Días de lluvia

Llueve. Oigo el sonido de las gotas al estamparse contra todas las superficies que encuentra en su camino: los tejados, el suelo, los coches, los paraguas. Es una lluvia fina pero constante, endeble y resistente al mismo tiempo.

rama-planta-lluvia-gotas

Me gustan los días que empiezan con lluvia y yo lo descubro desde la cama, en el estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Días en que no tengo ningún plan y me quedo tumbada escuchando el viaje de la lluvia hasta el suelo. Siento que de repente me lleno de paz, como si fuera un recipiente colocado en el exterior que se llena poco a poco de lluvia. Y es como si, según el agua fuera ocupando el espacio, yo me vaciara de todo lo demás, me vaciara de preocupaciones, me vaciara de planes, de pensamientos, de estrés.

En el sitio donde yo crecí, las mujeres ponían cubos y barreños en el patio los días de lluvia, que se llenaban lentamente de agua; una vez completos, se utilizaban para regar las plantas el resto de días. El sitio en que yo crecí es bastante seco. Son raros los días de lluvia, rara la lluvia persistente. Raro encontrar la belleza y la paz que ofrece el mundo antes de salir de la cama.

Anuncios

Nuestro cuerpo: el cuerpo de la Tierra

Por mucho tiempo éramos “yo” y mi cuerpo. “Yo” estaba formada de historias, de anhelos, de luchas, de deseos de futuro. Mi cuerpo, a menudo, se interponía en el camino.

En medio de mis viajes, cumplí 40 y comencé a odiar mi cuerpo, lo que era realmente un progreso, porque al menos mi cuerpo existía lo suficiente como para odiarlo.

Luego contraje cáncer. De pronto, mi cáncer era un cáncer  que estaba en todos lados, el cáncer de la crueldad, el cáncer de la codicia, el cáncer que se mete dentro de la gente que vive por las calles de las plantas químicas, y que normalmente son pobres; el cáncer dentro de los pulmones de los mineros de carbón; el cáncer del estrés por conseguir más y más, el cáncer del trauma enterrado.

 Sé que todo está conectado y la cicatriz que baja por mi torso es la marca del terremoto.

Antes del cáncer, el mundo era algo distinto. Era como si estuviese viviendo en una pileta estancada y el cáncer dinamitó la roca que me separaba del mar completo. Ahora estoy nadando. Ahora me acuesto en el césped, froto mi cuerpo en él y disfruto el barro entre mis piernas y pies. Ahora hago un peregrinaje diario para visitar un sauce llorón a las orillas del Sena, y estoy hambrienta de campos verdes en los matorrales en las afueras de Bukavu y cuando caen lluvias fuertes, grito y corro en círculos.

Eve Ensler

Dramaturga, feminista y activista social estadounidense, autora de la obra de teatro “Los monólogos de la vagina”.

______________________

No solo es Madrid, París, ese pueblo de la costa o del interior, no solo es Europa o América: no sólo es la Tierra. Es también nuestro cuerpo. Ésa es nuestra principal morada. Nuestro refugio, nuestro espacio único y personal. Nuestra hueco.

Nuestra vida.

Todo interconectado. Todo completo.

El sueño que teje mi mente

Estoy tumbada en la cama. Me dejo llenar de sueño como si fuera una esponja puesta en remojo. Disfruto de esa etapa intermedia entre estar despierta y dormida. Me vienen palabras sueltas e inconexas que mi mente amarra y anuda para llevarse consigo a la fase del sueño. Es el desenlace que esperaba. El sol, el agua, quizá unas lágrimas de esas que vienen por cualquier motivo, quizá unas risas a carcajada limpia, algunas preocupaciones, ganas de continuar como se está y dejar las buenas intenciones en un saco polvoriento, abandonado en un desván. Cuando llueva, volveré sobre mis pasos y me conformaré con la melodía de la lluvia cayendo sobre el asfalto. Mientras tanto, continúo el sueño. No quiero comerme las uñas.

