Trapos sucios

naturaleza Hermann Hesse

El alma de las cosas, la belleza solo se nos revela cuando no codiciamos nada, cuando nuestra mirada es pura contemplación. Si miro a un bosque que pretendo comprar, arrendar, talar, usar como coto de caza o gravar con una hipoteca, no es el bosque lo que veo, sino solamente su relación con mi voluntad, con mis planes y mis preocupaciones, con mi bolsillo. En ese caso el bosque es madera, es joven o es viejo, está sano o enfermo. Por el contrario, si no quiero nada de él, contemplo su verde espesura con “la mente en blanco”, y entonces sí que es un bosque, naturaleza y vegetación; y hermoso.
Lo mismo ocurre con los hombres y sus semblantes. El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es solo un turbio reflejo de mi voluntad. 
En el momento en que la voluntad descansa y surge la contemplación, todo cambia. El hombre deja de ser útil o peligroso, interesante o aburrido, amable o grosero, fuerte o débil. Se convierte en naturaleza; es hermoso y notable como todas las cosas sobre las que se detiene la contemplación pura.
Hermann Hesse, “Mi credo”

 

Pero, ¿cómo es la contemplación pura?, ¿Cómo se hace para contemplar sin esperar nada, sin pretender nada, sin pensar nada? La nada no existe: yo no la he conocido. Tampoco la pureza o la contemplación pura. A nuestro alrededor todo está impregnado de lo que somos, como si más que un ser corporal fuéramos etéreos, como si fuéramos polvo en el aire y nos posáramos sobre la superficie de lo que nos rodea y lo cubriéramos así de nuestra esencia, de nuestro sello personal.

¿Entonces?

En mi opinión, la clave está en aceptar las cosas que no están a nuestro alcance como son, sin intentar mejorarlas, reestructurarlas, lavarlas y revolverlas en nuestro interior como si fuéramos una lavadora que disolviese las manchas de todo aquello que nos disgusta y que no podemos cambiar. Entre otras cosas porque la ropa sigue estando sucia fuera de nuestra mente y porque de ese modo nunca llegamos a apreciar lo que hay de bonito (o lo que nos puede enseñar) lo que, a primera vista, nos desagrada.

Patti Smith, cuando era una niña

“Me recuerdo pasando por delante de escaparates con mi madre y preguntándole por qué no los destrozaba la gente a patadas. Ella me explicó que había normas tácitas de conducta social y que ese era el modo de coexistir como personas. De inmediato, me sentí limitada por la noción de que nacemos en un mundo donde todo está determinado por quienes nos han precedido. Me esforcé por reprimir mis impulsos destructivos y, en cambio, desarrollé los creativos. Aun así, la niña contraria a las normas que llevaba dentro no había muerto”.

Patti Smith

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Oí hablar de Patti Smith hace relativamente poco, quizá un par de años. Hasta entonces no sabía nada de ella; luego por casualidad llegué a conocer someramente su figura y su obra; hace unos días, empecé a leer un libro autobiográfico suyo “Éramos unos niños” y ahora es como si la conociera desde siempre. Siento que es muy cercana a mí e incluso he llegado a admirarla: por su trabajo, sus decisiones, su forma de ser, su originalidad. De todos estos sentimientos positivos repentinos tiene la culpa su libro, que destila madurez, sencillez y belleza.

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Patti con su entonces pareja, el fotógrafo Robert Mapplethorpe

Habla del pasado sin nostalgia ni añoranza; como si cada paso que da, o que dio durante ese periodo, tuviera un significado y le hubiera ayudado a crecer como persona y artista.  En ese sentido, alegrías, tristezas, celos o amor tienen la misma importancia pues forman parte de ella y tuvieron un papel durante ese periodo de su vida. Me gusta su valentía, su originalidad, que sabe conservar a lo largo del tiempo (una prueba de ello, es su estética andrógina, su aura de misterio), su libertad, responsabilidad, la forma natural de expresar sus puntos vulnerables, su confianza y constancia con el proceso creativo. Me gusta el hecho de que le concediera más valor a su opinión acerca de una obra, y al desarrollo de la misma que al reconocimiento gratuito.

“Yo soy libre”, dice en numerosas ocasiones. Libre porque se siente feliz y logra hacer las cosas a su modo. Porque al final consigue hacer lo que más le gusta. Porque sabe desafiar los convencionalismos de aquella época (y de esta).

