer solo sirve para ser joven, atractiva y tonta, salir en la tele con poca ropa e invitar al consumo a mujeres y hombres. Hemos vivido más tiempo en la naturaleza que en la ciudad, pero ahora nos resulta ajena, sucia.

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Por medio de la socialización se consigue todo ello. Además, corta la originalidad, estandariza, homogeneiza. Convierte a bastantes personas en seres cerrados e intolerantes, pues hace creer que solo porque ahora es de ese modo es la única opción posible, la única válida. Pero hay muchas otras. Muchas otras. Algunas de ellas todavía deben de estar por ahí perdidas, en el interior de cada persona.

Hijos de la costumbre

Mis padres mantuvieron la virginidad hasta el matrimonio. Se lo preguntó mi hermana mayor hace unas pocas semanas; yo no me hubiera atrevido. No hablo de esas cosas con mis padres. Es un tema que no se toca, que no se mira, que no existe en mi familia, esto es, en la parte de la familia que formo yo con mi relación con el resto de miembros. Mi hermana es más atrevida para esos temas, supongo. Quizás más libre.

Me llamó por teléfono para comentármelo y me sorprendió que lo hiciera, pero me pareció un tema interesante y agradecí la llamada. Me dijo que mis padres se habían sentido ofendidos ante la pregunta, que no podían creer que alguien dudara de su “pureza” prematrimonial. Se casaron con 23 y 24 años, mi madre y mi padre, respectivamente. Eran pequeños, muy jóvenes, en mi opinión; no obstante, llevaban saliendo juntos casi diez años. Crecieron juntos. Empezaron la adolescencia juntos. Descubrieron la sexualidad estando juntos.

Entiendo, por extensión, que ningún otro antepasado mío tuvo relaciones sexuales antes del matrimonio. Intuyo que todos mantuvieron la ortodoxia cristiana, las apariencias, la costumbre. ¡Qué extraña me resulta ahora esa situación! No la comparto, no soy de la opinión de ninguno de ellos, y sin embargo, no me es difícil entenderlos. Todos mis antepasados vivieron la mayor parte de su vida en el pueblo, sin salir de él, aislados, con escasas noticias de lo que ocurría en el resto de España. Era otro tiempo. Y ellos eran hijos obedientes de él. Yo también lo soy del mío, supongo, casi tanto como lo soy de mis padres.

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Después ya no recuerdo

Siempre he odiado la impaciencia, la desesperación ante el mínimo inconveniente que he heredado de mi madre, de mi abuelo. Me molesta en ellos (molestaba, en caso de mi abuelo), pero sobre todo me molesta en mí. Me chillo a mí misma cuando de repente soy consciente de ello y retumban las voces en mi cabeza y en mi pecho. Pero no sirve de nada. Los gritos de antepasados míos han rebotado en muchos cuerpos y en muchas entrañas y nada ha cambiado.

Recuerdo un día que se quedó pegado en mi memoria. Era pequeña: debía de tener menos de diez años. Mi madre se había dado un golpe en el ojo y se le había puesto morado. Morado como el pétalo de una rosa de azafrán. Creo que se había caído, no lo recuerdo. Ella no paraba de repetir que parecía como si alguien le hubiese pegado un puñetazo y le parecía horrible, dramático.

Aquel día, mi padre y mis hermanos se habían ido, no sé, recuerdo despedirme de ellos en la puerta; yo me quedé con mi madre en casa. Ella estaba furiosa, furibunda. Tengo la imagen de verla tirar una silla al suelo y de estrellar un vaso de cristal… Yo era una niña y miraba a mi madre asustada, desde abajo, buscando la manera de calmarla. ¿Que debía hacer? ¿Era responsable yo de que ella se tomara tan mal haberse hecho daño en un ojo? ¿Qué tenía que hacer para que mi madre volviera a la calma y me dejara sentarme en su regazo como otras veces hacía?

Si lo pienso ahora, se me ocurre que un ojo morado tampoco sería muy agradable para mí. Todo el mundo me preguntaría, sospecharían de si me lo había hecho alguien, quizá pensasen que les estaba mintiendo si les contaba la verdad de la historia. Pero tendría que vivir con ello. Tendría que vivir con ello: dejar que la sangre acumulada en el perímetro de mi ojo se fuera disolviendo, escurriendo poco a poco y dejar que su color volviera a ser el de la carne, el color de la piel.

La historia nunca tuvo final en mi mente, no sé si volvió mi padre con mis hermanos, si mi madre se relajó después, no sé si logré hospedarme en su regazo un rato, como yo quería. Ese pequeño extracto fue la pieza elegida de todo aquel día, quizá incluso del año para quedarse en mi memoria a lo largo de los años: para quedarse para siempre.

Para permanecer incluso cuando fuera una mujer adulta y recordarme tal vez en qué situaciones sigo siendo la misma niña. Lo cierto es que aún ahora me sigo sintiendo responsable de situaciones que no he creado. Pienso: ¿Debería decir algo para arreglarlo?, ¿será por mi culpa? ¿será porque soy demasiado esto o demasiado poco de aquello? Justo como cuando era pequeña. Luego lo dejo ir. Después de unos días ya no lo recuerdo.

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