Mi casa de paja

Algunos días me levanto en la casita de paja del cerdito más perezoso. Y sé que cualquier viento podría derribarme y que necesito reconstruirme para hacerme fuerte por dentro. Sin embargo, esos días es cuando es más difícil hacerlo. Así que cuando llega el lobo, no me queda otra alternativa que ofrecerle sin luchar el festín de mi cuerpo vencido.

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Un encuentro feliz en la ciudad

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He soñado que vivía en una especie de residencia de estudiantes. Estaba situada en el centro de la ciudad (¿era Madrid?, ¿era una capital extranjera?), presentaba un diseño y una decoración muy actual y parecía inmensa: albergaba una zona con tiendas, una biblioteca, una cafetería.

Curioseaba por sus pasillos y sus diferentes zonas y luego salía a la calle; me enfrentaba a la revolución de los coches pitando, rugiendo, yendo acelerados de un sitio a otro como una manada hambrienta, y sorprendentemente encontraba cierta belleza en ello. La belleza de estar en el centro de una ciudad importante y la belleza de sus edificios, de sus calles amplias. Lo miraba con detenimiento y me invadía una tranquila felicidad.

Mi habitación estaba recubierta de láminas de madera y tenía una cama de matrimonio en el centro. Me metía en ella y me quedaba dormida al instante. Más tarde me despertaba el ruido de gente que había llenado mi cuarto, descubría molesta. Entonces alguien me decía que aquel era un espacio público y que tenía que compartirlo con el resto de gente de la residencia… Me vestía deprisa y salía de nuevo a la calle sin decir nada. Allí me encontraba otra vez con la estampida de coches y el cielo azul, muy alto y muy lejano, más allá de los tejados de los rascacielos, y notaba cómo volvía a mí de nuevo la felicidad junto con el sonido estridente, y tranquilizador por algún motivo, de la ciudad.

Que las llamas acaben con todo

Ranas marrones, pringosas, asquerosas, del tamaño de una mano. Llenan la habitación. Mi tía, estéril, cuida hijos de otros. Su voz estridente es ahora apenas audible, muda para los niños. Mi tío duerme un sueño de misera en el suelo. Se incorpora cuando me ve llegar y luego vuelve de nuevo a cobijarse en el sueño. Duerme ajeno a las ranas, las mariposas llenas de pelo, las serpientes cimbreantes, el horror instalado en su hogar. Yo lo llevé allí. Yo lo instalé. Les preparé una habitación a los anfibios, los insectos, los reptiles.

Hay un libro prohibido. Mon lo tiene. Quiere leerlo, dice que quiere estudiarlo. ¿Por qué? Es un libro ilegal, te multarán si descubren que lo tienes, te harán algo peor. Te lo quitarán, te llevarán con ellos. No puedo permitirte que lo tengas, no puedo dejar que te expongas a ese riesgo.

Los bichos han desaparecido cuando llego a casa de mi tía. Los busco en la habitación donde los dejé. No los veo. No están. Mi tío sigue instalado en el suelo, tan frío. Mi tía aún está rodeada de hijos ajenos. Si los animales no están es que se han extendido, han volado, han creado a otros seres iguales a ellos que a su vez crearán a otros e inundarán con su presencia mis párpados, mis manos pegajosas, marrones, goteantes. Apretarán mi cuerpo. Lo ahogarán. Me volverán como ellos.

Alguien me dice que la policía está buscando el libro prohibido, que hará una redada casa por casa. Esta misma noche. Me acuerdo de Mon. Voy a mi casa corriendo. Él está allí: me dice que tiene el libro; indica que está en el piso de arriba. Es urgente, le digo angustiada. Es necesario quemarlo. Incendiar cualquier resto de él. Eliminar las pruebas de que un día estuvo en nuestras manos, de que pretendimos leerlo, de que empezamos a hacerlo. En ese momento miro a mi alrededor. En el suelo, pegado a la pared, hay cientos de montones de una pasta marrón, asquerosa, del tamaño de una ración de comida volcada en el suelo. Llena de pánico comprendo que las ranas, las serpientes han llegado a mi casa y han creado esa masa, esa especie de barro y que de ahí surgirán las nuevas generaciones de bichos. Alzo la vista y descubro que mi familia también está ahí. Veo a mi madre, que coge un puñado de masa y se la pone en la boca. La ingiere, dice que está rica. Me doy cuenta de que todos están haciendo lo mismo, incluido Mon. Todos comen con fruición ante mi mirada horrorizada. Mi madre trata de convencerme de que tengo que comerlo yo también. Asegura que cuando lo pruebe me fascinará. Yo la miro: mis grandes ojos clavándose en los suyos. Estoy paralizada, incapaz de decir, incapaz de hacer. Ella se acerca a mí y me pone un pegote de pasta en las manos, en los brazos. Yo grito. Grito. Grito. Me muero de miedo. De asco. De espanto.

Justo entonces me acuerdo del libro cuyas páginas habían sido prohibidas. Me acuerdo de la policía. El asco se mezcla con miedo. Me alejo de allí. Tengo las manos y los brazos pringados; subo las escaleras de mi casa. Voy corriendo. Los demás no advierten mi marcha, tampoco mi ausencia. Siguen comiendo con las manos. Aunque ya no estoy allí, los sigo viendo; los tengo en mis ojos, ya solo ven eso. Pero mis ojos ansían el fuego: que las llamas acaben con todo. Que rompan el caos, que maten mi angustia.

Matar al gato

Llegaba a casa tarde. En ella había un gato y un perro. Ninguno de los dos era mío. Durante mi ausencia, larga, habían ocupado mi casa como si fueran dos ratones, dos insectos gigantes, dos culebras: había que matarlos. Me preguntaba cómo podía hacerlo. El gato era largo y delgado, como una especie de guepardo en miniatura; el perro de raza pequeña, parecía inocente. Sentía miedo y desazón, pero aún así cogía un cuchillo grande. Lo principal era eliminar al gato, el perro podía esperar. Abría la puerta trasera de mi casa y dejaba salir al perro, que se perdía junto a otros perros de vecinos. Luego me sentaba en el sofá. Seguía teniendo el cuchillo en la mano. Imaginaba la sangría que armaría: sangre por el sofá, por el suelo. Daba miedo pensarlo y me asustaba, pero era necesario hacerlo. Estaba decidida. Miraba hacia donde estaba el gato y descubría que se había habituado a la vida en mi casa. Había puesto una olla en el fuego a la que le había puesto algo de carne y sal y le veía remover con una cuchara de palo para mezclar todos los productos añadidos.

Amigas

Estoy resfriada. La nariz llena de mocos líquidos, la frente cargada, la boca reseca de tanto utilizarla para respirar, los ojos tristes, acuosos. Hoy querría quedarme todo el día metida en casa, metida en cama. Pero he quedado con mis amigas a tomar café; el lunes es el cumpleaños de una de ellas y no estaré para acompañarla; estaré de vuelta en Madrid. De modo que me tomaré algo para el resfriado y saldré de casa.

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A veces no me apetece nada hacer las cosas que acabo haciendo. No me apetece por pereza, principalmente. Y me pongo indecisa y dudo. Últimamente, antes de negarme a hacerlas, me paro a pensar en si, después de hechas, me sentiré mejor, si lo agradeceré. En este caso, sí. Siempre es gratificante estar con mis amigas, charlar juntas de cualquier cosa.

Una de ellas acaba de dejarlo con su novio. Llevaban saliendo seis años. Aunque su relación no ha sido demasiado buena durante los últimos dos años (con algunas rupturas incluidas), no está pasándolo muy bien. Está un poco asustada. Dice que no le apetece salir de casa, pero un minuto después asegura que necesita estar con chicas y desahogarse. Somos un montón de dudas, todas nosotras, improvisamos nuestros pasos, nos hacemos adultas sin darnos cuenta, nos ayudamos como podemos, como hemos aprendido. Hemos crecido juntas, llevamos conociéndonos desde que éramos  niñas con coletas que iban de la mano de mayores a la escuela.

Sí, siempre es un buen plan quedar con ellas. Aunque a veces no se tengan ganas de salir de casa.