Tinta de colores

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Nos hemos encontrado un diario en la plaza: un cuaderno A4, escrito sin dejar márgenes y con diferentes tintas; en la primera página podía encontrarse azul y rosa; en otras, los contrastes cromáticos eran más llamativos: naranja, violeta, verde, negro, azul. Un diario caótico de letra casi ilegible. Le hemos echado un vistazo rápido y después lo hemos llevado a comisaría. Allí lo hemos dejado y nosotras, mi amiga y yo, hemos seguido nuestro camino sin volver a mencionarlo. Hemos hablado del tiempo, de lo que íbamos a hacer, de lo que habíamos hecho y hemos reído un poco. Sin embargo, yo no dejaba de pensar en el cuaderno y en su autora. Había encontrado una extraña y simple belleza en las primeras líneas de aquel cuaderno que habíamos leído juntas mi amiga y yo esperando encontrar algún nombre, alguna indicación de pertenencia. Una mujer describía en presente y primera persona su cotidianeidad: estaba sentada en el césped del parque viendo jugar a los niños y a él y eso, decía, estaba bien. El día anterior habían estado por el “caminillo” todos y tampoco había estado mal; nada parecía estar mal y sin embargo las líneas transmitían una honda tristeza. Los niños jugaban hoy en el plaza junto a él, ayer habían ido de excursión todos juntos y lo habían pasado también bien y aún así, ella no estaba a gusto, no le alcanzaba la felicidad de sus acompañantes. Podía imaginármela sentada en la hierba con su cuaderno nuevo y sus bolígrafos de colores empezando a escribir sentimientos tristes mientras los otros se divertían y la invitaban con voz lastimera a unirse. Podía ver las miradas y las sonrisas inseguras que ella les dedicaba y su falta de implicación, su distanciamiento, sus ganas de pertenecer a otras personas y a otro lugar.

A menudo yo también soy ella. Supongo que por eso las palabras deshechas de su diario me han tocado la piel y se han hundido dentro luego. Tengo que esforzarme por estar, sea donde sea, y esforzarme por mantenerme contenta. La mayor parte del tiempo, imagino, querría estar en cualquier otra parte.

Maestras Zen

Tengo plantas en casa. Mi hermana mayor tiene plantas y también dos gatas, una es blanca, totalmente blanca y otra es negra, completamente negra. A mi hermana no le gustaban los animales hasta que una conocida le comentó que había encontrado una caja llena de gatitos recién nacidos abandonada en la calle y decidió quedarse uno. Era la negra, Ada; la acogió en casa por pena. Luego vino Estrellita, que es blanca y arisca, y también la encontró en la calle cuando era un cachorrillo. En mi casa no podíamos utilizar antes la conocida expresión “amantes de los animales” para definirnos, porque en verdad ninguno lo éramos. Quizá un poco mi padre; pero se veía cohibido por mi madre, que los detesta. De los cuatro hijos que tuvieron, todos les teníamos un poco de miedo. Ahora mi hermana mayor los adora. Me comenta que hace unos años no se imaginaba que podría llegar a sentir un amor tan intenso por unos mininos. Y que ese amor le traería tanta alegría a su vida. El resto de la familia sigue igual, no obstante: tan temerosa de los animales como siempre. Tanto es así que cuando vamos a verla a casa, le pedimos que guarde a las gatas en una habitación donde no vayamos a estar nosotros. Qué le vamos a hacer, las gatas son bastante hurañas y nos dan miedo, nos asustan. En ese sentido, son más fáciles las plantas. Una puede admirar su belleza, cuidarlas y darles mimitos, pero nunca asustarán a nadie ni habrá que pedirles que se vayan a otro lugar cuando viene gente. Tampoco se les cogerá tanto cariño; que yo sepa, nadie dice que unas plantas hayan traído a su hogar una oleada de felicidad. Supongo que aquello que aporta algo realmente positivo, también provoca algunos inconvenientes. Nada es completamente perfecto, nada pura armonía.

He vivido con varios maestros Zen; todos eran gatos

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La frase, de Eckhart Tolle, llegó a mí a través de mi hermana. Sus gatos son hoscos con la gente y no lo esconden;  con ella son cariñosos a veces, independientes a veces, juguetones a veces, dormilones siempre. Tampoco lo esconden. Son como les apetece ser y no tienen miedo de mostrarse tal cual. Si se enfadan, enseñan las garras; si se cansan, se van a otro sitio a descansar; si están a gusto, ronronean y piden caricias. Son libres de expresar sus sentimientos y emociones como les parece; se aceptan como son, se diría si fuesen humanos, y sin embargo, es posible que ninguno de nosotros alcance ese grado de aceptación perfecta.

