Tinta de colores

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Nos hemos encontrado un diario en la plaza: un cuaderno A4, escrito sin dejar márgenes y con diferentes tintas; en la primera página podía encontrarse azul y rosa; en otras, los contrastes cromáticos eran más llamativos: naranja, violeta, verde, negro, azul. Un diario caótico de letra casi ilegible. Le hemos echado un vistazo rápido y después lo hemos llevado a comisaría. Allí lo hemos dejado y nosotras, mi amiga y yo, hemos seguido nuestro camino sin volver a mencionarlo. Hemos hablado del tiempo, de lo que íbamos a hacer, de lo que habíamos hecho y hemos reído un poco. Sin embargo, yo no dejaba de pensar en el cuaderno y en su autora. Había encontrado una extraña y simple belleza en las primeras líneas de aquel cuaderno que habíamos leído juntas mi amiga y yo esperando encontrar algún nombre, alguna indicación de pertenencia. Una mujer describía en presente y primera persona su cotidianeidad: estaba sentada en el césped del parque viendo jugar a los niños y a él y eso, decía, estaba bien. El día anterior habían estado por el “caminillo” todos y tampoco había estado mal; nada parecía estar mal y sin embargo las líneas transmitían una honda tristeza. Los niños jugaban hoy en el plaza junto a él, ayer habían ido de excursión todos juntos y lo habían pasado también bien y aún así, ella no estaba a gusto, no le alcanzaba la felicidad de sus acompañantes. Podía imaginármela sentada en la hierba con su cuaderno nuevo y sus bolígrafos de colores empezando a escribir sentimientos tristes mientras los otros se divertían y la invitaban con voz lastimera a unirse. Podía ver las miradas y las sonrisas inseguras que ella les dedicaba y su falta de implicación, su distanciamiento, sus ganas de pertenecer a otras personas y a otro lugar.

A menudo yo también soy ella. Supongo que por eso las palabras deshechas de su diario me han tocado la piel y se han hundido dentro luego. Tengo que esforzarme por estar, sea donde sea, y esforzarme por mantenerme contenta. La mayor parte del tiempo, imagino, querría estar en cualquier otra parte.

Días de lluvia

Llueve. Oigo el sonido de las gotas al estamparse contra todas las superficies que encuentra en su camino: los tejados, el suelo, los coches, los paraguas. Es una lluvia fina pero constante, endeble y resistente al mismo tiempo.

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Me gustan los días que empiezan con lluvia y yo lo descubro desde la cama, en el estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Días en que no tengo ningún plan y me quedo tumbada escuchando el viaje de la lluvia hasta el suelo. Siento que de repente me lleno de paz, como si fuera un recipiente colocado en el exterior que se llena poco a poco de lluvia. Y es como si, según el agua fuera ocupando el espacio, yo me vaciara de todo lo demás, me vaciara de preocupaciones, me vaciara de planes, de pensamientos, de estrés.

En el sitio donde yo crecí, las mujeres ponían cubos y barreños en el patio los días de lluvia, que se llenaban lentamente de agua; una vez completos, se utilizaban para regar las plantas el resto de días. El sitio en que yo crecí es bastante seco. Son raros los días de lluvia, rara la lluvia persistente. Raro encontrar la belleza y la paz que ofrece el mundo antes de salir de la cama.

Un encuentro feliz en la ciudad

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He soñado que vivía en una especie de residencia de estudiantes. Estaba situada en el centro de la ciudad (¿era Madrid?, ¿era una capital extranjera?), presentaba un diseño y una decoración muy actual y parecía inmensa: albergaba una zona con tiendas, una biblioteca, una cafetería.

Curioseaba por sus pasillos y sus diferentes zonas y luego salía a la calle; me enfrentaba a la revolución de los coches pitando, rugiendo, yendo acelerados de un sitio a otro como una manada hambrienta, y sorprendentemente encontraba cierta belleza en ello. La belleza de estar en el centro de una ciudad importante y la belleza de sus edificios, de sus calles amplias. Lo miraba con detenimiento y me invadía una tranquila felicidad.

Mi habitación estaba recubierta de láminas de madera y tenía una cama de matrimonio en el centro. Me metía en ella y me quedaba dormida al instante. Más tarde me despertaba el ruido de gente que había llenado mi cuarto, descubría molesta. Entonces alguien me decía que aquel era un espacio público y que tenía que compartirlo con el resto de gente de la residencia… Me vestía deprisa y salía de nuevo a la calle sin decir nada. Allí me encontraba otra vez con la estampida de coches y el cielo azul, muy alto y muy lejano, más allá de los tejados de los rascacielos, y notaba cómo volvía a mí de nuevo la felicidad junto con el sonido estridente, y tranquilizador por algún motivo, de la ciudad.

