Hace falta amar

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Para amar a alguien hace falta no tener en cuenta todas las imperfecciones propias que se clavan como hojalata mal cortada. Hace falta no ser consciente de ellas, hace falta no llamarlas imperfecciones, hace falta amarlas como si fueran algodón blandito, un viaje deseado, un paisaje bello, un masaje en la nuca.

Para amar a alguien que no somos nosotros hace falta amar primero a la persona que sí somos nosotros. Hace falta no lanzarnos miradas reprobatorias, hace falta no asustarnos, hace falta escucharnos. Hace falta amarnos incondicionalmente. Amar como niños. Amar sin medida. Amar sin método. Amar sin más porqué que el hecho de que nosotros seamos nosotros: la persona en la que vivimos, la que nos reporta sus experiencias y emociones sobre la Tierra, el vehículo que nos permite conocer todo lo demás: absolutamente todo. La persona que baila por nosotros, que ríe, que escucha, que llora de tristeza y de alegría, la persona que ve árboles y siente en su piel el calor del sol tamizado por las hojas verdes de primavera.

Hace falta no sentirse culpable por haber dicho esto o haber omitido aquello, hace falta no sentirse incapaz ni poca cosa, ni estúpida, ni demasiado alta, ni demasiado gorda, ni demasiado parlanchina. Hace falta sentirnos cómodos en la casa que somos para nosotros y buscarnos lo mejor en cada ocasión.

Hace falta sentir odio y pena y rabia y vergüenza y luego aceptarlo como partes de la vida, partes tan naturales como la lluvia o el viento, tan naturales como el hambre, el frío y el agua.

Hace falta estar ahí donde estamos y desde esa posición decidirnos a amar. Amar, amar, amar, amar(nos).

Lo mejor será que bailemos

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Señor conejo: Lo mejor será que bailemos.

Sombrerero loco: ¿y que nos juzguen de locos Sr. Conejo?

Señor conejo: ¿usted conoce cuerdos felices?

Sombrerero loco: Tiene razón ¡Bailemos!

Lo mejor será que bailemos y alejemos la maraña de idas y venidas, los viejos pensamientos, los propósitos soberbios que nunca llegan a materializarse. Lo mejor será salir, salir de una vez sin enzarzarse demasiado en las vueltas y entresijos, en los vericuetos de cada uno de los laberintos a los que nos mudamos de vez en cuando. Lo mejor será que pongamos a funcionar las puertas giratorias del corazón y dejemos entrar y dejemos salir toda la sangre que nos bombea la vida. Lo mejor, lo mejor de todo, será que dejemos volar la cordura y dejemos escaparse a la locura, lo mejor será no añadir etiquetas al producto, no delimitar con nombres, no obstaculizar las huidas.

Lo mejor será que bailemos.

Todos los cuerpos

Hay cuerpos y cuerpos. Hay cuerpos grandes, cuerpos pequeños. Cuerpos llenos de carne, cuerpos llenos de huesos. Cuerpos cubiertos de pelo, cuerpos despojados de él, cuerpos suaves, ásperos, cuerpos expuestos, cuerpos abrigados, cuerpos estirados, aplanados, protuberantes, rojos, rosas, negros, amarillos, exactos, puntuales, locos, a rayas, lisos, entregados, sumisos, de hierro, de ganchillo, de algodón. Hay cuerpos.

Hay cuerpos que buscan otros cuerpos. Cuerpos que se amontonan, cuerpos que se enamoran, cuerpos que bailan juntos, entrelazados. Somos cuerpos únicos.

Y todo lo demás.

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