Mojado por la sombra de la luna

He estado fuera: perdida, abandonada, vacía. He estado fuera: dentro de mis abismos, de mis precipicios, de todas mis carreteras sinuosas que conducen a la caída final.

¿Caída? No, en realidad nunca hay caídas. Ni abismos, ni precipicios; ni siquiera hay carreteras sinuosas que conducen a alguna parte. Solo la parálisis más completa, el miedo más agarrotante, las miradas más vacías. Se ha paralizado la vida, el movimiento, el sentido; se han paralizado las ganas y las fuerzas.

El tiempo, mientras tanto, continúa su ritmo. La sombra de la luna moja sus pies imparables.

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¿Así conduzco mi vida?

Era la carretera que llevaba a mi casa. Yo iba en coche; conducía. Sin darme cuenta, hacía el movimiento de coger algo de la guantera justo cuando tenía que cambiar ligeramente la dirección del coche para tomar un desvío. Entonces comprendía que ya era demasiado tarde para cambiar los brazos y cogía la curva de mala manera, con los brazos entrelazados. Me decía que debía frenar, pero tampoco podía mover los pies. Era como si de repente no alcanzara a los pedales. Llena de espanto, pensaba que no podía ir tan deprisa por una calle cuando no tenía control del vehículo; mis brazos seguían pegados, incapaces de hacer cualquier movimiento, mis pies no conseguían encontrar los pedales.

Me he despertado asustada. Estaba a punto de chocar contra un coche aparcado. 

Escoger la libertad

Iba subida en el asiento de copiloto del coche cuando de repente caí en la cuenta del daño que me hacen las ideas preconcebidas sobre cómo tienen que ser las cosas. Es un pensamiento recurrente en mí, que me acaba bloqueando. Me digo: las parejas tienen que hacer esto, tienen que decir esto y sentir aquello, l@s amig@s tienen que ser así, l@s herman@s, el trabajo, yo misma debería ser de este o de ese otro modo; y si no es así, es incorrecto. Lo pienso sin darme cuenta de que lo estoy pensando, pasa por mi mente sin que nadie lo cuestione, sin que ningún organismo encargado de velar por el buen uso de los mensajes le ponga el freno y lo retire por causar daños a la comunidad. Porque, ¿quién dice cómo tienen que ser las parejas, l@s amig@s, l@s familiares, las personas, sino ellas mismas? ¿Quién soy yo para calificar una relación como no aceptable solo por no ser como la de otros o como se supone que debería ser? En realidad, nada tiene que ser de ninguna manera. Sentada en el coche, mirando la carretera, escogí la libertad. No quiero que nadie me imponga cómo han de ser las personas para ser aprobadas por los códigos establecidos por la sociedad, y menos que nadie, yo misma. 

Carretera y tristeza

Ya era de noche; quizá eran las 7, cuando he sido testigo de un accidente de tráfico. O más que testigo del accidente, testigo de lo que ha venido después: cuatro ambulancias, un camión de bomberos, tres coches de policía, una furgoneta de la guardia civil. Yo también iba en coche, acoplada tranquilamente en el asiento de copiloto. He sentido un montón de pena y congoja mientras veía pasar el despliegue de servicios de urgencia por la ventanilla; nosotros parados, junto a otros muchos coches, sin saber exactamente qué había pasado pero intuyéndolo, intuyéndolo feamente. Y después, cuando hemos podido avanzar, ver cómo forzaban a la fuerza las puertas traseras de la furgoneta implicada en el accidente e imaginar la angustia de los pasajeros: heridos, encerrados, de noche, una noche oscura, con frío, con el sonido de las sirenas de la policía y la ambulancia en sus oídos.

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Luego hemos pasado de largo, el viaje ha seguido. No me olvidaba de ello, no obstante. Seguía sintiendo tristeza. Les he deseado, en mi mente, lo mejor, lo mejor para todos. Siempre lo hago cuando veo una ambulancia: deseo que sus ocupantes se curen, que tengan suerte y todo vaya bien; les mando un poco de amor.

(La noticia, en medios).