Experimentar el mundo a la hora del desayuno

mundo_estrellas_cielo_trampolinDescubrir el mundo, experimentarlo, tomarlo para desayunar introduciéndolo en el interior de la boca y dejando que la lengua y él jueguen un rato, y luego soltarlo de nuevo y saltar sobre él como si fuera una cama elástica. Y después lanzarse.

Un,

dos,

tres,

vacío.

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Cartas de amor antiguas

Cuando mi abuela murió, mi padre era joven. Unos 22, 23 años. No se había casado. Acababa de volver de la mili. En esa época, la mili duraba mucho, y además, mi padre eligió irse antes de tiempo. Era la mejor forma de garantizar que no te enviasen lejos. Empezó la mili en Getafe, luego le destinaron a Valladolid. Aún se conservan algunas cartas que le envió a mi madre, mientras ella esperaba en el pueblo su llegada. Hace mucho que no las leo, creo que la última vez que lo hice debía de tener 14 o 15 años. Me dio vergüenza hacerlo porque había algunas frases de amor, y el amor me repugnaba y avergonzaba en ese momento y porque estaban llenas de faltas de ortografía.

Cartas_amor

Los dos son una muestra clara de la España negra, la de la posguerra, el hambre, el escaso valor dado a la educación. Fueron al colegio poco años, solo cuando no hacía falta ir al campo, solo cuando no tenían algo mejor que hacer, y aprendieron poco. Cantaban el cara al sol, preguntaban por la salud de Franco y cuando no se sabían la lección, les castigaban sujetando una moneda (una perra gorda) apoyada en la pared con la nariz o sosteniendo un montón de libros en cada mano, los brazos extendidos horizontalmente. Nunca dibujaron, nunca colorearon. Siempre me sorprendió que tuvieran tan pocas nociones de dibujo, que pintaran cuerpos cuadrados si les pedía que dibujaran una persona, que no tuvieran ni idea de cómo podía ser pintado un perro, que ni siquiera supieran el color a elegir para colorear una barra de pan. ¿El marrón?, decían. Siempre me sorprendió que sus habilidades artísticas se asemejasen a las de un niño.

Mis padres acaban de jubilarse. Hace tiempo descubrieron que les gusta leer. Lo hacen a menudo. De vez en cuando pintan cosas fáciles para sus nietos. Juegan con ellos. Perdieron las faltas de ortografía. Ya no se escriben cartas de amor.

La niña que sigo siendo (I)

A veces descubro que sigo siendo la misma, que mi forma de ser no ha cambiado apenas desde que era una niña.

Sigo siendo un pequeño desorden diario. Aún ahora hay días en que no encuentro una bota y tengo que cambiar la ropa que tenía prevista porque ya no combina con el calzado que al final me pongo. Eso me recuerda tanto a mi infancia… Tengo grabada una escena de mi padre ayudándome a buscar un zapato antes de salir de casa. Teníamos mucha prisa, el zapato no aparecía y mi padre no paraba de regañarme, enfadado. Yo miraba una y otra vez debajo de la cama, llorando.Image

Me gusta que todo lo que hago tenga un propósito. Pocas veces dejo esta cuestión al azar. Soy muy controladora y exigente en ese aspecto y ya lo era de niña. Detestaba perder el tiempo, me encantaba que todo lo que hiciera sirviera para algo.

Me encanta jugar. De niña me entretenía con cualquier cosa. Recuerdo especialmente, porque mi hermana mayor se quedó asombrada cuando me vió, cómo solía jugar con mis lápices de colores. Me imaginaba que eran una familia que vivía en mi estuche. De vez en cuando les tocaba trabajar, esto es, pintar el papel, y ellos se resistían, porque el trabajo les consumía la vida, les hacía más pequeños, cada vez más cerca de su fin. Mis juegos actuales son diferentes, pero me siguen divirtiendo y entreteniendo. Me gusta, por ejemplo, gastarle bromas tontas a la gente y reírme de su reacción, me gusta echar agua en la tierra y mover la mezcla con un palito, me gusta jugar con mis sobrinos a juegos de casitas: hemos hecho una en la terraza, otra en el armario de mi habitación, una tercera, en el armario del salón de mi abuela.

Todavía me muerdo las uñas. Más que las uñas, los padrastros.