Conduciendo en sueños

A menudo me veo conduciendo en sueños. De hecho, se podría decir que conduzco más en sueños que estando despierta; apenas cojo el coche, quizás tres, cuatro veces al año. En cambio, al menos una vez al mes conduzco mientras duermo; en estos casos, siempre hay algo que va mal, siempre estoy asustada y agarrotada.

La última vez, conducía un coche gigante en una ciudad desconocida. El coche era tan grande que si pisaba los pedales, no lograba ver la carretera y si me asomaba para ver la carretera, no llegaba a pisar los pedales. Era como si una niña de cinco años tuviera que conducir un coche por la ciudad; como si lo arrancaran y la pusieran a ella al mando, sin otra alternativa que conducir lo mejor posible para salir viva. Y así lo hacía: intentaba salvar las glorietas como podía e incluso me felicitaba por estar haciéndolo medianamente bien; no obstante el miedo, la sensación de que ese no era mi lugar, no se iba.

Fotografía antigua, mujer conduciendo un coche

En sueños no suelo llegar a mi destino. Siempre pasa algo antes que me asusta tanto que acabo despertándome. Una vez despierta, en la cama, me pregunto si lo que mi subconsciente exterioriza como el manejo de un coche, es en realidad mi vida: la forma en que la conduzco, la dirección que llevo. Parece sencilla la interpretación, pero no lo es tanto el resultado de la misma: ¿qué se supone que tengo que hacer para que mi subconsciente no se lleve esa impresión de mi forma de vida, para que no esté tan asustado, tan atemorizado? ¿Cómo me bajo de ese maldito coche en la parte consciente para que la subconsciente se quede tranquila? ¿Cómo hago para coger otro a mi medida? ¿De qué manera puedo disfrutar del viaje?

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Desbordamientos de agua

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He vuelto a soñar con agua, con agua desbordada. En el primer sueño, de hace apenas un par de días, conducía una especie de barco/lancha a motor por una calle que estaba inundada de agua, como un río revuelto, enfadado. Agarraba el volante con fuerza y sobrepasaba cascadas, olas grandes, salpicaduras. Mi estómago se hacía una bola y sentía un ligero mareo, como cuando, dentro de un coche, se sube una pequeña cuesta que luego se desciende con rapidez. No obstante, seguía conduciendo, aunque con miedo, asustada; en una ocasión me miraba las manos y comprobaba que, efectivamente, era yo quien dirigía el barco, quién estaba al mando.

Esta noche he soñado que iba de excursión a un pueblo del País Vasco. Por circunstancias que no recuerdo, me quedaba sola, sin mis acompañantes, que se iban por otro lado. Yo miraba hacia una calle e intentaba abordarla pero estaba inundada, otra vez una calle anegada; era como si el mar hubiera entrado a la tierra para apoderarse de ella. Y me esforzaba por entrar, y el mar se esforzaba por echarme de allí. Era imposible caminar contracorriente; el agua era más fuerte que yo. Al final desistía y decidía irme por otro camino, que aunque también mojado por la corriente, era más inofensivo: transitable. Caminaba por él mojada, agotada y me sorprendía que junto a mí fuesen tantos turistas, tanta gente; la calle anterior estaba completamente desierta.