De milagros improbables

Era improbable que yo llegase al mundo. Improbable la suma de improbabilidades que desencadenaron mi presencia actual en el mundo, en la vida.

Mi abuelo por parte de madre nació cuando sus padres ya eran mayores. No le esperaban, no le querían. Demasiado viejos para ser padres de nuevo. Ya tenían dos hijas; la mayor podría haber sido la madre de su hermano pequeño.

Mi abuelo por parte de padre tampoco fue deseado. El cuarto hijo cuando el tercero de ellos ya tenía más de diez años; los padres, casados jóvenes, más de cuarenta. Qué despropósito, que diría la gente de ellos.

La boda de mis abuelos maternos fue un arreglo. Se conocían desde pequeños, pero mi abuela nunca mostró interés en él. Conoció a otro chico, se enamoró, fueron novios, murió en la guerra. Mi abuelo era un chico tímido y no se atrevía a declararse. Intervino su hermana. Mis abuelos se estaban haciendo mayores, había que hacer algo. Hubo boda. Nació mi madre. Estuvo muy enferma nada más nacer. A punto de morir. A mi abuela se le agrió la leche en el pecho del susto, del miedo. Contrataron a un ama de leche. Mi madre sobrevivió chupando leche de otra teta.

La unión de mis abuelos paternos sí fue deseada, pero no así el nacimiento de mi padre. También vino cuando sus padres tenían más de cuarenta años, dos hijos vivos y otros tantos muertos; no deseaban ningún otro hijo. No querían exponerse de nuevo al agotamiento del embarazo, del parto, de la crianza. Al agotamiento de las enfermedades infantiles. Mi padre sufrió difteria. Fiebres altas, delirios, dificultad respiratoria. Tenía cinco años. Los médicos anunciaron a mis abuelos la muerte inevitable de mi padre. Pero no lo hizo. Siguió viviendo.

Siguió viviendo y conoció a mi madre cuando ambos tenían 13 o 14 años. Tuvieron a su primer hijo a los 24. Luego a su segundo y luego al tercero. Yo llegué en cuarto lugar. Mis padres rozaban de nuevo los cuarenta y no me esperaban. El descubrimiento de mi presencia, pequeña y tranquila en la tripa de mi madre, generó consternación y agobio en la familia.

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Pero llegué al mundo. Sobreviví a mi infancia. Logré pasar por la adolescencia sin hacerme mucho daño. Me instalé en la veintena. Ahí sigo viviendo.

No he sido madre. No lo considero, no lo deseo por ahora. Me pregunto si espero el momento más improbable posible para hacerlo y transmitir de ese modo a la siguiente generación el conjunto repetido de milagros, similitudes y equilibrios improbables que nos hicieron pertenecer a la vida y la belleza de llegar a vivirla, experimentarla, agarrarla; la belleza de llegar a ser vida.

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Cartas de amor antiguas

Cuando mi abuela murió, mi padre era joven. Unos 22, 23 años. No se había casado. Acababa de volver de la mili. En esa época, la mili duraba mucho, y además, mi padre eligió irse antes de tiempo. Era la mejor forma de garantizar que no te enviasen lejos. Empezó la mili en Getafe, luego le destinaron a Valladolid. Aún se conservan algunas cartas que le envió a mi madre, mientras ella esperaba en el pueblo su llegada. Hace mucho que no las leo, creo que la última vez que lo hice debía de tener 14 o 15 años. Me dio vergüenza hacerlo porque había algunas frases de amor, y el amor me repugnaba y avergonzaba en ese momento y porque estaban llenas de faltas de ortografía.

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Los dos son una muestra clara de la España negra, la de la posguerra, el hambre, el escaso valor dado a la educación. Fueron al colegio poco años, solo cuando no hacía falta ir al campo, solo cuando no tenían algo mejor que hacer, y aprendieron poco. Cantaban el cara al sol, preguntaban por la salud de Franco y cuando no se sabían la lección, les castigaban sujetando una moneda (una perra gorda) apoyada en la pared con la nariz o sosteniendo un montón de libros en cada mano, los brazos extendidos horizontalmente. Nunca dibujaron, nunca colorearon. Siempre me sorprendió que tuvieran tan pocas nociones de dibujo, que pintaran cuerpos cuadrados si les pedía que dibujaran una persona, que no tuvieran ni idea de cómo podía ser pintado un perro, que ni siquiera supieran el color a elegir para colorear una barra de pan. ¿El marrón?, decían. Siempre me sorprendió que sus habilidades artísticas se asemejasen a las de un niño.

Mis padres acaban de jubilarse. Hace tiempo descubrieron que les gusta leer. Lo hacen a menudo. De vez en cuando pintan cosas fáciles para sus nietos. Juegan con ellos. Perdieron las faltas de ortografía. Ya no se escriben cartas de amor.

También somos nuestros padres

Ayer empecé a leer a Joan Garriga, del que no conocía demasiado. Os dejo algunos extractos de su libro ¿Dónde están las monedas? Me parece de gran utilidad para estos días, en que las reuniones familiares pueden llegar a ser estresantes, aunque en realidad servirían para cualquier momento. Aprender a aceptar a nuestros padres y a valorar lo que han hecho por nosotros nos sirve para dejar atrás el resentimiento hacia ellos y ser así, un poco más libres, más felices quizá. Es verdad que no siempre lo han hecho demasiado bien, es cierto que se pueden haber equivocado en sus decisiones u acciones, pero eso también forma parte del aprendizaje del hijo; de lo que tiene que aprender a superar, a aceptar, a entender.

Algunos hijos piensan que tienen que querer a uno de sus padres, al que catalogan de bueno, y que deben despreciar al otro, al que tildan de malo. Es decir, escinden su corazón entre el bien y el mal y se ponen de juzgadores. La paradoja es que, habitualmente, luego busquen personas parecidas al progenitor rechazado o ellos mismos se le parezcan. La paz y la dicha en las familias viene cuando todos pueden tener un buen lugar y cuando cada uno puede tener el lugar que le corresponde, o sea, que los padres sean padres, los hijos, hijos, la pareja, pareja. La única medicina es la inclusión y la apertura del corazón, de manera que el pasado ya pueda quedar como pasado.
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Hay otra razón poderosa que puede empujarnos a iniciar la tarea de restaurar el amor hacia nuestros padres: sólo logramos amarnos a nosotros mismos cuando los amamos y honramos a ellos. En lo más profundo de cada uno de nosotros, por muy graves que sean las heridas, los hijos seguimos siendo leales a nuestros padres, e inevitablemente los tomamos como modelos y los interiorizamos. De algún modo conectamos con una fuerza que nos hace ser como ellos. Por eso, cuando somos capaces de amarlos, honrarlos, dignificarlos y respetarlos, podemos hacer lo mismo con nostros mismos y ser libres.
Joan Garriga

Father and son, la emotiva canción de Cat Stevens que ilustra tan bien este tema.