Bastet, mujer

bastet-esculturaSe entendía que Bastet era fuerte y a la vez tranquila.

Alegre y también colérica cuando de protegerse a sí misma se trataba.

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Con las cualidades del gato y las de la mujer.

Algo más que una mujer virgen, ingenua, apocada, temerosa, parca y sin más vida que la protagonizada por su hijo. Algo diferente del estereotipo de mujer santa, sumisa, tristona y beata difundido como modelo por el cristianismo.

Se la reverenciaba y era una mujer valiente, con empuje, con talento.

gato-diosa-bastetBastet (también llamada Bast) era la deidad egipcia de la armonía y la felicidad. Encarnaba la calidez de los rayos del sol y se representaba normalmente bajo la forma de un gato doméstico o con cabeza de gato y cuerpo de mujer.

En ese sentido, cualquier gato era considerado como una manifestación suya  y por tanto eran venerados: se adornaban con joyas, se permitía que comieran junto al faraón, se lloraba su muerte y llegaban a ser momificados.

Hasta que la tripa duela

Una de las sensaciones que más me gustan es reír a carcajadas en compañía. Risas dobles, triples, cuádruples que continúan aunque se mojen los ojos y la tripa duela.

Uno de los motivos que más me gustan para reír a carcajadas son los errores de uno mismo. Me gusta cuando de una situación que puede provocar pena, malestar, frustración o agobio solo aparece la risa y desdramatiza la historia.

Una de las razones de mi gusto por reír a carcajadas con gente es la sensación de felicidad que le sigue: la tranquilidad que envuelve, el sentimiento de que todo está bien, la alegría que trae. La alocada paz que agita el cuerpo.

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Un gato al sol

Cuando me siento triste o enfadada, o rabiosa, o me sobreviene el miedo, el agobio o el pesimismo, cuando afloran como granos molestos y de repente son visibles para mí las llamadas emociones negativas, inmediatamente siento la necesidad de liberarme de ellas. Respirar, pensar en otra cosa, no conseguirlo, volver a respirar, regañarme por sentirme así y volverlo a intentar y regañarme de nuevo por no conseguir tranquilizarme ni reconducir mi ánimo hacia una estado más positivo y tranquilo: son acciones que a menudo van seguidas de un bajón. ¿Pero qué pasaría si sencillamente no intentara cambiarlo? ¿si aceptara estas emociones como las consideradas positivas? Es como si tuviera miedo a sentirme mal, como si no fuera capaz de entender que tengo derecho a sentir todo tipo de emociones y a comprenderme cuando es así. ¿Qué pasaría si dejara de juzgarme y criticarme y simplemente dejara estar cualquier tipo de sentimiento según llegara? ¿Qué pasaría si fuera un gato tumbado al sol de primavera y no me preocupara por cómo son mis sentimientos ni tratara de cambiarlos cuando los considero no válidos? gato-sol-flor-relajacion-paz

Lo mejor será que bailemos

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Señor conejo: Lo mejor será que bailemos.

Sombrerero loco: ¿y que nos juzguen de locos Sr. Conejo?

Señor conejo: ¿usted conoce cuerdos felices?

Sombrerero loco: Tiene razón ¡Bailemos!

Lo mejor será que bailemos y alejemos la maraña de idas y venidas, los viejos pensamientos, los propósitos soberbios que nunca llegan a materializarse. Lo mejor será salir, salir de una vez sin enzarzarse demasiado en las vueltas y entresijos, en los vericuetos de cada uno de los laberintos a los que nos mudamos de vez en cuando. Lo mejor será que pongamos a funcionar las puertas giratorias del corazón y dejemos entrar y dejemos salir toda la sangre que nos bombea la vida. Lo mejor, lo mejor de todo, será que dejemos volar la cordura y dejemos escaparse a la locura, lo mejor será no añadir etiquetas al producto, no delimitar con nombres, no obstaculizar las huidas.

Lo mejor será que bailemos.

Cada uno de los instantes

A menudo nos decimos: “tenemos que viajar más”, como si de eso dependiera toda la felicidad de nuestras vidas, como si tuviéramos reservados los momentos alegres a los viajes y no hubiera más ocasión de disfrutar juntos del tiempo. A menudo nos decimos eso y nos entusiasmamos ante la perspectiva de ver juntos otros países y otros lugares y pasar todo el día, muchos días, juntos; pero esa conversación siempre nos deja, junto a la ilusión, un trasfondo de tristeza inevitable. Tenemos agendas, trabajos, obligaciones, vidas aburridas de adultos con sueldos de jóvenes malpagados y apenas podemos permitirnos viajar: nos falta el tiempo, nos falta el dinero.

