De amores cansados y cumpleaños

Es sábado, 14 de febrero, y estoy cansada. Tan cansada que estoy irritable y susceptible y tan cansada que tengo los párpados cargados y pueden cerrarse si no presto atención.

Hoy tocaba limpiar con mis padres y hermanos la casa donde se fueron a vivir mis padres cuando se casaron, allá por los años 70. Es un piso viejo ya y desgastado, en el extrarradio, que ha estado en alquiler los últimos veinte años. Un inquilino se va, otro viene, nosotros limpiamos y pintamos en los huecos intermedios, en las partes en que deja de estar ocupado.

Se supone que es el día del amor, pero a mí no me queda mucho hoy. Está agotado también; se ha tumbado en el suelo y me ha dejado sola con toda mi irritabilidad, que gruñe y grita que quiere acostarse también. Qué más da. De todas formas, nunca he creído mucho en eso del amor. Aunque soy bastante cariñosa y me gusta que me toquen, me abracen y me demuestren el cariño de forma física, no soporto demasiado las palabras de amor, las películas de amor o los días dedicados al amor. Solamente escribirlo hace que se levante mi cara de vergüenza y me domine una molesta sensación de ridículo.

Para mí el 14 de febrero más que el día del amor y los enamorados, es el día del cumpleaños de mi hermana. Hoy lo hemos celebrado también. Había tarta y velas y un “cumpleaños feliz” que parecía confuso por estar frente a productos de limpieza, trapos, cubos, fregonas y un montón de tarea por hacer.

La tarea era llevadera, no obstante, y el día ha pasado deprisa gracias a las conversaciones basadas principalmente en recuerdos creados en aquel piso. Mis hermanos vivieron en él durante algún tiempo, cuando eran pequeños. Yo no. Yo solo recuerdo ir en verano, durante las vacaciones. Entonces me parecía grande, nuevo y espacioso, aunque probablemente ya no lo fuera, y me sentía contenta de estar ahí y de pasar los días jugando. Luego crecimos, dejamos de ir, pasaron años y cuando volvimos nos encontramos con un piso reducido y avejentado que sin embargo seguía siendo el mismo. ¿De verdad os parece ahora más pequeño?, preguntaban mis padres sorprendidos. ¡Lo que pasa es que vosotros sois ahora más grandes!

Sí, hemos crecido. Aun nos hace ilusión visitar el piso y nos ponemos contentos, aunque ya no juguemos, celebremos cumpleaños entre cacharros para limpiar y de repente nos cansemos del amor y de sus días.

manos-bengala-cumpleaños

Anuncios

Justo cuando empecé a vivir

Imagen

El doodle de Google anunciaba hoy una primavera anticipada; llegaba con un día de adelanto. Curiosamente, hoy me he despertado más alegre, me ha costado menos salir de la cama y he continuado la rutina como si algo la rompiera, como si fuera de repente un día distinto a los demás incrustado dentro de días parecidos.

Luego he salido a la calle y el día era cálido. Todavía es marzo y sin embargo, parecía que fuese abril, o mejor, mayo. Yo nací en este mes, en la noche de un sábado, esto es, en la madrugada de un domingo. Aún era invierno. Uno de esos días fríos y ventosos de marzo. Poco después, ya era primavera; yo la miraba y no era más que una bebé regordeta y de abundante pelo negro que había empezado a vivir.

Vomitar emociones

Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá: triste hoy alegre mañana: sobrio hoy borracho mañana ¿Por qué inquietarse tanto?

Jack Kerouac

Imagen

Este muchacho hubiera cumplido años (92 años; murió a los 47) ayer. Era piscis. Yo también lo soy. No es que crea mucho en el horóscopo o los signos del zodiaco, pero si encuentro a alguien con el que comparto signo, me suelo preguntar si tendremos algo en común. Es como una manía, como un acto reflejo. De todos modos, en este caso, sí que encuentro alguna semejanza, aunque sea tan simple como que estoy de acuerdo con muchas de sus citas, entre ellas la que aparece al principio (“Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá: triste hoy alegre mañana: sobrio hoy borracho mañana ¿Por qué inquietarse tanto?”).

