Déjame que te lea algo

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Cuéntame algo.

¿Por qué? No soy ningún cuentacuentos.

Bah, seguro que tienes algo interesante que te gustaría contarme.

Mmmm… pues pregúntame sobre algo, ¿no crees? Así quizá pueda contante algo interesante que quizá ni siquiera sé que conozco.

Muy bien, ¿podrías contarme algo?

¿De verdad esa es tu pregunta?

No se me ocurre ninguna otra. De todos modos, tampoco quiero condicionarte. Lo que me cuentes debe ser libre. Lo primero que venga a tu mente.

Ya. Entonces no seré yo quien te lo cuente. Déjame que te lea. Hay miles de historias dispuestas para ser descubiertas y narradas. Hay historias para todos los gustos y preferencias, historias de todos los lugares, de todos los mundos, de todas las procedencias sociales, todos los géneros, todos los caminos, todas las miradas. Déjame que te lea. Te prometo que no encontrarás nada más atrayente, nada más emocionante. Después podremos hablar. Nos contaremos nuestras mentes.

Katharine Whitehorn, Hyde Park, 1956. Bert Hardy.
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Cartas de amor antiguas

Cuando mi abuela murió, mi padre era joven. Unos 22, 23 años. No se había casado. Acababa de volver de la mili. En esa época, la mili duraba mucho, y además, mi padre eligió irse antes de tiempo. Era la mejor forma de garantizar que no te enviasen lejos. Empezó la mili en Getafe, luego le destinaron a Valladolid. Aún se conservan algunas cartas que le envió a mi madre, mientras ella esperaba en el pueblo su llegada. Hace mucho que no las leo, creo que la última vez que lo hice debía de tener 14 o 15 años. Me dio vergüenza hacerlo porque había algunas frases de amor, y el amor me repugnaba y avergonzaba en ese momento y porque estaban llenas de faltas de ortografía.

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Los dos son una muestra clara de la España negra, la de la posguerra, el hambre, el escaso valor dado a la educación. Fueron al colegio poco años, solo cuando no hacía falta ir al campo, solo cuando no tenían algo mejor que hacer, y aprendieron poco. Cantaban el cara al sol, preguntaban por la salud de Franco y cuando no se sabían la lección, les castigaban sujetando una moneda (una perra gorda) apoyada en la pared con la nariz o sosteniendo un montón de libros en cada mano, los brazos extendidos horizontalmente. Nunca dibujaron, nunca colorearon. Siempre me sorprendió que tuvieran tan pocas nociones de dibujo, que pintaran cuerpos cuadrados si les pedía que dibujaran una persona, que no tuvieran ni idea de cómo podía ser pintado un perro, que ni siquiera supieran el color a elegir para colorear una barra de pan. ¿El marrón?, decían. Siempre me sorprendió que sus habilidades artísticas se asemejasen a las de un niño.

Mis padres acaban de jubilarse. Hace tiempo descubrieron que les gusta leer. Lo hacen a menudo. De vez en cuando pintan cosas fáciles para sus nietos. Juegan con ellos. Perdieron las faltas de ortografía. Ya no se escriben cartas de amor.