Me acuesto contigo

Si te caes

te levanto

y si no

me acuesto contigo

Julio Cortázar

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Dame un amor de pasta de dientes en el lavabo. Un amor tranquilo, un amor cotidiano: un amor que refresque, que sepa, que envuelva, que sea lo último antes de la cama.

Dame un amor de chiste espontáneo en la sobremesa. Un amor risueño, un amor feliz, un amor divertido.

Dame un amor de manta. Un amor que abrigue, que arrope: un amor cómodo: un amor para acostarse y un amor para apoyarse.

Días de lluvia

Llueve. Oigo el sonido de las gotas al estamparse contra todas las superficies que encuentra en su camino: los tejados, el suelo, los coches, los paraguas. Es una lluvia fina pero constante, endeble y resistente al mismo tiempo.

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Me gustan los días que empiezan con lluvia y yo lo descubro desde la cama, en el estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Días en que no tengo ningún plan y me quedo tumbada escuchando el viaje de la lluvia hasta el suelo. Siento que de repente me lleno de paz, como si fuera un recipiente colocado en el exterior que se llena poco a poco de lluvia. Y es como si, según el agua fuera ocupando el espacio, yo me vaciara de todo lo demás, me vaciara de preocupaciones, me vaciara de planes, de pensamientos, de estrés.

En el sitio donde yo crecí, las mujeres ponían cubos y barreños en el patio los días de lluvia, que se llenaban lentamente de agua; una vez completos, se utilizaban para regar las plantas el resto de días. El sitio en que yo crecí es bastante seco. Son raros los días de lluvia, rara la lluvia persistente. Raro encontrar la belleza y la paz que ofrece el mundo antes de salir de la cama.

No te acostumbres a su piel

Le acarició la piel con cariño y apreció su suavidad. Estaban tumbados en la cama, cubiertos con mantas, con sus pijamas. Empachados después de ocho horas de sueño.

– ¿Por qué tu piel es tan suave?, le preguntó él.

La pregunta era la de siempre, la emoción también. Lo único que cambiaba era lo que no cambiaba: pasaban los días y él seguía encontrando la piel de ella suave y se lo seguía recordando. No lo descubría por primera vez, y sin embargo, se seguía maravillando y eso es lo que hacía diferente cada ocasión que se lo decía: su ausencia de acostumbramiento, su sorpresa continua.

– Porque tú la tocas. Tú la haces así, le dijo ella.

– ¿Yo te hago la piel suave?

– Si tú no la tocaras, nadie la encontraría suave. Y nadie me lo diría. Ni siquiera yo misma. Tú haces que mi piel sea suave.

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(¿Un terreno inexplorado puede ser considerado precioso o por el contrario desagradable y feo si nadie lo ve y lo cataloga como tal? ¿La belleza y la fealdad, la dulzura, la delicadeza y la brutalidad están solo en los juicios de los demás al respecto o son inherentes al objeto al que pertenecen? Por cierto, ¿a quién pertenece la suavidad -en este caso- a quién la posee o a quién la toca y lo valora?)

Conduciendo en sueños

A menudo me veo conduciendo en sueños. De hecho, se podría decir que conduzco más en sueños que estando despierta; apenas cojo el coche, quizás tres, cuatro veces al año. En cambio, al menos una vez al mes conduzco mientras duermo; en estos casos, siempre hay algo que va mal, siempre estoy asustada y agarrotada.

La última vez, conducía un coche gigante en una ciudad desconocida. El coche era tan grande que si pisaba los pedales, no lograba ver la carretera y si me asomaba para ver la carretera, no llegaba a pisar los pedales. Era como si una niña de cinco años tuviera que conducir un coche por la ciudad; como si lo arrancaran y la pusieran a ella al mando, sin otra alternativa que conducir lo mejor posible para salir viva. Y así lo hacía: intentaba salvar las glorietas como podía e incluso me felicitaba por estar haciéndolo medianamente bien; no obstante el miedo, la sensación de que ese no era mi lugar, no se iba.

