El circo no es nuestro

No elegimos sistema electoral. No elegimos su configuración, no elegimos su proceso, no elegimos su organización, no elegimos las leyes que lo rigen. No elegimos si es pertinente o no tenerlo ni las alternativas posibles al mismo.

No elegimos a las personas que se presentan para “representarnos”. No elegimos su número, no elegimos su función. No elegimos su salario. No elegimos su forma de trabajo. No elegimos si es mejor contar con ellas o no.

No elegimos forma de gobierno. No elegimos al jefe de estado. No elegimos la pertinencia o no de esta figura. No elegimos su lugar de residencia. No elegimos su asignación económica.

No elegimos fecha para la no elección.

No elegimos lugar.

No elegimos forma de votación. No elegimos que votar por el método de introducir un sobre en una urna es la opción más beneficiosa para todos. No elegimos pagar por que nos envíen esos sobres a casa. No elegimos si lo queremos.

No elegimos las leyes o normas que crearán los “representantes” que no elegimos. No elegimos la importancia, no elegimos el orden, no elegimos el tema.

No elegimos cómo se invertirá el dinero que nos retirarán sin elegirlo. No elegimos la cantidad. No elegimos los destinatarios. No elegimos la ocasión.

No elegimos ser parte o no del proceso. No elegimos entrar o salir de él.

No elegimos ser engañados con la idea de que somos los verdaderos protagonistas de la función. No elegimos la ilusión de que unas elecciones son decisivas y pueden cambiar algo.

No hemos elegido el circo. No son nuestros los payasos. elecciones generales

Cada uno de los instantes

A menudo nos decimos: “tenemos que viajar más”, como si de eso dependiera toda la felicidad de nuestras vidas, como si tuviéramos reservados los momentos alegres a los viajes y no hubiera más ocasión de disfrutar juntos del tiempo. A menudo nos decimos eso y nos entusiasmamos ante la perspectiva de ver juntos otros países y otros lugares y pasar todo el día, muchos días, juntos; pero esa conversación siempre nos deja, junto a la ilusión, un trasfondo de tristeza inevitable. Tenemos agendas, trabajos, obligaciones, vidas aburridas de adultos con sueldos de jóvenes malpagados y apenas podemos permitirnos viajar: nos falta el tiempo, nos falta el dinero.

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Sin embargo, nuestra relación no se construye solo con grandes fechas ni días para el recuerdo. Nuestra relación se sujeta en cada uno de los días que vivimos juntos, en cada uno de los instantes compartidos.

Quizá no podamos viajar siempre que queramos, pero estamos juntos y podemos disfrutar de ello, ¿no crees? Quizá tenemos que aprender que no hay un momento más propicio que cualquier momento para ser felices, ni viaje más largo ni más intenso que el de nuestra propia relación.

¿Nos vamos? ¿Salimos hoy mismo?

Quédate hoy

Pierdo cosas. Las voy abandonando, dejando tras de mí un reguero insostenible de recuerdos. Se pierde la ropa distraída, se pierde el dinero, se pierden los despistados regalos; muchas veces para siempre: no vuelvo a ver todo aquello que perdí. No obstante, mi cuerpo permanece atado a ellas irremediablemente hasta bastante después de haberlas visto por última vez. Las recuerdo, las lloro, hago mi propio duelo de rabia y acusaciones por ellas.

A veces también se me escapan las palabras.

Las voces.

Los silencios.

Las letras de mi boca.

Y a veces soy yo la que me escapo de mí misma.

Ruido de lenguajes inasibles

Mi estado de ánimo corre, se quema, se enfría, se esconde, juguetón, dice que sube y luego baja, dice que está mal y se echa a reír. Mi estado de ánimo es como un algodón que se expande y se contrae, como la plastilina, la masa de hacer pizzas o las nubes, altas en el cielo, inalcanzables. Mi estado de ánimo tiene tantos hermanos gemelos como noches, mi estado de ánimo se emparenta con los sueños, con las almohadas, con las personas que pululan como sonámbulos alrededor de mí.

Hay ruido abajo. Gente que con su trabajo bloquea mi sueño. Un golpe tras otro, una voz que enlaza con otra, formando un bloque denso, entremezclado, difícil de digerir por separado. Hablan el lenguaje de las herramientas, el lenguaje rudo y frío de los martillos y el polvo. Yo no lo entiendo, nunca lo he aprendido, aunque el trabajo ha estado conmigo, muy presente, silbando en mi oído como una serpiente. Es necesario que trabajes, tienes que ganarte la vida, hace falta dinero, no hay apenas dinero, estamos en una racha de vacas flacas, no puedes permitirte esto, es mejor que ahorres. Esas palabras se infiltraron en mi mente como agua en un colchón. Lo inundaron. Eran épocas de necesidad; lo siguen siendo. La gente trabaja, se vuelve loca por tener un trabajo, por ganar dinero, por tener dinero, desperdicia su vida por tener una vida con trabajo, gasta sus horas y su energía. Yo también. Estoy aquí, está en mi sangre: soy ese colchón empapado.

La familia, la pareja, los hijos, uno mismo, el ocio, los amigos están ahí, aunque ocupados, también.

La vida, la vida sigue en paralelo.

Mi estado de ánimo puede explotar. Y puede que me convierta en polvo. Así llegaré a entender otros idiomas. Se meterán en mi mente, se introducirán por los resquicios y comentarán lo absurdo que parece estar en vivo.

Un mundo de patatas fritas

Quizá debido a ese montón desordenado de casualidades que es nuestra vida, ayer di con este video donde se explica la manera brutal que tienen las grandes corporaciones de imponernos su estilo agresivo de belleza. Me ha parecido muy interesante. Aunque un poco aterrador.

Y sin embargo, estamos a tiempo. A tiempo de cambiar, a tiempo de decidir qué queremos para nosotros, qué consideramos que es lo mejor. Una compañera de trabajo siempre dice que cada compra es un voto; es decir, que la forma en que inviertes tu dinero es la forma en que quieres que el mundo sea. ¿Quieres un mundo de patatas fritas y hamburguesas? ¿Un mundo de pieles estiradas artificialmente y gente estresada por su número de arrugas, su número de calorías, su número de prendas de verano y de invierno?

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Nosotros somos los que decidimos: nosotros consumimos, nosotros votamos.

¿Qué pasaría si hiciéramos aquello que queremos hacer?

¿Qué pasaría si dejáramos atrás las excusas e hiciésemos aquello que realmente queremos hacer? ¿Qué pasaría si tuviéramos libertad para llevarlo a cabo? ¿Qué pasaría si tuviéramos también coraje y fortaleza para hacerlo? ¿Seríamos entonces capaces? Entonces, ¿es solo por el dinero por lo que no hacemos lo que nos gusta o intervienen otros factores?