Adicciones

Mafalda-Batman-chocolate

Se puede ser adicto a las drogas, al tabaco o al alcohol. O al juego. Es lo típico.

Sin embargo, es aún más típico (por más común) tener fijación por otro tipo de adicciones que no suelen ser nombradas pese a su presencia casi constante y ubicua.

Me refiero a la adicción a pensar demasiado o a no pensar en absoluto, a la adicción a sentirse de una determinada manera -querido, triste, avergonzado, emocionado, imbécil, solo, absurdo, débil, feliz- a toda costa e independientemente de la situación que desencadene tal sentimiento; la adicción a personas o a situaciones; la adicción a la comida -y a la culpabilidad que acompaña-; la adicción a criticar a otros para sentirse mejor o la adicción a criticarse a uno mismo para sentirse peor; la adicción al dinero, la adicción a las redes sociales, la adicción al chocolate, al café o a los medicamentos; la adicción al coche, la adicción a estar a la moda, la adicción a los elogios, la adicción al amor o al desamor, la adicción al teléfono móvil, la adicción a las series de televisión, la adicción a los conflictos, la adicción a la limpieza o al desorden, la adicción a estar enfermo, la adicción a las compras, la adicción a no escuchar y a tener razón, la adicción a la comida sana o la comida basura, la adicción al trabajo, al sexo, al poder, la adicción a la mentira o la adicción a la rutina.

La lista sigue; hay tantas adicciones como personas. Al fin y al cabo somos humanos, ¿no? Buscamos cualquier tipo de recompensa que aligere el hecho de vivir y perdemos el control en el intento.

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Juegos de niñas

Entramos en el baño juntas. Debíamos de tener unos 5 y 10 años, mi hermana y yo; la pequeña era yo. Estábamos en la casa de una prima de mi madre, una que se llama Dolores, a la que, inexplicablemente, nunca han llamado Lola. Demasiado refinada para usar el diminuto de su nombre, demasiado perfeccionista. Mis padres, la Dolores, su marido y quizá alguien más hablaban en el salón de temas aburridos y soporíferos (esta persona se murió, esta otra ha sido operada, ¿conoces al hombre que vive en esta calle y se llama fulanito?, su hija se va a casar con menganito; su primo se acaba de divorciar) y nosotras dos estábamos tiradas cada una en un sillón, sin decir nada, aletargadas, drogadas por la conversación. No nos dejaban jugar, ni siquiera nos dejaban hablar entre nosotras porque acabábamos dando grititos que interrumpían sus divagaciones. Quizás nos habían castigado y por eso estábamos separadas. No lo recuerdo.

Supongo que pedí ir al baño más por el gusto de hacer algo diferente que por necesidad de vaciar mi vejiga. Me acerqué a mi madre, le sacudí el brazo hasta que capté su atención y después le dije bajito, en el oído: “mamá, me hago pis”. Mi madre asintió y llamó a mi hermana: “anda, ve con ella al baño, la Dolores os enseña el camino”.niñas_jugando

El baño era amplio y estaba limpio, pero sobrecargado de todo tipo de productos de belleza. Tengo la imagen guardada desde entonces; nos dejó paralizadas: el baño con azulejos oscuros pero brillantes, una luz especial, un espejo amplio y miles de envases de diferentes formatos. Mi hermana empezó la fiesta cogiendo, asombrada, algunos botes para verlos mejor desde cerca; poco a poco nos fuimos dejando seducir por la emoción y el juego sin ser conscientes de lo que estábamos haciendo: rompimos ampollas antiarrugas (nos parecieron el culmen de la sofisticación; nunca habíamos visto unas antes) y nos untamos el líquido por la piel de la cara y las manos, abrimos botes de diferentes tamaños y contenidos y dejamos deslizar algunas gotas sobre el lavabo para ver el color y la textura, destapamos envases con polvos de maquillaje, echamos colonia al aire. Nuestra curiosidad no tenía límites. Y nadie parecía acordarse de nosotras.

La llamada de mi madre nos pilló desprevenidas. “¡Chicas, vamos!”, dijo. Se oían las voces de los mayores que habían salido del salón y se dirigían a la puerta. Miramos el desorden a nuestro alrededor y se nos subió la culpabilidad de golpe, como si fueran unas ganas inesperadas de vomitar o como si hubiéramos visto a alguien que no deseáramos ver al otro lado de la calle; había que arreglar el destrozo, era la mejor opción, pero no había tiempo, ni siquiera sabíamos cuál era la disposición inicial de cada envase. Recogimos algo, no mucho, y salimos corriendo. Toda la familia estaba en el vestíbulo, esperándonos, aunque la conversación continuó después de que llegáramos. Recuerdo que me pegué a la falda de mi madre, de espaldas al resto de la gente, y que no paraba de pensar en que teníamos que irnos inmediatamente. Pensaba que si me miraban, quizá descubrieran un brillo extraño en mi piel, si me pedían que los besara podrían oler un aroma especial e imaginarían lo que habíamos hecho. Me sentía agobiada y avergonzada, pero sobre todo estaba enfadada con toda aquella gente que parecía no tener prisa por despedirse. Y exploté, al final, cuando me pidieron que le diera un beso a todos antes de irme. Yo me negué. Mi madre trató de despegarse de mí a la fuerza para obligarme a hacerlo; yo me apretaba a ella con ganas. Pataleé. Apoyada la cara en las piernas de mi madre, oía que decían que algo me tenía que pasar pues yo solía ser cariñosa, seguro que han reñido, algo ha pasado, vaya dos, no las hemos oído de discutir. ¿Vieron si mi hermana tenía restos de cremas? Ahora me lo pregunto; en su momento no podía pensar en nada más que en irme de allí cuanto antes. Huir, abandonar la escena del crimen, esperar a que la Dolores no le contara nada a mis padres cuando lo descubriera.

No sé cómo acabó la historia. No he vuelto a esa casa. Tampoco he vuelto a ponerme ampollas en la piel. Por eso, cada vez que veo alguna, mi mente sigue mostrándome aquellas primeras que vi.