Días en espiral

Cuando una cosa se va suele venir otra dibujándose por detrás, intentando no ser vista. Ese proceso es conocido por su forma de espiral imperfecta, como un rizo medio deshecho, apretado por unas partes y suelto, casi liso, por otras.

Hoy es 6 de octubre. Un día como otro cualquiera. Mucha gente cumple años, mucha gente nace, otra muere, hay gente que se enamora, empieza un proyecto, lo termina, mucha gente se divorcia o se cae en la bañera. Para mí es un día normal. Otro día en el calendario. Nada que reseñar. Un día que pasará al olvido, como la mayoría de los días del año. Se esfumará como si nunca hubiera existido. Como si del día 5 el calendario hubiera dado un salto y aterrizado en el día 7. Un día más que quizá contribuya a reforzar en mi mente el recuerdo de los días sosos de este año, de esta etapa concreta de mi vida y se unirá así a otros momentos que tampoco dejaron huella, que existieron, pero que ya no existen: ya nada los guarda, ninguna mente, ninguna foto, ningún objeto los recuerda.

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Y sin embargo, nadie ha cortado el rizo y sigue creciendo. Muchos otros sucesos, muchos otras acontecimientos están detrás de este día simplón, esperando agazapados, comenzando a vivir en la sombra. Me parece que es como todos aquellas personas cuyas vidas parecen malgastadas pues murieron demasiado pronto por causas que no lo merecían (¿acaso alguna razón vale más que una vida?), y sin embargo, sus muertes cambiaron a mejor las circunstancias de otras personas, cambiaron a la postre otras vidas.

Hoy es un día como otro cualquiera. Un día de un mes que acaba de empezar. De un año que está acabando. De una época que quizá también. Me ha parecido ver a la nueva al otro lado de mi pelo.

Más de 60

Mis padres tienen más de 60, más de 60 años. Hoy de repente lo he visto cuando compartía comida con ellos y con algunos de sus amigos. No es porque estén mayores: se jactan de estarse enganchando, un poco desorientados, a las nuevas tecnologías de la comunicación, tienen un montón de planes, ríen, discuten, se burlan de sus hijos de la misma forma que la gente de mi generación lo hace de sus padres. He sido consciente de que tienen más de 60 porque en una ocasión uno de ellos ha dicho que es ahora el mejor momento que tienen para disfrutar juntos, pues dentro de diez años, ¿qué será de ellos? En tono de humor decían, uuh, dentro de diez años, eso será si estamos todos. Y se reían. Creo que en el fondo piensan que estarán ahí, igual que ahora, dentro de diez, veinte, treinta años. Yo también lo creo.

Luego he compartido viaje con dos de ellos, marido y mujer. Las nubes, a través de la ventanilla, descargaban lluvia en la lejanía. Nosotros tres hablábamos en el interior de todo, de cualquier cosa. Sonaba un disco con una recopilación de música de Serrat, Victor Manuel, Sabina o Cecilia.

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Cecilia

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Pueblo español en los años 70

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La ‘contemporaneidad’ de los 70

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Ana Belén y Víctor Manuel

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Carro conducido por bueyes

Una se da cuenta de que son mayores porque han vivido otra época, han vivido los años 50, los 60, los 70. La época de casarse pronto, de la censura, la dictadura, el trabajo en el campo a partir de temprana edad, las familias numerosas, el respeto incuestionable a los padres. Estaban vivos en una época que ya está muerta, pero que sigue latiendo a través de ellos de alguna manera, aunque se esfuercen por adaptarse a la nueva visión, (la ¡modernidad!) y se enorgullezcan de ello.

Considero que Cecilia fue uno de los iconos de esa época de las que mis padres también fueron partícipes. Me parece una muestra de la forma de vida del momento el hecho de que muriera (a los 27) al chocar el coche en el que ella iba con un carro de bueyes. Los accidentes de tráfico son casi un icono de nuestra época, aparecen a diario en los telediarios, la mayoría ha presenciado o sufrido alguno; el carro de bueyes, en cambio, deja un regusto añejo en el oído cuando se escucha, me retrotrae a épocas muy, muy antiguas.

Era 1976. Mis padres tenían entonces veintantos.