Insomnios

Aún permanece la oscuridad en el cielo. El silencio continúa su suave cadencia, su paz, su vacío. La noche es larga mientras aguardo, impaciente y pesarosa, la llegada del día.

El sueño se ha escapado a algún rincón de mi cuerpo y no consigo encontrarlo. Hay demasiada luz, un insolente alboroto en el interior de mi cabeza para que pueda hacerse cargo de mi cuerpo, imperar una noche más. Mientras fuera es estable la negrura y la quietud, dentro ha estallado una noche sin reglas. Hay ruido, hay pitidos, hay palabras soeces y miedo en la ancha carretera de mi mente. Por ella circulan automóviles en varios sentidos y cada uno de ellos lleva consigo un cometido que me entregará a lo largo del día, en el instante de llevarlo a cabo. Hasta ese momento, rugen y pitan y se abalanzan unos sobre otros impidiendo así que me olvide de ellos, que el sueño regrese. El sueño no volverá pero el cansancio se va acumulando cada vez más, como si fuera tierra cubriendo el fondo de un reloj de arena. La arena cae y dificulta la circulación de los coches, pero no los detiene, ni se amortigua su estruendo.Processed with VSCOcam with f2 preset

Hoy la noche dará paso al día lentamente, y lentamente lloverá su luz y su exuberancia de sonidos y colores. Y yo viviré en él con los ojos cansados y el cuerpo ansiando volver a la cama. Y aunque el tráfico se termine disolviendo en mi cabeza conforme el día transcurra y las tareas se lleven finalmente a cabo, permanecerá conmigo el sabor acelerado de los coches y el llanto triste del sueño, escondido aún, intentando respirar en la tormenta de arena.

Anuncios

Conduciendo en sueños

A menudo me veo conduciendo en sueños. De hecho, se podría decir que conduzco más en sueños que estando despierta; apenas cojo el coche, quizás tres, cuatro veces al año. En cambio, al menos una vez al mes conduzco mientras duermo; en estos casos, siempre hay algo que va mal, siempre estoy asustada y agarrotada.

La última vez, conducía un coche gigante en una ciudad desconocida. El coche era tan grande que si pisaba los pedales, no lograba ver la carretera y si me asomaba para ver la carretera, no llegaba a pisar los pedales. Era como si una niña de cinco años tuviera que conducir un coche por la ciudad; como si lo arrancaran y la pusieran a ella al mando, sin otra alternativa que conducir lo mejor posible para salir viva. Y así lo hacía: intentaba salvar las glorietas como podía e incluso me felicitaba por estar haciéndolo medianamente bien; no obstante el miedo, la sensación de que ese no era mi lugar, no se iba.

Fotografía antigua, mujer conduciendo un coche

En sueños no suelo llegar a mi destino. Siempre pasa algo antes que me asusta tanto que acabo despertándome. Una vez despierta, en la cama, me pregunto si lo que mi subconsciente exterioriza como el manejo de un coche, es en realidad mi vida: la forma en que la conduzco, la dirección que llevo. Parece sencilla la interpretación, pero no lo es tanto el resultado de la misma: ¿qué se supone que tengo que hacer para que mi subconsciente no se lleve esa impresión de mi forma de vida, para que no esté tan asustado, tan atemorizado? ¿Cómo me bajo de ese maldito coche en la parte consciente para que la subconsciente se quede tranquila? ¿Cómo hago para coger otro a mi medida? ¿De qué manera puedo disfrutar del viaje?

¿Así conduzco mi vida?

Era la carretera que llevaba a mi casa. Yo iba en coche; conducía. Sin darme cuenta, hacía el movimiento de coger algo de la guantera justo cuando tenía que cambiar ligeramente la dirección del coche para tomar un desvío. Entonces comprendía que ya era demasiado tarde para cambiar los brazos y cogía la curva de mala manera, con los brazos entrelazados. Me decía que debía frenar, pero tampoco podía mover los pies. Era como si de repente no alcanzara a los pedales. Llena de espanto, pensaba que no podía ir tan deprisa por una calle cuando no tenía control del vehículo; mis brazos seguían pegados, incapaces de hacer cualquier movimiento, mis pies no conseguían encontrar los pedales.

Me he despertado asustada. Estaba a punto de chocar contra un coche aparcado. 

Escoger la libertad

Iba subida en el asiento de copiloto del coche cuando de repente caí en la cuenta del daño que me hacen las ideas preconcebidas sobre cómo tienen que ser las cosas. Es un pensamiento recurrente en mí, que me acaba bloqueando. Me digo: las parejas tienen que hacer esto, tienen que decir esto y sentir aquello, l@s amig@s tienen que ser así, l@s herman@s, el trabajo, yo misma debería ser de este o de ese otro modo; y si no es así, es incorrecto. Lo pienso sin darme cuenta de que lo estoy pensando, pasa por mi mente sin que nadie lo cuestione, sin que ningún organismo encargado de velar por el buen uso de los mensajes le ponga el freno y lo retire por causar daños a la comunidad. Porque, ¿quién dice cómo tienen que ser las parejas, l@s amig@s, l@s familiares, las personas, sino ellas mismas? ¿Quién soy yo para calificar una relación como no aceptable solo por no ser como la de otros o como se supone que debería ser? En realidad, nada tiene que ser de ninguna manera. Sentada en el coche, mirando la carretera, escogí la libertad. No quiero que nadie me imponga cómo han de ser las personas para ser aprobadas por los códigos establecidos por la sociedad, y menos que nadie, yo misma. 

Carretera y tristeza

Ya era de noche; quizá eran las 7, cuando he sido testigo de un accidente de tráfico. O más que testigo del accidente, testigo de lo que ha venido después: cuatro ambulancias, un camión de bomberos, tres coches de policía, una furgoneta de la guardia civil. Yo también iba en coche, acoplada tranquilamente en el asiento de copiloto. He sentido un montón de pena y congoja mientras veía pasar el despliegue de servicios de urgencia por la ventanilla; nosotros parados, junto a otros muchos coches, sin saber exactamente qué había pasado pero intuyéndolo, intuyéndolo feamente. Y después, cuando hemos podido avanzar, ver cómo forzaban a la fuerza las puertas traseras de la furgoneta implicada en el accidente e imaginar la angustia de los pasajeros: heridos, encerrados, de noche, una noche oscura, con frío, con el sonido de las sirenas de la policía y la ambulancia en sus oídos.

Imagen

Luego hemos pasado de largo, el viaje ha seguido. No me olvidaba de ello, no obstante. Seguía sintiendo tristeza. Les he deseado, en mi mente, lo mejor, lo mejor para todos. Siempre lo hago cuando veo una ambulancia: deseo que sus ocupantes se curen, que tengan suerte y todo vaya bien; les mando un poco de amor.

(La noticia, en medios).