Déjame que te lea algo

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Cuéntame algo.

¿Por qué? No soy ningún cuentacuentos.

Bah, seguro que tienes algo interesante que te gustaría contarme.

Mmmm… pues pregúntame sobre algo, ¿no crees? Así quizá pueda contante algo interesante que quizá ni siquiera sé que conozco.

Muy bien, ¿podrías contarme algo?

¿De verdad esa es tu pregunta?

No se me ocurre ninguna otra. De todos modos, tampoco quiero condicionarte. Lo que me cuentes debe ser libre. Lo primero que venga a tu mente.

Ya. Entonces no seré yo quien te lo cuente. Déjame que te lea. Hay miles de historias dispuestas para ser descubiertas y narradas. Hay historias para todos los gustos y preferencias, historias de todos los lugares, de todos los mundos, de todas las procedencias sociales, todos los géneros, todos los caminos, todas las miradas. Déjame que te lea. Te prometo que no encontrarás nada más atrayente, nada más emocionante. Después podremos hablar. Nos contaremos nuestras mentes.

Katharine Whitehorn, Hyde Park, 1956. Bert Hardy.
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Suerte

Te llevo conociendo toda la vida. Toda mi vida. La tuya había empezado mucho antes; antes de la guerra; solías contar tu experiencia en ella: cómo habías llegado a Madrid, cómo habías ejercido de camillero y recogías cuerpos tirados, heridos o muertos; cómo llegaste a estar en un campo de refugiados en Francia. Costaba imaginarte de joven, un cuerpo atlético, delgado, alto, y una cabellera rubia, los ojos azules.

Te conocí cuando tus dedos ya se habían deformado, tu boca era el instrumento que utilizabas para respirar, y tu visión se debilitaba cada día. Contabas cientos de historias, anécdotas de tu vida, tan extensa, y las enmarcabas siempre dentro de fechas tan exactas que dejaban asombrados a quienes te escuchaban.

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Se me emborronan ahora todos esos datos en la cabeza, las explicaciones, los detalles, y duele porque ya no vas a volver a contármelo y porque sé que quizá no te presté la atención que merecías cuando sí podías. El corazón se me encoje. Tú no estás y tus historias se han perdido contigo. “Ya tienes tu casita y no vas a volver”, te dijo la abuela en referencia a la tumba en la que ahora vives, mueres.

Recuerdo tu mal humor. Tu mal genio. Lo enfadado que te ponías cuando te llevábamos la contraria o pensábamos de forma diferente a ti. Y sin embargo, ya no lo recuerdo con molestia, ya no me parece odioso, como antes; ahora entiendo que tus enfados eran de poca monta, y que en el fondo no eras sino una persona sensible, que en la vejez había aprendido a mostrar sus sentimientos. Llorabas por ofensas que habías cometido en el pasado y que no te perdonabas, aún cuando hubieran pasado más de 60 años desde aquel momento. Llorabas por las veces que te habían herido a ti. “Si yo los perdono”, decías con voz quebradiza, “pero no se me va de la cabeza”.

Ahora soy yo la que lloro, escribiéndote a ti, que ya no me leerás. Tú ya no piensas, no eres nada: como si nunca hubieras existido. De ti solo quedan prendas, objetos que recuerdan a ti, pero que no son tú, y cientos de recuerdos, que tampoco son tú. No nos volveremos a ver. Tú ya no estás; a mí aún me quedan días. Yo sigo aquí, en la tierra, en el universo, en la vida. Tú no eres nada.

Me viene a la mente una ocasión en que no nos íbamos a ver durante mucho tiempo y me dijiste que tuviera suerte. Gracias, te dije. Suerte en la vida, puntualizaste. Espero que tengas suerte en la vida. La suerte ha sido conocerte a ti, abuelo.