No te acostumbres a su piel

Le acarició la piel con cariño y apreció su suavidad. Estaban tumbados en la cama, cubiertos con mantas, con sus pijamas. Empachados después de ocho horas de sueño.

– ¿Por qué tu piel es tan suave?, le preguntó él.

La pregunta era la de siempre, la emoción también. Lo único que cambiaba era lo que no cambiaba: pasaban los días y él seguía encontrando la piel de ella suave y se lo seguía recordando. No lo descubría por primera vez, y sin embargo, se seguía maravillando y eso es lo que hacía diferente cada ocasión que se lo decía: su ausencia de acostumbramiento, su sorpresa continua.

– Porque tú la tocas. Tú la haces así, le dijo ella.

– ¿Yo te hago la piel suave?

– Si tú no la tocaras, nadie la encontraría suave. Y nadie me lo diría. Ni siquiera yo misma. Tú haces que mi piel sea suave.

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(¿Un terreno inexplorado puede ser considerado precioso o por el contrario desagradable y feo si nadie lo ve y lo cataloga como tal? ¿La belleza y la fealdad, la dulzura, la delicadeza y la brutalidad están solo en los juicios de los demás al respecto o son inherentes al objeto al que pertenecen? Por cierto, ¿a quién pertenece la suavidad -en este caso- a quién la posee o a quién la toca y lo valora?)
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Lo que nos define (II)

Un poco antes de comer, he hablado con mi hermana sobre el tema objeto del post anterior, eso de qué es lo que nos define, lo que nos hace ser quien somos. Y me ha sorprendido su opinión, tan diferente a la que había planteado yo que ha conseguido solventar, un poco, un poquito, mis dudas. Según ella, efectivamente el físico nos define y nos determinada: nos hace. Aseguraba que Lizzie Velasquez es como es gracias a su exterior.

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Si no hubiera padecido su enfermedad, no sería la misma, decía: quizá no daría conferencias motivadoras, no habría escrito libros, no estaría agradecida a los que se han burlado de ella por haberla hecho más fuerte. Si su aspecto hubiera sido otro (otro más bello, por ejemplo como el de Sara Carbonero), su forma de ser también habría sido diferente.

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Y así con el resto de aspectos de nuestra vida. Supongo, pues, que lo que nos hace realmente ser quiénes somos, es una mezcla de todos los condicionantes que están o han estado presentes en un momento de nuestras vidas. El aspecto exterior, la familia, los recursos económicos, las enfermedades, los amigos, los recuerdos, las experiencias, todo ello nos configura de alguna manera, como pequeñas piezas de un puzle inmenso, de todo un universo.

Intuyo que el secreto está en aquello tantas veces repetido, eso de que hay que saber obtener el mejor provecho, la mejor jugada con las fichas que nos han tocado. Y la moraleja es que quizá no haya nada ni mejor ni peor. ¿Es mejor tener unos rasgos perfectos y admirables? Puede que sí o puede que no. ¿Es peor ser considerada una de las mujeres más feas del mundo? Depende. ¿Es mejor vivir en Madrid o en Nueva York, en un pequeño pueblo o en la ciudad, tener mucho dinero o tener poco, tener pareja o no tenerla, ser extrovertido o ser tímido, incluso tener una enfermedad o no tenerla? Me cuesta aceptarlo, pero entiendo que quizá sea así. Nada es mejor ni peor, cada situación es la que es, cada ocasión, cada detalle, cada vida también.

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Hace un rato estaba lloviendo; el día estaba oscuro; el cielo, gris. Ahora luce azul, con algunas nubes esporádicas aportando pequeños toques de blancura, de blandura. Miro por la ventana. Escribo en mi ordenador. Me digo que, si  esto es cierto, no hay nada mejor que esto para mí ahora. Nada peor.

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