¿Por qué me engaña el cerebro?

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Soy de extremos y me lo creo. A veces arriba, arriba en lo alto, en esa montaña, casi en la nube, no me verás; otras veces abajo, más abajo, tan abajo que me alimento de insectos, mi piel se vuelve blanquecina y me hace daño la luz en los ojos.

Podría hacer un gráfico picudo y anguloso que reflejase las subidas y las caídas de mis emociones y sentimientos, pero no siempre dispongo de todos los datos. Las cifras solo se me revelan en momentos de tranquilidad, cuando me quedo en el medio, cuando no voy en ascensor a ninguna parte. Cada extremo me entrega el poder de la reafirmación en mi estado y el del olvido de todo lo que no es similar a él. Y me convenzo a mí misma de que el barro es lo único que conozco o de que es el cielo el lugar en el que he habitado siempre.

¿Por qué me engaña el cerebro? ¿Por qué favorece los extremos? ¿Por qué me persuade de que lo que siento en ese momento es lo único que hay y por qué es tan exagerado?

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Solía subir a menudo a la colina donde está situada la escultura de la Dama del Manzanares y quedarme sentada a su lado, mirando el horizonte. En esa época no vivía muy lejos de allí. La llamábamos la “Pelocha” y asociábamos el lío de su peinado con el de sus pensamientos, como si las ideas salieran de su cráneo para enmarañarle el cabello. Mi cerebro también me desordena pelo e ideas. Me desordena entera y me lo creo.

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El abrazo, solo el abrazo en sí

Fundirse en un abrazo inmenso como si fuéramos trozos de hierro en el horno de un herrero y separarnos después sin saber muy bien quién es cada cual. Sin saber dónde está la frontera que separa un cuerpo de otro ni cuáles son los límites que bordean cada una de las mentes.graffiti-muro-beso-abrazo-amor

¿Acaso no somos sino un único ser escindido en varios cuerpos? ¿Acaso dudas de que seamos lo mismo? Carne, deseos, huesos, ideas, sentimientos, ganas, futuros, pasados y un presente que nunca lo está. ¿Acaso no seguimos las mismas sendas marcadas, no nos cansamos a veces, no parloteamos sin descanso y no imaginamos vidas con solo ver una mirada?

¿Acaso no es emoción lo que percibes debajo de la suciedad?

¿Acaso no somos sino el abrazo en sí y no las partes separadas que se unen en él?

Hace falta amar

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Para amar a alguien hace falta no tener en cuenta todas las imperfecciones propias que se clavan como hojalata mal cortada. Hace falta no ser consciente de ellas, hace falta no llamarlas imperfecciones, hace falta amarlas como si fueran algodón blandito, un viaje deseado, un paisaje bello, un masaje en la nuca.

Para amar a alguien que no somos nosotros hace falta amar primero a la persona que sí somos nosotros. Hace falta no lanzarnos miradas reprobatorias, hace falta no asustarnos, hace falta escucharnos. Hace falta amarnos incondicionalmente. Amar como niños. Amar sin medida. Amar sin método. Amar sin más porqué que el hecho de que nosotros seamos nosotros: la persona en la que vivimos, la que nos reporta sus experiencias y emociones sobre la Tierra, el vehículo que nos permite conocer todo lo demás: absolutamente todo. La persona que baila por nosotros, que ríe, que escucha, que llora de tristeza y de alegría, la persona que ve árboles y siente en su piel el calor del sol tamizado por las hojas verdes de primavera.

Hace falta no sentirse culpable por haber dicho esto o haber omitido aquello, hace falta no sentirse incapaz ni poca cosa, ni estúpida, ni demasiado alta, ni demasiado gorda, ni demasiado parlanchina. Hace falta sentirnos cómodos en la casa que somos para nosotros y buscarnos lo mejor en cada ocasión.

Hace falta sentir odio y pena y rabia y vergüenza y luego aceptarlo como partes de la vida, partes tan naturales como la lluvia o el viento, tan naturales como el hambre, el frío y el agua.

Hace falta estar ahí donde estamos y desde esa posición decidirnos a amar. Amar, amar, amar, amar(nos).

Bienvenido, 2015

Nada más que alegría.

Nada más que amor.

Nada más que paciencia.

Nada más que empuje.

Nada más que satisfacción.

Nada más que coraje.

Nada más que ganas.

Nada más que sabiduría.

Nada más emoción.

Nada más que ese blablabla de cosas buenas.

Nada más que todo.

Nada más. Nada menos.

Un año acaba. Otro empieza. Se supone que el día 31 acabó algo y el día 1 empezó algo diferente. No creo mucho en ello. Sí, acaba un año y sí, empieza otro. Pero los ciclos, las etapas, los periodos vitales de cada persona no vienen marcados por estas circunstancias, a mi parecer. En realidad lo marcan ellas mismas, no los años en los que están inmersos, no las estaciones del año o los cambios del mismo. El año no cambia mientras no uno no cambie.

En cualquier caso, me gusta ese despliegue del muestrario de buenos deseos donde la felicidad y el amor siempre son los protagonistas. Así que emprendamos el camino, como dice ese viejo cuento. O sigamos caminando. 2014, 2015, 2020. Que independientemente del año que figure en el calendario seamos capaces de encontrar felicidad y amor, que seamos capaces de aprender y de continuar.

Así que hasta luego, 2014. Bienvenidos, nuevos caminos del 2015.

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Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado

Todavía es mío

Hay otras cosas de que hablar cuando sales a la calle, cuando vuelas, cuando vuelves y sin embargo, todas están en ti. Todas en mí. Los viajes más largos, las experiencias más inquietantes, más impactantes, más sorprendentes y alucinantes están dentro de la capa de piel que me separa del resto del mundo. En ese interior de órganos y vísceras y huesos y conexiones que forman pensamientos y sensaciones y emociones. No hay más espacio que el de dentro. Los demás son todo proyecciones de nuestra masa interior, que se repliega y se expande y vomita el mundo exterior para que nuestros ojos lo vean.

Puede que haya un incendio.

Un día dejaré de estar viva. Mi cuerpo será de fuego. Todas mis conexiones se irán apagando hasta quedarse dormidas, lentamente, como quien apaga y desenchufa luces y aparatos antes de irse de vacaciones. El amor, todo ese amor será del aire, del viento, será de las personas que me conocieron, que traspasaron la frontera de mi piel y de mi sangre.

Ahora es mío, todavía mío: mi aroma, mis manos, mi tiempo.