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Sin embargo, nuestra relación no se construye solo con grandes fechas ni días para el recuerdo. Nuestra relación se sujeta en cada uno de los días que vivimos juntos, en cada uno de los instantes compartidos.

Quizá no podamos viajar siempre que queramos, pero estamos juntos y podemos disfrutar de ello, ¿no crees? Quizá tenemos que aprender que no hay un momento más propicio que cualquier momento para ser felices, ni viaje más largo ni más intenso que el de nuestra propia relación.

¿Nos vamos? ¿Salimos hoy mismo?

Un encuentro feliz en la ciudad

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He soñado que vivía en una especie de residencia de estudiantes. Estaba situada en el centro de la ciudad (¿era Madrid?, ¿era una capital extranjera?), presentaba un diseño y una decoración muy actual y parecía inmensa: albergaba una zona con tiendas, una biblioteca, una cafetería.

Curioseaba por sus pasillos y sus diferentes zonas y luego salía a la calle; me enfrentaba a la revolución de los coches pitando, rugiendo, yendo acelerados de un sitio a otro como una manada hambrienta, y sorprendentemente encontraba cierta belleza en ello. La belleza de estar en el centro de una ciudad importante y la belleza de sus edificios, de sus calles amplias. Lo miraba con detenimiento y me invadía una tranquila felicidad.

Mi habitación estaba recubierta de láminas de madera y tenía una cama de matrimonio en el centro. Me metía en ella y me quedaba dormida al instante. Más tarde me despertaba el ruido de gente que había llenado mi cuarto, descubría molesta. Entonces alguien me decía que aquel era un espacio público y que tenía que compartirlo con el resto de gente de la residencia… Me vestía deprisa y salía de nuevo a la calle sin decir nada. Allí me encontraba otra vez con la estampida de coches y el cielo azul, muy alto y muy lejano, más allá de los tejados de los rascacielos, y notaba cómo volvía a mí de nuevo la felicidad junto con el sonido estridente, y tranquilizador por algún motivo, de la ciudad.

Días como colores

Hay días de todo.

Días tontos en los que solo tengo ganas de llorar y observar con una lente melancólica y tristona todo lo que veo. Días en que mi corazón está apretujado y magullado y va marcando con un reguero de sangre oscura el camino por el que voy a pasar. Días para dormir sin soñar y para no pensar.

Y días en que estoy tan eufórica como un globo inflado que sube al cielo, muy lejos, y nada lo para. Y luce mil colores brillantes y sonríe a la gente y se abre de brazos y grita palabras ridículas que le hacen reír. Días llenos de frases alegres y cumplidos y besos sentidos y miradas amables.

Y también hay días intermedios. Días a media altura que no son completamente felices, pero tampoco especialmente desdichados. Días cargados de la monotonía de tender la ropa, coger el metro, comer macarrones y mordisquearse sin interés las uñas. Días rancios y lineales, días tranquilos.

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Días grises, días coloridos y días en tonos pastel. Como los colores de la ropa tendida o por tender

No hay unos que sean mejor que otros: en este terreno no hay competición, no hay victorias ni fracasos, ni pérdidas absolutas. Los días forman semanas, que forman meses, que forman años, que forman vidas. Vidas que forman colores que se mezclan y combinan para volver a formar días.

Bienvenido, 2015

Nada más que alegría.

Nada más que amor.

Nada más que paciencia.

Nada más que empuje.

Nada más que satisfacción.

Nada más que coraje.

Nada más que ganas.

Nada más que sabiduría.

Nada más emoción.

Nada más que ese blablabla de cosas buenas.

Nada más que todo.

Nada más. Nada menos.

Un año acaba. Otro empieza. Se supone que el día 31 acabó algo y el día 1 empezó algo diferente. No creo mucho en ello. Sí, acaba un año y sí, empieza otro. Pero los ciclos, las etapas, los periodos vitales de cada persona no vienen marcados por estas circunstancias, a mi parecer. En realidad lo marcan ellas mismas, no los años en los que están inmersos, no las estaciones del año o los cambios del mismo. El año no cambia mientras no uno no cambie.

En cualquier caso, me gusta ese despliegue del muestrario de buenos deseos donde la felicidad y el amor siempre son los protagonistas. Así que emprendamos el camino, como dice ese viejo cuento. O sigamos caminando. 2014, 2015, 2020. Que independientemente del año que figure en el calendario seamos capaces de encontrar felicidad y amor, que seamos capaces de aprender y de continuar.

Así que hasta luego, 2014. Bienvenidos, nuevos caminos del 2015.

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Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado