Nada: mierda

Hay cosas que se dejan abandonadas, inservibles. Como si fueran trastos viejos, un montón de chatarra: mierda. Un día parecieron válidas e importantes, quizá lo más importante de una vida insípida, insustancial como arroz lavado y vuelto a lavar. Parecieron importantes mientras fueron nuevas, pan tierno, un vestido recién comprado, un libro interesante por leer; después llegaron otras cosas que ocuparon el espacio que antes se reservaba a ellas. Y sin darse cuenta pasaron al rincón de la mente dedicado a lo que no importa un carajo.

Hay otro tipo de cosas que no terminan cansando porque nunca llegan. Esperas un día y esperas otro. Y te llenas de impaciencia como la boca se llena de vómito. Y vomitas. Y escupes. Y no te sientes mejor. Y si te escuchas por dentro te das asco y te das lástima. Y te retuerces un poco y haces como si no pasara nada. Y lo que pasa es el tiempo. Pasa un año, pasa otro, pasan diez años. Y no llega nada. Solo el vacío, la nada, la desesperanza y ese vómito de gusto agrio. Y el tiempo sigue pasando y haces como que no importa, que no era realmente eso lo que querías, que estabas enajenada. E na je nada. Nada. Nada.

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De amores cansados y cumpleaños

Es sábado, 14 de febrero, y estoy cansada. Tan cansada que estoy irritable y susceptible y tan cansada que tengo los párpados cargados y pueden cerrarse si no presto atención.

Hoy tocaba limpiar con mis padres y hermanos la casa donde se fueron a vivir mis padres cuando se casaron, allá por los años 70. Es un piso viejo ya y desgastado, en el extrarradio, que ha estado en alquiler los últimos veinte años. Un inquilino se va, otro viene, nosotros limpiamos y pintamos en los huecos intermedios, en las partes en que deja de estar ocupado.

Se supone que es el día del amor, pero a mí no me queda mucho hoy. Está agotado también; se ha tumbado en el suelo y me ha dejado sola con toda mi irritabilidad, que gruñe y grita que quiere acostarse también. Qué más da. De todas formas, nunca he creído mucho en eso del amor. Aunque soy bastante cariñosa y me gusta que me toquen, me abracen y me demuestren el cariño de forma física, no soporto demasiado las palabras de amor, las películas de amor o los días dedicados al amor. Solamente escribirlo hace que se levante mi cara de vergüenza y me domine una molesta sensación de ridículo.

Para mí el 14 de febrero más que el día del amor y los enamorados, es el día del cumpleaños de mi hermana. Hoy lo hemos celebrado también. Había tarta y velas y un “cumpleaños feliz” que parecía confuso por estar frente a productos de limpieza, trapos, cubos, fregonas y un montón de tarea por hacer.

La tarea era llevadera, no obstante, y el día ha pasado deprisa gracias a las conversaciones basadas principalmente en recuerdos creados en aquel piso. Mis hermanos vivieron en él durante algún tiempo, cuando eran pequeños. Yo no. Yo solo recuerdo ir en verano, durante las vacaciones. Entonces me parecía grande, nuevo y espacioso, aunque probablemente ya no lo fuera, y me sentía contenta de estar ahí y de pasar los días jugando. Luego crecimos, dejamos de ir, pasaron años y cuando volvimos nos encontramos con un piso reducido y avejentado que sin embargo seguía siendo el mismo. ¿De verdad os parece ahora más pequeño?, preguntaban mis padres sorprendidos. ¡Lo que pasa es que vosotros sois ahora más grandes!

Sí, hemos crecido. Aun nos hace ilusión visitar el piso y nos ponemos contentos, aunque ya no juguemos, celebremos cumpleaños entre cacharros para limpiar y de repente nos cansemos del amor y de sus días.

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