Días como colores

Hay días de todo.

Días tontos en los que solo tengo ganas de llorar y observar con una lente melancólica y tristona todo lo que veo. Días en que mi corazón está apretujado y magullado y va marcando con un reguero de sangre oscura el camino por el que voy a pasar. Días para dormir sin soñar y para no pensar.

Y días en que estoy tan eufórica como un globo inflado que sube al cielo, muy lejos, y nada lo para. Y luce mil colores brillantes y sonríe a la gente y se abre de brazos y grita palabras ridículas que le hacen reír. Días llenos de frases alegres y cumplidos y besos sentidos y miradas amables.

Y también hay días intermedios. Días a media altura que no son completamente felices, pero tampoco especialmente desdichados. Días cargados de la monotonía de tender la ropa, coger el metro, comer macarrones y mordisquearse sin interés las uñas. Días rancios y lineales, días tranquilos.

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Días grises, días coloridos y días en tonos pastel. Como los colores de la ropa tendida o por tender

No hay unos que sean mejor que otros: en este terreno no hay competición, no hay victorias ni fracasos, ni pérdidas absolutas. Los días forman semanas, que forman meses, que forman años, que forman vidas. Vidas que forman colores que se mezclan y combinan para volver a formar días.

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Embrollo y repetición mental

Me paso el tiempo fantaseando. Pensando otras vidas. Jugando a juegos mentales totalmente irreales. Imaginando finales. Contándome historias. Estaba convencida de que cuando me hiciera mayor se me irían todas las manías, pero el tiempo pasa, y mis manías y mis juegos y mis fantasías siguen conmigo, acompañándome. A veces me riño. Digo: de qué sirve toda esta madeja de pensamientos que son pensados una y otra vez, que están más que sobeteados, relamidos, gastados. Porque al final siempre es lo mismo: los mismos pensamientos, las mismas fantasías, los mismos juegos. Es cierto que se adaptan a las circunstancias de cada momento, a lo que veo, a cómo me siento, pero en esencia es igual. Apenas varía de un día para otro. Por eso, si un día de repente se me ocurren otras cosas, reflexiono de otra manera, o simplemente soy consciente de que sin darme cuenta estoy pensando lo mismo que cualquier otro día, es como si algo cambiara. Ya no es igual. Hay un pequeño hito que quiebra la rutina. No es frecuente, no obstante. Es asombrosa la forma en que las manías más tontas, las ideas más repetitivas no paran de aparecer a cada rato y lo difícil que resulta darse cuenta cuando se está metido en el embrollo mental que implica ser uno mismo, ser persona, ser humano. Es raro darse cuenta, no obstante, ser consciente de lo que se está pensando. Es como si te vieras desde fuera cuando estás en realidad metido en el fondo, en todo el meollo. ¿Quién? Yo. Esto es: tú. Las dos. La de dentro y la que observa. Hoy soy, somos dos, pero estamos juntas.

La llave de los campos, Magritte
La llave de los campos, Magritte

Nunca hay comienzos

“Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, ¿o es todo? Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable y monótona. De vez en cuando, se saca un resultado parcial; uno dice: hace tres años que viajo, tres años que estoy en Bouville. Tampoco hay fin: nunca nos abandonamos de una vez a una mujer, a un amigo, a una ciudad. Y además, todo se parece: Shangai, Moscú, Argel, al cabo de quince días son iguales. Por momentos —rara vez— se hace el balance, uno advierte que está pegado a una mujer, que se ha metido en una historia sucia. Dura lo que un relámpago. Después de esto, empieza de nuevo el desfile, prosigue la suma de horas y días. Lunes, martes, miércoles. Abril, mayo, junio. 1924, 1925, 1926”. 

Jean Paul Sartre, La náusea

jean paul sartre

Es cierto que los días pueden ser una suma interminable y monótona, solo sacudidos por pequeños acontecimientos que quiebran la rutina, que la hacen más digerible. El más importante de estos, el más frecuente, es el fin de semana. La gente le espera con ansia, se quejan cuando se va; empiezan a verle, nerviosos, dos días antes de que llegue. Todos lo hacen; yo también. No obstante, al final los fines de semana también se parecen unos a otros, como si fueran hermanos, hijos de unos padres comunes. Lo mismo pasa con los años. Por Sartre pasaron 1924, 1925 o 1926. Por mí, 2010, 2011, 2012, 2013. 2014.

Hoy ha sido un día feliz, sin embargo. Sin motivo concreto. Un día como lo fue ayer, antes de ayer o el día que le precedió y aún así, me ha parecido mejor: especial. Hoy me he reído por tonterías y las he dicho yo misma, he hecho cosas que me gustan en el trabajo, he comido pasta, hoy he besado mucho, mucho a mi novio, le he preparado un sándwich, hemos cenado juntos mientras jugábamos a Apalabrados.

Los días siguen pasando. Mañana, dentro de muy poco, será día 24. Seguirán los días sin comienzos, uno detrás de otro, encadenados. Hoy, no obstante, he salido de la rutina sin salir de ella: me he sentido contenta, sumergida dentro de algo bueno. Y aún no es fin de semana.