Amor en lo alto

El amor se me presenta a menudo unido a las ganas de llorar. Como una flor llena de lluvia que se abre al sol, desbordándose. Como lluvia sobre el tejado y el sol más arriba, en lo alto. El amor me enreda las emociones. Con todo lo que ello implica.

No era yo la que miraba la lluvia

Hoy es un día para The Doors y ‘Riders on the storm’. Hoy, porque. literalmente, he cabalgado en la tormenta. La he sentido en mi cara, en mi ropa, en mi cuerpo; me ha empapado; no llevaba paraguas. Andaba por la calle intentando cobijarme en los aleros de los edificios mientras contemplaba la calle alrededor: se veía difusa, borrosa, agitada. Por un momento me ha embargado una sensación rara, una especie de otredad, como si yo no fuera yo, sino otra persona anterior observado en calma las gotas de lluvia estrellarse alocadamente contra el suelo. Las nubes descargaban lluvia y yo miraba los árboles sacudidos por el viento, y sin embargo, no era yo. Había dejado de serlo. Me estaba empapando, notaba las gotas salpicándome la cara, deslizándose por mi pelo, sentía el frío y el viento, y aún así no era yo, sino una de las miles de personas que antes que yo contemplaron la lluvia al caer. Que quizá cabalgaron en la tormenta.

 

Ya llega el sol

Hacía frío y lluvia y viento; eran días desagradables; bonitos de contemplar pero solo desde dentro, dentro del calor, detrás de una ventana. Y sin embargo, ayer llegó de pronto el sol. Llegó anunciando una primavera anticipada, como si de repente ya fuera abril. Estos días además amanece antes y se hace de noche más tarde.

Me gustan las sensaciones que me provoca la idea de que se acerca el verano, me recuerda a cuando era una niña, me hace ponerme de buen humor, me da ganas de hacer cosas, ganas de salir, ganas de tumbarme en la hierba y mirar el cielo azul, claro, sin nubes.

Por fin ha llegado el sol.

¿Dónde va la niñez?

Hoy: jueves seis de febrero de dos mil catorce. Un día frío, ventoso, agrisado. Hoy la lluvia me ha mojado la cara y ese hecho me ha recordado a mi niñez… He recordado la vez en que una amiga de clase me dijo que si te caía una gota de lluvia en la nariz significaba que iba a llover mucho y que tenías que empezar a correr para guarecerte. Recuerdo que era por la tarde y volvíamos juntas del cole. Debíamos de tener unos siete años. Al llegar al punto donde nos teníamos que separar para seguir cada una su camino a casa, nos sentamos en un bordillo cercano y empezamos a jugar y a hablar. Siempre lo hacíamos. Ese día, no obstante, hacía frío y viento; un poco después de sentarnos empezaron a caer gotas indecisas, pequeñas, tímidas. Le dije que debíamos volver a casa antes de que empezara a llover más. Ella me miró intrigada y me preguntó: ¿Es que te ha caído alguna gota en la nariz? Yo le dije que no. Ah, a mí tampoco, contestó. Entonces no hace falta que volvamos todavía. Si no nos cae una gota en la nariz es que no va a llover mucho hoy.

No recuerdo cuánto nos quedamos ahí paradas, jugando, sin sentir el frío aunque atentas a la lluvia que cesó poco después, pero sí que cuando por fin decidimos volver a casa hice el camino corriendo. Estaba deseosa de llegar y de contarles a todos mi descubrimiento. Tampoco recuerdo si alguien me prestó atención cuando lo conté, ni siquiera si acaso llegué a contarlo, pero sé que durante mucho tiempo creí que era cierto. Tan cierto como que aquel día había llovido o que mi amiga se llamaba Macarena.

Macarena. Hace mucho que no sé ya de ella. Cuando me contó la historia de la lluvia era mi mejor amiga; luego poco a poco dejó de serlo. Yo empecé a irme por otro camino más corto a casa y acompañada por otras compañeras. Después del cole y del instituto perdimos poco a poco el contacto. Sin embargo, en días de lluvia como el de hoy me sigo acordando de ella. Y me resulta extraño. Aunque lo cierto es que durante un tiempo, que creí infinito, la consideré mi mejor amiga.Imagen