Y perdonar

The weak can ever forgive. Forginess is the attribute of the strong. 

Gandhi

mohandas-karamchand-gandhi-perdon-paz

Perdonar no es una tarea fácil pero libera cuando se hace. Sobre todo cuando es a uno mismo. Resulta habitual autodecepcionarse -yo lo hago a diario- por no estar a la altura de las exigencias internas, y sin embargo es tan, tan difícil perdonarse. Pienso: “pero, ¿cómo voy a perdonarme? Si me perdono, volveré a hacerlo, y si vuelvo a hacerlo, volveré a enfadarme conmigo misma. Debo ser inflexible”.

Sin embargo, la experiencia me ha demostrado que la autorigidez no suele llevarme a un menor número de decepciones. Más bien al contrario. Al final se vuelve rutinaria la ruleta de exigencias, desilusiones y regañinas y se aplica una y otra vez sin ser consciente, como parte de los movimientos y pensamientos automáticos que nos permiten vestirnos, lavarnos los dientes o caminar sin necesidad de prestar atención. Es por eso por lo que resulta más difícil perdonar. La mayor parte del tiempo ni siquiera nos damos cuenta de que estamos siendo duros con nosotros mismos -o con cualquier otra persona- ni de que nos merecemos nuestro apoyo y un cachito de perdón. Ya se ha dicho muchas veces, perdonar a otra persona no significa dejar que te hiera una y otra vez; significa poner tus límites, dejarle ir si lo deseas y sobre todo, no permitir que te hago más daño el rencor. Perdonarse a uno mismo es diferente. Debemos hacerlo siempre. Siempre. No solo porque de nada sirve estar discutido con uno mismo, sino porque perdonarnos nos tranquiliza, nos libera, nos hace sentir mejor, nos hace menos propensos a volver a fallarnos. La mayoría de las veces cuando actuamos mal -u omitimos actuar bien- es por miedo o  por falta de confianza; a veces incluso por deseo de hacer el bien que sale malparado. ¿No merecemos en esos momentos más un abrazo que un cachete? ¿No merecemos más nuestro perdón? Hace falta ser fuertes, ya lo dijo Gandhi, pero a veces simplemente merecemos serlo.

Anuncios

Hace falta amar

amor-amar-corazón-arte-ciudad

Para amar a alguien hace falta no tener en cuenta todas las imperfecciones propias que se clavan como hojalata mal cortada. Hace falta no ser consciente de ellas, hace falta no llamarlas imperfecciones, hace falta amarlas como si fueran algodón blandito, un viaje deseado, un paisaje bello, un masaje en la nuca.

Para amar a alguien que no somos nosotros hace falta amar primero a la persona que sí somos nosotros. Hace falta no lanzarnos miradas reprobatorias, hace falta no asustarnos, hace falta escucharnos. Hace falta amarnos incondicionalmente. Amar como niños. Amar sin medida. Amar sin método. Amar sin más porqué que el hecho de que nosotros seamos nosotros: la persona en la que vivimos, la que nos reporta sus experiencias y emociones sobre la Tierra, el vehículo que nos permite conocer todo lo demás: absolutamente todo. La persona que baila por nosotros, que ríe, que escucha, que llora de tristeza y de alegría, la persona que ve árboles y siente en su piel el calor del sol tamizado por las hojas verdes de primavera.

Hace falta no sentirse culpable por haber dicho esto o haber omitido aquello, hace falta no sentirse incapaz ni poca cosa, ni estúpida, ni demasiado alta, ni demasiado gorda, ni demasiado parlanchina. Hace falta sentirnos cómodos en la casa que somos para nosotros y buscarnos lo mejor en cada ocasión.

Hace falta sentir odio y pena y rabia y vergüenza y luego aceptarlo como partes de la vida, partes tan naturales como la lluvia o el viento, tan naturales como el hambre, el frío y el agua.

Hace falta estar ahí donde estamos y desde esa posición decidirnos a amar. Amar, amar, amar, amar(nos).

¿Me acompañas en el viaje, Whitman?

walt-whitman

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

Walt Whitman

Lo que nos define (II)

Un poco antes de comer, he hablado con mi hermana sobre el tema objeto del post anterior, eso de qué es lo que nos define, lo que nos hace ser quien somos. Y me ha sorprendido su opinión, tan diferente a la que había planteado yo que ha conseguido solventar, un poco, un poquito, mis dudas. Según ella, efectivamente el físico nos define y nos determinada: nos hace. Aseguraba que Lizzie Velasquez es como es gracias a su exterior.