El libro me ha inspirado, en general, amor hacia las cosas, hacia mí, ganas de empezar a dejar a un lado los miedos, el deseo de esconderse, la timidez, ganas de hacer las cosas a mi modo. Mi forma de ser es diferente en algunos aspectos a la de ella y quizá por ese motivo, valoro más su carácter. Una vez leí que para llevarte bien con una persona tienes que admirarla en algún sentido, no puedes superarla siempre, en algo tiene que ser mejor. He descubierto que esto se cumple en numerosas ocasiones. Y también en este caso. 

Patti Smith

Apodada la “reina del punk”, Patti Smith (1946) publicó su primer disco (Horses) en 1975. Ha sido considerada inspiración para grupos como REM, Garbage o artistas como Madonna.

“Éramos unos niños” (que obtuvo el National Book Award en 2010) narra  su biografía durante los primeros años de su vida: su infancia, adolescencia, juventud, la manera en que se ganó la vida hasta su acercamiento paulatino al rock. No le sobraba el dinero, pasaba necesidades, peleaba por llegar a vivir de la poesía, la pintura, el arte. El hilo conductor es la relación con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, aunque en el libro se mencionan a personajes como Sam Shepard, Janis Joplin o Jim Morrison, como si el Nueva York de finales de los 60 y principios de los 70 fuera un pequeño barrio donde todo el mundo se conociera. 

Sensibilidad en el río

agua de rio

Piel sensible.

Estómago sensible.

Intestino sensible.

Pelo sensible.

Corazón sensible.

Forma de ser sensible.

Uñas sensibles.

La sensibilidad está en todas partes: está en mi personalidad, en mi interior, en mi exterior, está en mis genes. Me pregunto si mi forma de ser (mi interior, mi mente, mi yo) sensible ha sido el desencadenante del resto de sensibilidades, como si fuera un fábrica que contaminase todo lo que encuentra a su alrededor; un río que regase y fertilizase todo lo que quedase a sus márgenes. He añadido el segundo ejemplo porque el primero resultaba demasiado agresivo, muy feo, pero quizá es el más acertado, el que mejor ilustra la situación. No hay tanto de positivo en ser un ser un poco frágil, un poco aprensivo, un poco asustadizo, bastante fácil de quebrar.

Lo que nos define

Hoy ha sido un finde de esos en que me despierto temprano, voy al baño, me vuelvo a meter en la cama e intento quedarme dormida de nuevo, sin éxito. Empiezo a pensar y a pensar hasta que al final admito que ya no voy a dormir más por hoy y decido levantarme. Eran las siete cuando me he despertado hoy. Pensaba pensamientos revueltos que se enlazaban unos con otros como eslabones de una cadena, como una enredadera sin fin. Uno de ellos me ha llevado a Lizzie Velasquez, la que fue denominada “la mujer más fea del mundo” y cuyo video vi ayer.

 

Más allá de su mensaje optimista, de su valentía y su fortaleza, esta mañana he reflexionado sobre su frase “¿Qué nos define?”, ¿qué nos hace ser la persona que somos? No es nuestro físico, ciertamente. Mi cuerpo, mi aspecto ha cambiado desde que era un bebé y seguirá cambiando hasta ser totalmente diferente a como es ahora y aún así me seguiré identificando con él. Tampoco soy lo que tengo, ni lo que he logrado. ¿Es mi personalidad? Mi forma de ser también es diferente, no obstante. Mis pensamientos, mis emociones cambian. Lo pienso y me parece que no hay tantas cosas que se hayan mantenido estables a lo largo del tiempo en mi vida. Y aunque sí se hayan mantenido, si de repente cambiaran, yo seguiría siendo yo. ¿Entonces quién soy? ¿Cuál es nuestra esencia? ¿Será simplemente ese yo que hay dentro? ¿Esa voz que nos llama “yo”?

En ‘La insoportable levedad del ser’ de Milan Kundera, Teresa se plantea esta misma cuestión. Mirándose al espejo, se pregunta si seguiría siendo ella misma si su nariz empezase a crecer cada día hasta que su rostro resultase irreconocible para ella misma. La respuesta es que sí, que lo seguiría siendo. Seguiría siendo Teresa aunque su cuerpo cambiase y ya no se reconociera en él y cuando se mirase al espejo sería la misma Teresa, pero aturdida ante los cambios. Entonces, ¿qué es el cuerpo?, se preguntaba a continuación. “¿Qué relación hay entre Teresa y su cuerpo? ¿Tiene su cuerpo algún derecho al nombre de Teresa? Y si no tiene derecho, ¿a qué se refiere el nombre?”

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Realmente, hoy no tengo respuesta a la pregunta de la bella Lizzie. No sé qué es ser uno mismo. Ni qué o quién soy yo.