Las manos de las brujas

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Murieron quemadas durante años en hogueras instaladas en plazas y otros sitios públicos. Uno de los cargos de los que se les acusaban era el de poder curar imponiendo las manos. Sus manos calientes que transportaban vida y salud fueron declaradas culpables; debían morir abrasadas para expiar su pecado. La técnica había sido aplicada durante siglos por múltiples civilizaciones, pero poco importaba. No se enseñaba en las iglesias, no se podía palpar; bien podría ser obra del diablo.

Ardieron las mujeres que lo desarrollaban, pero su actividad no terminó del todo en cenizas. Renació con fuerza en Japón bajo el nombre de reiki y consiguió extenderse por otros países. Hoy la Organización Mundial de la Salud lo reconoce como terapia complementaria en el tratamiento de enfermedades y se aplica en hospitales.

Se supone que con la práctica del reiki la energía fluye hacia el destinatario, calmándole y haciéndole sentir paz y bienestar. Apaciguándole. Sanándole, quizá. Pero la energía circula en cualquier caso. En una caricia, en un apretón o un choque de manos. Es solo cuestión de observar. Algunos pueden ver pura vida o al mismo dios, del mismo modo que otros encontraban al diablo en la misma situación.

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Disputas infantiles

Las discusiones suelen ser a cuatro bandas. Discuten dos niños y dos personas adultas. Los niños pertenecen a los mayores que no llegaron a madurar y se quedaron encerrados en sus cuerpos y en sus mentes para recordarles su presencia, para hacerles sufrir como niños por problemas de mayores.

Mi niña también aparece a menudo. Coge rabietas, se enfada cuando no salen las cosas a su modo, no entiende del todo el mundo real, fantasea con frecuencia. Mi parte adulta la reconoce de vez en cuando y aunque le molesta su presencia, se esfuerza por reconducirla con palabras suaves y calmadas. No siempre es fácil, sobre todo cuando en la sala están presentes los niños vulnerables y enfadicas de otras personas adultas.

Odio esa situación, me pone de mal humor. Es dificil dialogar con un niño sobre asuntos de mayores y no siempre es posible hacerlo, pero tampoco puedo llamar a mi niña para que discuta por mí; muchas veces ya está implicada, otras veces simplemente me parece despreciable tener que pedir que una niña participe en asuntos desagradables cuando se supone que hay un adulto delante.

Hoy he vislumbrado a mi niña. Una vez más, estaba enfadada. He estado a punto de enfadarme a su vez con ella. ¿A quién se le ocurre aparecer? ¿Por qué no me dejas que me las apañe sola, niña pesada y odiosa? Luego la he hecho entrar en razones. La he ido calmando poco a poco. No pasa nada, le repetía. Después de un rato estaba más tranquila. Le he dado un beso de buenas noches y la he dejado durmiendo: se cansa con las frustraciones. Cuando he dejado la habitación le he susurrado hasta mañana mientras oía su respiración sosegada.

Luego me he sentado en el sofá y he pensado en mi yo pequeño y mi yo mayor. Soy tanto uno como otro. Y a veces otros más.