Que las llamas acaben con todo

Ranas marrones, pringosas, asquerosas, del tamaño de una mano. Llenan la habitación. Mi tía, estéril, cuida hijos de otros. Su voz estridente es ahora apenas audible, muda para los niños. Mi tío duerme un sueño de misera en el suelo. Se incorpora cuando me ve llegar y luego vuelve de nuevo a cobijarse en el sueño. Duerme ajeno a las ranas, las mariposas llenas de pelo, las serpientes cimbreantes, el horror instalado en su hogar. Yo lo llevé allí. Yo lo instalé. Les preparé una habitación a los anfibios, los insectos, los reptiles.

Hay un libro prohibido. Mon lo tiene. Quiere leerlo, dice que quiere estudiarlo. ¿Por qué? Es un libro ilegal, te multarán si descubren que lo tienes, te harán algo peor. Te lo quitarán, te llevarán con ellos. No puedo permitirte que lo tengas, no puedo dejar que te expongas a ese riesgo.

Los bichos han desaparecido cuando llego a casa de mi tía. Los busco en la habitación donde los dejé. No los veo. No están. Mi tío sigue instalado en el suelo, tan frío. Mi tía aún está rodeada de hijos ajenos. Si los animales no están es que se han extendido, han volado, han creado a otros seres iguales a ellos que a su vez crearán a otros e inundarán con su presencia mis párpados, mis manos pegajosas, marrones, goteantes. Apretarán mi cuerpo. Lo ahogarán. Me volverán como ellos.

Alguien me dice que la policía está buscando el libro prohibido, que hará una redada casa por casa. Esta misma noche. Me acuerdo de Mon. Voy a mi casa corriendo. Él está allí: me dice que tiene el libro; indica que está en el piso de arriba. Es urgente, le digo angustiada. Es necesario quemarlo. Incendiar cualquier resto de él. Eliminar las pruebas de que un día estuvo en nuestras manos, de que pretendimos leerlo, de que empezamos a hacerlo. En ese momento miro a mi alrededor. En el suelo, pegado a la pared, hay cientos de montones de una pasta marrón, asquerosa, del tamaño de una ración de comida volcada en el suelo. Llena de pánico comprendo que las ranas, las serpientes han llegado a mi casa y han creado esa masa, esa especie de barro y que de ahí surgirán las nuevas generaciones de bichos. Alzo la vista y descubro que mi familia también está ahí. Veo a mi madre, que coge un puñado de masa y se la pone en la boca. La ingiere, dice que está rica. Me doy cuenta de que todos están haciendo lo mismo, incluido Mon. Todos comen con fruición ante mi mirada horrorizada. Mi madre trata de convencerme de que tengo que comerlo yo también. Asegura que cuando lo pruebe me fascinará. Yo la miro: mis grandes ojos clavándose en los suyos. Estoy paralizada, incapaz de decir, incapaz de hacer. Ella se acerca a mí y me pone un pegote de pasta en las manos, en los brazos. Yo grito. Grito. Grito. Me muero de miedo. De asco. De espanto.

Justo entonces me acuerdo del libro cuyas páginas habían sido prohibidas. Me acuerdo de la policía. El asco se mezcla con miedo. Me alejo de allí. Tengo las manos y los brazos pringados; subo las escaleras de mi casa. Voy corriendo. Los demás no advierten mi marcha, tampoco mi ausencia. Siguen comiendo con las manos. Aunque ya no estoy allí, los sigo viendo; los tengo en mis ojos, ya solo ven eso. Pero mis ojos ansían el fuego: que las llamas acaben con todo. Que rompan el caos, que maten mi angustia.

Guiso de patatas

He soñado que mi hermano tenía un hijo. Acababa de nacer; estaba en su cunita. Mi madre me encargaba que cuidara de él, al parecer, nadie más podía hacerlo. Yo le cogía, le acunaba, le proporcionaba todo tipo de cuidados amorosos. Después de un rato se me ocurría que debía de tener hambre y le daba para comer un guiso a base de patatas y carne con una cuchara. El bebé lo tragaba con gusto y yo estaba contenta de estar alimentándole, pero encontraba algo siniestro en ello que me desconcertaba y me desligaba del sentimiento de amor que había sentido momentos antes. 

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Habría olvidado el sueño si no hubiera sido por la foto del recién nacido que he visto esta mañana y en la que he reconocido a mi pequeño sobrino onírico. Un amigo acababa de tener a su primer hijo y lo presentaba en redes sociales.

Hijos de la costumbre

Mis padres mantuvieron la virginidad hasta el matrimonio. Se lo preguntó mi hermana mayor hace unas pocas semanas; yo no me hubiera atrevido. No hablo de esas cosas con mis padres. Es un tema que no se toca, que no se mira, que no existe en mi familia, esto es, en la parte de la familia que formo yo con mi relación con el resto de miembros. Mi hermana es más atrevida para esos temas, supongo. Quizás más libre.

Me llamó por teléfono para comentármelo y me sorprendió que lo hiciera, pero me pareció un tema interesante y agradecí la llamada. Me dijo que mis padres se habían sentido ofendidos ante la pregunta, que no podían creer que alguien dudara de su “pureza” prematrimonial. Se casaron con 23 y 24 años, mi madre y mi padre, respectivamente. Eran pequeños, muy jóvenes, en mi opinión; no obstante, llevaban saliendo juntos casi diez años. Crecieron juntos. Empezaron la adolescencia juntos. Descubrieron la sexualidad estando juntos.

Entiendo, por extensión, que ningún otro antepasado mío tuvo relaciones sexuales antes del matrimonio. Intuyo que todos mantuvieron la ortodoxia cristiana, las apariencias, la costumbre. ¡Qué extraña me resulta ahora esa situación! No la comparto, no soy de la opinión de ninguno de ellos, y sin embargo, no me es difícil entenderlos. Todos mis antepasados vivieron la mayor parte de su vida en el pueblo, sin salir de él, aislados, con escasas noticias de lo que ocurría en el resto de España. Era otro tiempo. Y ellos eran hijos obedientes de él. Yo también lo soy del mío, supongo, casi tanto como lo soy de mis padres.

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Deseos

¿Por qué esa imposibilidad, ese deseo de nada, esa afición a pasar el tiempo encerrada en un lugar sin puertas? Está oscuro dentro, la ventana es opaca. Un día es un día que nace, se desarrolla y pare un hijo justo antes de morir. Muchos hijos, muchos días. No quiero esos frutos si están apagados: hay otras vidas fuera, hay diferencia, hay movimiento, deseos de luz y abrazos fuertes en el corazón que perforan la mente.

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