Crecieron las amapolas

Me dijeron:
– O te subes al carro
o tendrás que empujarlo.
Ni me subí ni lo empujé.
Me senté en la cuneta
y alrededor de mí,
a su debido tiempo,
brotaron las amapolas.
Gloria Fuertes

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No te acostumbres a su piel

Le acarició la piel con cariño y apreció su suavidad. Estaban tumbados en la cama, cubiertos con mantas, con sus pijamas. Empachados después de ocho horas de sueño.

– ¿Por qué tu piel es tan suave?, le preguntó él.

La pregunta era la de siempre, la emoción también. Lo único que cambiaba era lo que no cambiaba: pasaban los días y él seguía encontrando la piel de ella suave y se lo seguía recordando. No lo descubría por primera vez, y sin embargo, se seguía maravillando y eso es lo que hacía diferente cada ocasión que se lo decía: su ausencia de acostumbramiento, su sorpresa continua.

– Porque tú la tocas. Tú la haces así, le dijo ella.

– ¿Yo te hago la piel suave?

– Si tú no la tocaras, nadie la encontraría suave. Y nadie me lo diría. Ni siquiera yo misma. Tú haces que mi piel sea suave.

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(¿Un terreno inexplorado puede ser considerado precioso o por el contrario desagradable y feo si nadie lo ve y lo cataloga como tal? ¿La belleza y la fealdad, la dulzura, la delicadeza y la brutalidad están solo en los juicios de los demás al respecto o son inherentes al objeto al que pertenecen? Por cierto, ¿a quién pertenece la suavidad -en este caso- a quién la posee o a quién la toca y lo valora?)

Uves, pájaros y belleza

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Volvía del trabajo cuando he visto varías uves escritas en el cielo por bandadas de pájaros. Hacía mucho que no veía letras en el cielo… estaba llegando a casa. Me he quedado mirándolas absorta, mientras seguía caminando. Los pájaros se revolvían dentro de las figuras sin desdibujarlas, sin crear otras letras que no fueran la uve.

Me ha recordado a cuando yo era pequeña; en ocasiones encontraba uves que se unían a otras formando emes (uves dobles) de pájaros. Me quedaba mirándolas ensimismada hasta que se alejaban y las perdía de vista, llevándose consigo su belleza insconsciente de ella misma, su eficaz organización, su vuelo sereno.

Yo también me he sentido hoy de repente relajada, maravillada. Después he pensado en Borges. Era mi momento en el paraíso.

Recordando mandalas

Hace unos cuantos años, mi hermana mayor descubrió los mandalas. Ninguna de las dos sabía lo que eran, ni tampoco nadie más en mi casa. Un día oyó hablar de ellos en un documental, una serie de casualidades le permitieron conocer más sobre ellos y después de un tiempo decidió comprar cuadernos de mandalas en blanco y empezó a rellenar hojas y hojas de estos símbolos coloreados. Su entusiasmo contagió al resto de miembros de la casa e incluso mi padre y mi madre acabaron haciéndolo.

Hace tiempo que no desarrollamos ya esta labor. Las modas, los gustos, los intereses van y vienen como un péndulo y los mandalas en familia resultaron ser uno más. No obstante, lo recuerdo como una actividad relajante, creativa  e inspiradora. Además, al finalizar, solíamos mostrarnos nuestras obras y era interesante descubrir rasgos del carácter de cada uno en la forma de apretar el lápiz, los colores elegidos o los huecos en blanco dejados en el dibujo.

Hoy, buscando no sé qué en Google, he encontrado uno de ellos y me he acordado de la belleza y la tranquilidad que transmiten, la que solían transmitirme. Hacía mucho que no contemplaba alguno. Esta recopilación es mi forma de compensar esa “carencia”.

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Un mandala en forma de estrella. Me encantan sus colores; son preciosos.

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Los mandalas están en todas partes y pueden ser, en realidad, cualquier cosa. Como una bonita flor amarilla.

Uno de ganchillo. Me recuerda a mi abuela y a sus labores.

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Mandala ubicado en una iglesia cristiana. En el instituto nos enseñaron a llamarlos rosetones.