Estoy de acuerdo con él y sin embargo, no suelo practicarlo: me enredo bastante con los sentimientos. Cuando estoy triste, estoy tan triste que no puedo creer que haya momentos felices en mi vida y cuando estoy feliz, no logro entender que a veces me deprima y lo vea todo negro. Lo bueno, o lo malo, del asunto es que la mayoría de las veces mi estado de ánimo es regular, sin altibajos, de color beige. Luego una circunstancia determinada, muchas veces externa a mí, desata una emoción y mi forma de enfocar las cosas cambia de repente: oscila de un lado a otro y de arriba a abajo como si estuviera saltando en una cama elástica.

La última de estas circunstancias fue mi cumpleaños, apenas hace una semana. Había hecho planes desde la noche del día anterior hasta el final del día siguiente y como hacía bastante tiempo que no lo celebraba tanto, estaba nerviosa. Suele pasarme. Me pongo nerviosa cuando tengo muchos planes, sobre todo cuando dependen de mí. Cuando era más joven había veces que incluso vomitaba. Solo porque era navidad e iba a salir toda la noche con mis amigas acababa vomitando el cordero y las gambas; pero estaba tan eufórica, tan alocada que no importaba. Cuando me pongo nerviosa, es como si no fuera yo. Como si otra chica más sensible y más irritable se pusiera en mi lugar y dirigiera mi forma de actuar. Al final hago cosas que no quiero y sobre todo, siento cosas que tampoco deseo. El día de mi cumpleaños acabé llorando, ya al final del día. No tenía ninguna razón concreta, pero sí muchas de ellas. La primera, pienso ahora, es que estaba muy cansada. Entre mis planes no había incluido descansar y apenas si había dormido tres horas.

En eso de los nervios me parezco a mi madre, aunque no me guste y me enfade conmigo misma cada vez que me doy cuenta. Cuando había un acontecimiento especial, como la boda de un familiar, un cumpleaños, un viaje, se ponía rara; se molestaba por cualquier tontería, siempre decía que prefería irse ya a casa. ¡Pero si era el mejor día del año!, ¡pero si era el momento de pasárselo bien y reír y hablar y jugar!

De pequeña no la entendía. Ahora de mayor no me entiendo a mí misma. De todas formas, ¿qué importa? Al día siguiente será un nuevo día que traerá consigo nuevos sentimientos, nuevos acontecimientos. “¿Para qué inquietarse tanto?”

Amigas

Estoy resfriada. La nariz llena de mocos líquidos, la frente cargada, la boca reseca de tanto utilizarla para respirar, los ojos tristes, acuosos. Hoy querría quedarme todo el día metida en casa, metida en cama. Pero he quedado con mis amigas a tomar café; el lunes es el cumpleaños de una de ellas y no estaré para acompañarla; estaré de vuelta en Madrid. De modo que me tomaré algo para el resfriado y saldré de casa.

Imagen

A veces no me apetece nada hacer las cosas que acabo haciendo. No me apetece por pereza, principalmente. Y me pongo indecisa y dudo. Últimamente, antes de negarme a hacerlas, me paro a pensar en si, después de hechas, me sentiré mejor, si lo agradeceré. En este caso, sí. Siempre es gratificante estar con mis amigas, charlar juntas de cualquier cosa.

Una de ellas acaba de dejarlo con su novio. Llevaban saliendo seis años. Aunque su relación no ha sido demasiado buena durante los últimos dos años (con algunas rupturas incluidas), no está pasándolo muy bien. Está un poco asustada. Dice que no le apetece salir de casa, pero un minuto después asegura que necesita estar con chicas y desahogarse. Somos un montón de dudas, todas nosotras, improvisamos nuestros pasos, nos hacemos adultas sin darnos cuenta, nos ayudamos como podemos, como hemos aprendido. Hemos crecido juntas, llevamos conociéndonos desde que éramos  niñas con coletas que iban de la mano de mayores a la escuela.

Sí, siempre es un buen plan quedar con ellas. Aunque a veces no se tengan ganas de salir de casa.