Yo: solamente he nacido

Altura y pelos, César Vallejo

¿Quién no tiene su vestido azul?
¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,
con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?
¡Yo que tan sólo he nacido!
¡Yo que tan sólo he nacido!
¿Quién no escribe una carta?
¿Quién no habla de un asunto muy importante,
muriendo de costumbre y llorando de oído?
¡Yo que solamente he nacido!
¡Yo que solamente he nacido!
¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?
¿Quién al gato no dice gato gato?
¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!
¡Ay! ¡yo que sólo he nacido solamente!

graffiti_tranvía_transporte

Me gustó este poema la primera que lo leí.

Me pareció tan real, tan abrumadoramente real.

¿Qué hemos hecho acaso en esta vida sino nacer -nacer: nuestro gran hito vital-?, pensé.

Vinimos al mundo y a partir de ahí fue llegando todo lo demás: una mascota, un coche, varios amigos, un vestido, un enfado, una sorpresa, un dolor, un mensaje de whatsapp, un llamada de teléfono. Cosas que nos envuelven en la capa del día a día y nos hacen sentir dentro de la espiral de la vida y la costumbre. ¿Pero qué culpa tenemos de ello? ¿Qué responsabilidad si en realidad lo único que hemos hecho ha sido nacer? ¿Quién no se toma a pecho la vida y todo lo que trae consigo, como si fuera algo que hubiéramos luchado por conseguir? ¿Pero quién es culpable de haber nacido? ¿Quién lo pidió?

Si no somos responsables de lo más importante, haber nacido, ¿cómo vamos a serlo del resto de situaciones? Pero lo cierto es que sí; sí que lo somos. Somos nuestros actos aunque seguimos estando tan desprotegidos como cuando nacimos, aunque seguimos siendo pequeños seres inocentes que no pidieron venir, que arrojaron sin quererlo hacia la vida.

¿No es eso abrumador?

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César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892- París, 1938) es considerado uno de los poetas en lengua hispana más importantes del siglo XX. Su poesía destaca por su sonoridad, su carácter innovador, y su lenguaje seco y desgarrador.

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Conduciendo en sueños

A menudo me veo conduciendo en sueños. De hecho, se podría decir que conduzco más en sueños que estando despierta; apenas cojo el coche, quizás tres, cuatro veces al año. En cambio, al menos una vez al mes conduzco mientras duermo; en estos casos, siempre hay algo que va mal, siempre estoy asustada y agarrotada.

La última vez, conducía un coche gigante en una ciudad desconocida. El coche era tan grande que si pisaba los pedales, no lograba ver la carretera y si me asomaba para ver la carretera, no llegaba a pisar los pedales. Era como si una niña de cinco años tuviera que conducir un coche por la ciudad; como si lo arrancaran y la pusieran a ella al mando, sin otra alternativa que conducir lo mejor posible para salir viva. Y así lo hacía: intentaba salvar las glorietas como podía e incluso me felicitaba por estar haciéndolo medianamente bien; no obstante el miedo, la sensación de que ese no era mi lugar, no se iba.

Fotografía antigua, mujer conduciendo un coche

En sueños no suelo llegar a mi destino. Siempre pasa algo antes que me asusta tanto que acabo despertándome. Una vez despierta, en la cama, me pregunto si lo que mi subconsciente exterioriza como el manejo de un coche, es en realidad mi vida: la forma en que la conduzco, la dirección que llevo. Parece sencilla la interpretación, pero no lo es tanto el resultado de la misma: ¿qué se supone que tengo que hacer para que mi subconsciente no se lleve esa impresión de mi forma de vida, para que no esté tan asustado, tan atemorizado? ¿Cómo me bajo de ese maldito coche en la parte consciente para que la subconsciente se quede tranquila? ¿Cómo hago para coger otro a mi medida? ¿De qué manera puedo disfrutar del viaje?