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Los mandalas son originarios de la India. En el sur del país, es costumbre (milenaria) que las mujeres pinten mandalas (también llamados Kolams) a la entrada de su casa, en la puerta. Los diseños cambian en función de la festividad, el ritual o el estado de ánimo de la mujer que lo elabora.  Me sorprenden por su calidad, creatividad y belleza así como por el hecho de que estas mujeres dediquen gran parte de la mañana a un trabajo tan creativo, tan laborioso y tan efímero; dura lo que tardan en borrarlo las pisadas, la lluvia, el viento.

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Estas creaciones circulares hechas con elementos naturales me parecen muy ingeniosos y armónicas.

mandala tibetano

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Mandalas tibetanos de gran formato

Robar hechizos

Quiero la tierra sin fisuras,

sin fugas por las comisuras de la boca, por las ranuras del pensamiento,

quiero el encanto de unos pies que caminan,

quiero la más alegre cadencia,

quiero que mi cuerpo sea mi cuerpo y enredarlo o desenredarlo,

quiero aspirar fuerte emociones,

quiero que la belleza se instale junto a mi cama,

y me salude con un guiño cada mañana,

quiero empezar a robar hechizos,

continuarlos en mi terruña mirada.

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Un mundo de patatas fritas

Quizá debido a ese montón desordenado de casualidades que es nuestra vida, ayer di con este video donde se explica la manera brutal que tienen las grandes corporaciones de imponernos su estilo agresivo de belleza. Me ha parecido muy interesante. Aunque un poco aterrador.

Y sin embargo, estamos a tiempo. A tiempo de cambiar, a tiempo de decidir qué queremos para nosotros, qué consideramos que es lo mejor. Una compañera de trabajo siempre dice que cada compra es un voto; es decir, que la forma en que inviertes tu dinero es la forma en que quieres que el mundo sea. ¿Quieres un mundo de patatas fritas y hamburguesas? ¿Un mundo de pieles estiradas artificialmente y gente estresada por su número de arrugas, su número de calorías, su número de prendas de verano y de invierno?

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Nosotros somos los que decidimos: nosotros consumimos, nosotros votamos.

Mucho más dentro

Me pregunto qué es la belleza. Cómo se mide, cómo se palpa, cómo se siente. De qué sirve.

Cuando era pequeña, una adolescente de doce o trece años que empezaba a ser consciente de lo que significa tener una cara bonita para ser popular, no ser una nerd, hablar con chicos, ligar, ser guay, me preguntaba por qué la belleza se determinaba por la forma de la cara y no de otra parte del cuerpo. Como las manos, por ejemplo. O los pies, en los que nadie se fija. Me preguntaba también por qué la belleza sólo era juzgada por el sentido de la vista y no por el tacto, el olfato, el gusto o el oído (o por un sexto sentido).

Desde ese momento, o puede que antes, he tenido una relación ambivalente con la belleza. Por un lado la busco; por otro, la rehúyo. Me molesta ese bombardeo, esa saturación de imágenes, de cuerpos supuestamente atractivos, bonitos. ¿Para qué? ¿Quién determinó dónde se halla la belleza? ¿Cómo se impusieron estos cánones? ¿Por qué? ¿Cómo fue que los asimilamos e interiorizamos tan rápidamente? ¿Es acaso todo obra de la publicidad?

Y sobre todo, ¿por qué se considera tan importante? La gente parece conceder más valor a este factor que a otros muchos… Cada vez se llevan a cabo más operaciones de cirugía estética, se consumen más cremas, más ropa, más maquillajes. ¿Pero cuántos se esfuerzan de la misma manera por ser mejor persona, por ser más felices, más inteligentes, más comprensivos, más tolerantes, más sinceros y menos preocupados/acomplejados por la apariencia externa?

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¿Es porque realmente es tan positivo ser guapo? ¿Reporta tantos beneficios? En uno de sus libros, Michel Houellebecq aseguraba que el principal inconveniente de la belleza de las chicas es que “sólo los ligones experimentados, cínicos y sin escrúpulos se sienten a su altura” y al final son ellos los que suelen conseguirlas. Decía también algo así como que las chicas sin belleza son “desgraciadas porque pierden cualquier posibilidad de que las amen, parecen transparentes y nadie las mira al pasar.”

Si tengo que elegir, yo me quedo con la segunda opción. Opino que Houellebecq, junto a otros muchos, sobrevalora tanto el poder de la belleza, asumiendo que sin ella no es posible ser amado, como el amor de pareja. No creo que sea mejor alternativa acabar con un “ligón, cínico experimentado” que single. Al final lo que importa está más allá de la belleza, mucho más allá. Mucho más dentro.

“-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”  (Saint-Exupéry).