Las manos de las brujas

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Murieron quemadas durante años en hogueras instaladas en plazas y otros sitios públicos. Uno de los cargos de los que se les acusaban era el de poder curar imponiendo las manos. Sus manos calientes que transportaban vida y salud fueron declaradas culpables; debían morir abrasadas para expiar su pecado. La técnica había sido aplicada durante siglos por múltiples civilizaciones, pero poco importaba. No se enseñaba en las iglesias, no se podía palpar; bien podría ser obra del diablo.

Ardieron las mujeres que lo desarrollaban, pero su actividad no terminó del todo en cenizas. Renació con fuerza en Japón bajo el nombre de reiki y consiguió extenderse por otros países. Hoy la Organización Mundial de la Salud lo reconoce como terapia complementaria en el tratamiento de enfermedades y se aplica en hospitales.

Se supone que con la práctica del reiki la energía fluye hacia el destinatario, calmándole y haciéndole sentir paz y bienestar. Apaciguándole. Sanándole, quizá. Pero la energía circula en cualquier caso. En una caricia, en un apretón o un choque de manos. Es solo cuestión de observar. Algunos pueden ver pura vida o al mismo dios, del mismo modo que otros encontraban al diablo en la misma situación.

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Los grandes golpes

¿Dónde vas con toda esa impotencia y con ese puñado de viejas historias y cuentos falsos?

Al río. Al mar. Al océano. A todos los desagües de las casas raras.

Al lugar donde las cosas se hunden y son arrastradas, río abajo, con la corriente, como un montón de papeles oxidados un día de viento intenso.

Esos días el viento vuela con rabia y me revuelve, no el pelo, sino la tripa. Siento sus patadas punzantes y toda mi debilidad. Mi pelo sigue siendo un mar tranquilo marcando las doce. Pero mi tripa es el epicentro de todos los terremotos que tienen lugar en mi cabeza y en los que mi corazón siempre es el principal damnificado.

Los grandes terremotos de la historia tuvieron lugar en mi cabeza.

Las grandes historias de odio y valentía, dulzura apagada y recriminaciones.

Las guerras más sangrientas.

Las rachas de viento más violentas y los golpes más fuertes del mar contra las rocas.

Los golpes del mar y los golpes de la vida.

Ese día, justo ese día, organizo mis falsos cuentos de rechazo, las lanzo lejos y, vacía, contemplo como son arrastrados fuera de mí. Luego sigo caminando con el estómago y la mente destrozadas y dejo que el viento me susurre nuevas leyendas que pasado el tiempo devolveré al mar.

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Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

César Vallejo