Image

Si no hubiera padecido su enfermedad, no sería la misma, decía: quizá no daría conferencias motivadoras, no habría escrito libros, no estaría agradecida a los que se han burlado de ella por haberla hecho más fuerte. Si su aspecto hubiera sido otro (otro más bello, por ejemplo como el de Sara Carbonero), su forma de ser también habría sido diferente.

Image

Y así con el resto de aspectos de nuestra vida. Supongo, pues, que lo que nos hace realmente ser quiénes somos, es una mezcla de todos los condicionantes que están o han estado presentes en un momento de nuestras vidas. El aspecto exterior, la familia, los recursos económicos, las enfermedades, los amigos, los recuerdos, las experiencias, todo ello nos configura de alguna manera, como pequeñas piezas de un puzle inmenso, de todo un universo.

Intuyo que el secreto está en aquello tantas veces repetido, eso de que hay que saber obtener el mejor provecho, la mejor jugada con las fichas que nos han tocado. Y la moraleja es que quizá no haya nada ni mejor ni peor. ¿Es mejor tener unos rasgos perfectos y admirables? Puede que sí o puede que no. ¿Es peor ser considerada una de las mujeres más feas del mundo? Depende. ¿Es mejor vivir en Madrid o en Nueva York, en un pequeño pueblo o en la ciudad, tener mucho dinero o tener poco, tener pareja o no tenerla, ser extrovertido o ser tímido, incluso tener una enfermedad o no tenerla? Me cuesta aceptarlo, pero entiendo que quizá sea así. Nada es mejor ni peor, cada situación es la que es, cada ocasión, cada detalle, cada vida también.

_

Hace un rato estaba lloviendo; el día estaba oscuro; el cielo, gris. Ahora luce azul, con algunas nubes esporádicas aportando pequeños toques de blancura, de blandura. Miro por la ventana. Escribo en mi ordenador. Me digo que, si  esto es cierto, no hay nada mejor que esto para mí ahora. Nada peor.

Image

Image

Suerte

Te llevo conociendo toda la vida. Toda mi vida. La tuya había empezado mucho antes; antes de la guerra; solías contar tu experiencia en ella: cómo habías llegado a Madrid, cómo habías ejercido de camillero y recogías cuerpos tirados, heridos o muertos; cómo llegaste a estar en un campo de refugiados en Francia. Costaba imaginarte de joven, un cuerpo atlético, delgado, alto, y una cabellera rubia, los ojos azules.

Te conocí cuando tus dedos ya se habían deformado, tu boca era el instrumento que utilizabas para respirar, y tu visión se debilitaba cada día. Contabas cientos de historias, anécdotas de tu vida, tan extensa, y las enmarcabas siempre dentro de fechas tan exactas que dejaban asombrados a quienes te escuchaban.

manos_anciano

Se me emborronan ahora todos esos datos en la cabeza, las explicaciones, los detalles, y duele porque ya no vas a volver a contármelo y porque sé que quizá no te presté la atención que merecías cuando sí podías. El corazón se me encoje. Tú no estás y tus historias se han perdido contigo. “Ya tienes tu casita y no vas a volver”, te dijo la abuela en referencia a la tumba en la que ahora vives, mueres.

Recuerdo tu mal humor. Tu mal genio. Lo enfadado que te ponías cuando te llevábamos la contraria o pensábamos de forma diferente a ti. Y sin embargo, ya no lo recuerdo con molestia, ya no me parece odioso, como antes; ahora entiendo que tus enfados eran de poca monta, y que en el fondo no eras sino una persona sensible, que en la vejez había aprendido a mostrar sus sentimientos. Llorabas por ofensas que habías cometido en el pasado y que no te perdonabas, aún cuando hubieran pasado más de 60 años desde aquel momento. Llorabas por las veces que te habían herido a ti. “Si yo los perdono”, decías con voz quebradiza, “pero no se me va de la cabeza”.

Ahora soy yo la que lloro, escribiéndote a ti, que ya no me leerás. Tú ya no piensas, no eres nada: como si nunca hubieras existido. De ti solo quedan prendas, objetos que recuerdan a ti, pero que no son tú, y cientos de recuerdos, que tampoco son tú. No nos volveremos a ver. Tú ya no estás; a mí aún me quedan días. Yo sigo aquí, en la tierra, en el universo, en la vida. Tú no eres nada.

Me viene a la mente una ocasión en que no nos íbamos a ver durante mucho tiempo y me dijiste que tuviera suerte. Gracias, te dije. Suerte en la vida, puntualizaste. Espero que tengas suerte en la vida. La suerte ha sido conocerte a ti, abuelo.