Me acuesto contigo

Si te caes

te levanto

y si no

me acuesto contigo

Julio Cortázar

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Dame un amor de pasta de dientes en el lavabo. Un amor tranquilo, un amor cotidiano: un amor que refresque, que sepa, que envuelva, que sea lo último antes de la cama.

Dame un amor de chiste espontáneo en la sobremesa. Un amor risueño, un amor feliz, un amor divertido.

Dame un amor de manta. Un amor que abrigue, que arrope: un amor cómodo: un amor para acostarse y un amor para apoyarse.

Estoy desnuda

Pero siempre he sido una chica desobediente, una chica rebelde. No me gusta hacer caso, ni siquiera a mí misma.

Estoy desnuda. Las alas aparecen. Me apresuro a salir. Tengo prisas por llegar, aunque el destino no está más lejos de mis manos, de mi regazo cálido. He descubierto que no puedo controlar todo lo que me rodea, y aún así, está bien. No necesito tenerlo todo bajo control. Las cosas van y vienen, las personas, las ideas, las imágenes, los pensamientos, la ropa y los viajes. Incluso yo me pasaré algún día; hasta ese momento, mi vida consiste en dejar ir, aceptar y respirar hondo. El viaje puede ser tan movido como quieras, tan soso o tan exagerado como lo tengas en mente. Va en el estilo de cada uno. Hay quienes optan por vestidos de seda, incrustaciones de nácar, oro y plata, encajes y tul, y quienes prefieren lo simple. Qué más da. Hoy aquí, mañana allí, siempre en mí misma.

A veces no me comprendo. Me pongo tan ansiosa y tan nerviosa que al final no puedo hacer nada. Culpo de ello a mi voz interior, que me regaña y me manda lo que tengo que hacer y si decido no hacerla caso, me tortura, me pisotea. Pero siempre he sido una chica desobediente, una chica rebelde. No me gusta hacer caso, ni siquiera a mí misma. Si pienso en lo que es lo mejor para mí y me ordeno hacerlo, enseguida se me ocurren cientos de maneras de vulnerar mi control, de salirme de lo establecido, de no hacerme caso. No me gustan las reglas. Soy bastante dispersa.

Mi mente vuela y se queda en casa. Mi mente desnuda. Mi cuerpo cubierto. Yo misma diseñé, yo misma cosí mi vestido. Utilicé vergüenza, utilicé alegría, miedo, cobardía, ira, amor, utilicé un corazón agitado y atormentado que se muere por hacerme feliz.

Este también es mi momento, Jimmy Cliff

Hay un tarta en el cielo esperando a que llegue; dicen que podré disfrutarla cuando esté allí. Pero hasta que llegue ese momento, voy a coger lo que es mío aquí en la tierra.

Mis enemigos quieren aplastarme, supongo que prefieren que viva debajo de la tierra, no me quieren ver feliz. Piensan que han ganado la batalla porque de vez en cuando lloro, pero lo que hago es pedirle a dios que les perdone, pues no saben lo que hacen. Y yo sigo. Es mi momento.

Continúo peleando por las cosas que quiero, pues sé que ya no podré hacerlo cuando muera. Y continúo: prefiero ser una mujer libre en mi tumba que vivir como una marioneta o un esclava.

Jimmy Cliff, “The harder they come”

 

Nunca hay comienzos

“Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, ¿o es todo? Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable y monótona. De vez en cuando, se saca un resultado parcial; uno dice: hace tres años que viajo, tres años que estoy en Bouville. Tampoco hay fin: nunca nos abandonamos de una vez a una mujer, a un amigo, a una ciudad. Y además, todo se parece: Shangai, Moscú, Argel, al cabo de quince días son iguales. Por momentos —rara vez— se hace el balance, uno advierte que está pegado a una mujer, que se ha metido en una historia sucia. Dura lo que un relámpago. Después de esto, empieza de nuevo el desfile, prosigue la suma de horas y días. Lunes, martes, miércoles. Abril, mayo, junio. 1924, 1925, 1926”. 

Jean Paul Sartre, La náusea

jean paul sartre

Es cierto que los días pueden ser una suma interminable y monótona, solo sacudidos por pequeños acontecimientos que quiebran la rutina, que la hacen más digerible. El más importante de estos, el más frecuente, es el fin de semana. La gente le espera con ansia, se quejan cuando se va; empiezan a verle, nerviosos, dos días antes de que llegue. Todos lo hacen; yo también. No obstante, al final los fines de semana también se parecen unos a otros, como si fueran hermanos, hijos de unos padres comunes. Lo mismo pasa con los años. Por Sartre pasaron 1924, 1925 o 1926. Por mí, 2010, 2011, 2012, 2013. 2014.

Hoy ha sido un día feliz, sin embargo. Sin motivo concreto. Un día como lo fue ayer, antes de ayer o el día que le precedió y aún así, me ha parecido mejor: especial. Hoy me he reído por tonterías y las he dicho yo misma, he hecho cosas que me gustan en el trabajo, he comido pasta, hoy he besado mucho, mucho a mi novio, le he preparado un sándwich, hemos cenado juntos mientras jugábamos a Apalabrados.

Los días siguen pasando. Mañana, dentro de muy poco, será día 24. Seguirán los días sin comienzos, uno detrás de otro, encadenados. Hoy, no obstante, he salido de la rutina sin salir de ella: me he sentido contenta, sumergida dentro de algo bueno. Y aún no es fin de semana.