Los sentimientos altos

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Tus neuronas están en baja forma y eso te hace sentir desconfianza hacia el mundo, incluido por supuesto tú mismo/a.

Necesitarías estabilizar el nivel de líquido cefalorraquídeo para conseguir no dejarte llevar por las fantasías que acostumbras representar en tu mente.

Si aumentamos el número de astrocitos que acompañan a tus neuronas te sentirías capaz de hacer aquello que ahora piensas que no puedes, incrementándose además tu inteligencia y sensatez. 

¿Por qué en el médico pueden decirte que tienes el hierro y las defensas bajas, el riñón en mal estado o los trigliceridos altos, pero nada mencionan sobre las características y nivel de los componentes de tu mente que te llevan a tener unos y otros pensamientos y unos u otros sentimientos? ¿Por qué no? ¿No somos acaso también aquello que tiene lugar en el cerebro? ¿No es una parte más de nuestro cuerpo, igual que el hígado, el intestino, la sangre o la piel? ¿Es acaso quizá porque se sobrentiende que lo que ocurre en el cerebro es más uno mismo que lo que tiene lugar en otra parte? Pero, ¿es eso verdad?

¿Por qué me engaña el cerebro?

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Soy de extremos y me lo creo. A veces arriba, arriba en lo alto, en esa montaña, casi en la nube, no me verás; otras veces abajo, más abajo, tan abajo que me alimento de insectos, mi piel se vuelve blanquecina y me hace daño la luz en los ojos.

Podría hacer un gráfico picudo y anguloso que reflejase las subidas y las caídas de mis emociones y sentimientos, pero no siempre dispongo de todos los datos. Las cifras solo se me revelan en momentos de tranquilidad, cuando me quedo en el medio, cuando no voy en ascensor a ninguna parte. Cada extremo me entrega el poder de la reafirmación en mi estado y el del olvido de todo lo que no es similar a él. Y me convenzo a mí misma de que el barro es lo único que conozco o de que es el cielo el lugar en el que he habitado siempre.

¿Por qué me engaña el cerebro? ¿Por qué favorece los extremos? ¿Por qué me persuade de que lo que siento en ese momento es lo único que hay y por qué es tan exagerado?

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Solía subir a menudo a la colina donde está situada la escultura de la Dama del Manzanares y quedarme sentada a su lado, mirando el horizonte. En esa época no vivía muy lejos de allí. La llamábamos la “Pelocha” y asociábamos el lío de su peinado con el de sus pensamientos, como si las ideas salieran de su cráneo para enmarañarle el cabello. Mi cerebro también me desordena pelo e ideas. Me desordena entera y me lo creo.

La cabeza en mi tripa

Me duele la cabeza. Y es como si cientos de globos situados en mi cerebro explotaran una y otra vez, creándome pequeñas conmociones internas que, unidas, formaran un gran malestar.

Hoy me duele la cabeza. Y me duele sobre todo cuando la muevo a un lado y a otro, como si mi cerebro fuera una pobre anciana que no resiste los cambios y que se resiente con cada uno de ellos.

Me duele la cabeza y es como si mi cabeza no me perteneciera, como si me hubiera puesto un casco de espinas hirientes. Es raro: parece que mi cabeza no fuera mía y al mismo tiempo es cuando más consciente soy de ella. La noto arriba de todo; más arriba ya no hay nada. Está sola, vigilando el resto del cuerpo, cuidándolo, observando todo a su alrededor como una mujer responsable. Pero hoy está cansada, agotada. Creo que le gustaría acomodarse en otra parte del cuerpo donde estuviera menos expuesta, más resguardada, donde el resto de miembros pudieran cuidar de ella un rato. Solo por hoy, solo por esta noche, le gustaría estar a la altura del estómago.