Fotografía antigua, mujer conduciendo un coche

En sueños no suelo llegar a mi destino. Siempre pasa algo antes que me asusta tanto que acabo despertándome. Una vez despierta, en la cama, me pregunto si lo que mi subconsciente exterioriza como el manejo de un coche, es en realidad mi vida: la forma en que la conduzco, la dirección que llevo. Parece sencilla la interpretación, pero no lo es tanto el resultado de la misma: ¿qué se supone que tengo que hacer para que mi subconsciente no se lleve esa impresión de mi forma de vida, para que no esté tan asustado, tan atemorizado? ¿Cómo me bajo de ese maldito coche en la parte consciente para que la subconsciente se quede tranquila? ¿Cómo hago para coger otro a mi medida? ¿De qué manera puedo disfrutar del viaje?

Mi yo grande

Cuando era pequeña, me gustaba despertarme pronto, ver empezar el día y luego volverme a dormir. Sentir el frío de la mañana y volver al calor de la cama. Era un infinito placer dejarse invadir por la pereza y la somnolencia aquellos días en que me había despertado temprano, había disfrutado un rato de la mañana y aún era pronto cuando decidía volver a la cama.

Sigo siendo la misma niña que entonces, la niña que veo en mis recuerdos. No es que no haya crecido, no es que no haya madurado ni que me sigan gustando las mismas cosas que durante mi niñez, aunque aún conservo muchas costumbres, gustos, ideas, percepciones. He cambiado. Sin embargo, mi yo, mi persona sigue siendo la misma, tenga 5 o 20 años, 10 o 70 (si alguna vez llego a tener esa edad); sigue siendo mía aquella alegría infantil, aquella felicidad de los días de verano sin colegio, aquellos sueños tranquilos, aquellos juegos, siguen siendo míos los días creados en el pasado y los días que crearé en el futuro… Sigue siendo mía mi persona, mi barro, cada uno de mis recuerdos, todos mis pensamientos.

Algo dentro de mí siempre ha permanecido: sentado en un banco, tranquilo, impasible a la huída y al reemplazo de todo lo demás. Algo dentro de mis hombros, mi nuca, mis mejillas, mi lenguaje, mi paladar, mis párpados.

Mis párpados grandes como mis ojos. Como mi yo niña, mi yo adulta. Grandes como mi yo grande.

Amigas

Estoy resfriada. La nariz llena de mocos líquidos, la frente cargada, la boca reseca de tanto utilizarla para respirar, los ojos tristes, acuosos. Hoy querría quedarme todo el día metida en casa, metida en cama. Pero he quedado con mis amigas a tomar café; el lunes es el cumpleaños de una de ellas y no estaré para acompañarla; estaré de vuelta en Madrid. De modo que me tomaré algo para el resfriado y saldré de casa.

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A veces no me apetece nada hacer las cosas que acabo haciendo. No me apetece por pereza, principalmente. Y me pongo indecisa y dudo. Últimamente, antes de negarme a hacerlas, me paro a pensar en si, después de hechas, me sentiré mejor, si lo agradeceré. En este caso, sí. Siempre es gratificante estar con mis amigas, charlar juntas de cualquier cosa.

Una de ellas acaba de dejarlo con su novio. Llevaban saliendo seis años. Aunque su relación no ha sido demasiado buena durante los últimos dos años (con algunas rupturas incluidas), no está pasándolo muy bien. Está un poco asustada. Dice que no le apetece salir de casa, pero un minuto después asegura que necesita estar con chicas y desahogarse. Somos un montón de dudas, todas nosotras, improvisamos nuestros pasos, nos hacemos adultas sin darnos cuenta, nos ayudamos como podemos, como hemos aprendido. Hemos crecido juntas, llevamos conociéndonos desde que éramos  niñas con coletas que iban de la mano de mayores a la escuela.

Sí, siempre es un buen plan quedar con ellas. Aunque a veces no se tengan ganas de salir de casa.