Soñé que tenía una hija

Soñé que tenía una hija. Paría en medio de mi casa, todo el mundo estaba presente. Pero era un parto raro. Más o menos como si me sacara simplemente de debajo de la camiseta un muñeco que tuviera escondido. No me dolía, ni siquiera lo sentía. Simplemente tenía una hija de repente en un momento en que casi toda mi familia estaba reunida. Nadie decía nada al respecto. Las conversaciones seguían como antes de que la niña hubiera nacido y las posiciones de la gente, su actitud: todo permanecía inalterado. Yo misma me quedaba así. Totalmente sobria, libre de emociones, apática, indolente. Recordaba que había mujeres que explicaban que el día del nacimiento de sus hijos había sido uno de los más bonitos y emotivos de sus vidas, pero también uno de los más dolorosos. Yo simplemente no había sentido absolutamente nada.

Luego subía al piso de arriba y me olvidaba de todo. Cuando volvía a bajar después de un rato observaba que la niña estaba en un carro que mecía mi abuela. Me asomaba para verla y descubría que no estaba arropada. Entonces me dio pena. Fue lo único que sentí, el único sentimiento que afloró. Hacía mucho frío, era invierno y la niña estaba casi desnuda y helada. Entonces la cogía en brazos e intentaba abrigarla pero no encontraba nada que ponerle. Le preguntaba a mi madre: ¿has visto algo que pueda servirle a ella? Mi madre contestaba que no con tono pasivo y yo me quedaba sin saber qué hacer para darle calor, cargando con mi hija y con una gran pena en brazos.

Ya llega el sol

Hacía frío y lluvia y viento; eran días desagradables; bonitos de contemplar pero solo desde dentro, dentro del calor, detrás de una ventana. Y sin embargo, ayer llegó de pronto el sol. Llegó anunciando una primavera anticipada, como si de repente ya fuera abril. Estos días además amanece antes y se hace de noche más tarde.

Me gustan las sensaciones que me provoca la idea de que se acerca el verano, me recuerda a cuando era una niña, me hace ponerme de buen humor, me da ganas de hacer cosas, ganas de salir, ganas de tumbarme en la hierba y mirar el cielo azul, claro, sin nubes.

Por fin ha llegado el sol.

¿Dónde va la niñez?

Hoy: jueves seis de febrero de dos mil catorce. Un día frío, ventoso, agrisado. Hoy la lluvia me ha mojado la cara y ese hecho me ha recordado a mi niñez… He recordado la vez en que una amiga de clase me dijo que si te caía una gota de lluvia en la nariz significaba que iba a llover mucho y que tenías que empezar a correr para guarecerte. Recuerdo que era por la tarde y volvíamos juntas del cole. Debíamos de tener unos siete años. Al llegar al punto donde nos teníamos que separar para seguir cada una su camino a casa, nos sentamos en un bordillo cercano y empezamos a jugar y a hablar. Siempre lo hacíamos. Ese día, no obstante, hacía frío y viento; un poco después de sentarnos empezaron a caer gotas indecisas, pequeñas, tímidas. Le dije que debíamos volver a casa antes de que empezara a llover más. Ella me miró intrigada y me preguntó: ¿Es que te ha caído alguna gota en la nariz? Yo le dije que no. Ah, a mí tampoco, contestó. Entonces no hace falta que volvamos todavía. Si no nos cae una gota en la nariz es que no va a llover mucho hoy.

No recuerdo cuánto nos quedamos ahí paradas, jugando, sin sentir el frío aunque atentas a la lluvia que cesó poco después, pero sí que cuando por fin decidimos volver a casa hice el camino corriendo. Estaba deseosa de llegar y de contarles a todos mi descubrimiento. Tampoco recuerdo si alguien me prestó atención cuando lo conté, ni siquiera si acaso llegué a contarlo, pero sé que durante mucho tiempo creí que era cierto. Tan cierto como que aquel día había llovido o que mi amiga se llamaba Macarena.

Macarena. Hace mucho que no sé ya de ella. Cuando me contó la historia de la lluvia era mi mejor amiga; luego poco a poco dejó de serlo. Yo empecé a irme por otro camino más corto a casa y acompañada por otras compañeras. Después del cole y del instituto perdimos poco a poco el contacto. Sin embargo, en días de lluvia como el de hoy me sigo acordando de ella. Y me resulta extraño. Aunque lo cierto es que durante un tiempo, que creí infinito, la consideré mi mejor amiga.Imagen

Carretera y tristeza

Ya era de noche; quizá eran las 7, cuando he sido testigo de un accidente de tráfico. O más que testigo del accidente, testigo de lo que ha venido después: cuatro ambulancias, un camión de bomberos, tres coches de policía, una furgoneta de la guardia civil. Yo también iba en coche, acoplada tranquilamente en el asiento de copiloto. He sentido un montón de pena y congoja mientras veía pasar el despliegue de servicios de urgencia por la ventanilla; nosotros parados, junto a otros muchos coches, sin saber exactamente qué había pasado pero intuyéndolo, intuyéndolo feamente. Y después, cuando hemos podido avanzar, ver cómo forzaban a la fuerza las puertas traseras de la furgoneta implicada en el accidente e imaginar la angustia de los pasajeros: heridos, encerrados, de noche, una noche oscura, con frío, con el sonido de las sirenas de la policía y la ambulancia en sus oídos.

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Luego hemos pasado de largo, el viaje ha seguido. No me olvidaba de ello, no obstante. Seguía sintiendo tristeza. Les he deseado, en mi mente, lo mejor, lo mejor para todos. Siempre lo hago cuando veo una ambulancia: deseo que sus ocupantes se curen, que tengan suerte y todo vaya bien; les mando un poco de amor.

(La noticia, en medios).