Cada comienzo de mañana

Madrugar, empezar el día. Dejar que los sueños se diluyan en la claridad del día y se pierdan como gotas de lluvia un día de verano. El verano, el verano quedó atrás también; ya solo podemos aspirar a pseudoveranos, veranillos, versiones diminutas del gran verano, el mayor representante del buen tiempo, del calor, del tiempo libre, la diversión.

No me gusta el invierno. Odio el frío. Los días cortos. Las nubes oscureciendo el cielo, las lluvias, la niebla.

No me gusta tener que madrugar. Detesto el sonido taladrante del despertador sacándome de un tirón del sueño.

Mi cuerpo se pone en pie cual autómata y comienza las labores del día, se despereza, prepara la ropa, se lava la cara, se peina, se cepilla los dientes, se viste, recoge el taper antes de salir por la puerta, camina hacia el metro, procura sentarse en el vagón, mira la hora. El orden de las acciones suele ser siempre el mencionado y si no, muy parecido; es el pensamiento el que propicia los cambios y por la mañana no se ha despertado aún el pensamiento. Ni la mente. Ella no suele aparecer hasta bien empezado el día. Por la mañana está demasiado cabreada para mostrarse: se siente estafada, engañada, se levanta siempre depresiva. Mejor no molestarla. Mejor no hacerla pensar: dejar que el silencio cubra el espacio, que la rutina dicte los pasos, que el cuerpo obedezca sin torpezas.

¿Cómo despertarse de buen humor cuando nada de lo que ve le agrada a la mente?

Muchas veces me digo que el tiempo pasa y yo aún no he encontrado la manera de utilizarlo de forma que mi mente no sienta amargura cada comienzo de día.

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Lo que nos define

Hoy ha sido un finde de esos en que me despierto temprano, voy al baño, me vuelvo a meter en la cama e intento quedarme dormida de nuevo, sin éxito. Empiezo a pensar y a pensar hasta que al final admito que ya no voy a dormir más por hoy y decido levantarme. Eran las siete cuando me he despertado hoy. Pensaba pensamientos revueltos que se enlazaban unos con otros como eslabones de una cadena, como una enredadera sin fin. Uno de ellos me ha llevado a Lizzie Velasquez, la que fue denominada “la mujer más fea del mundo” y cuyo video vi ayer.

 

Más allá de su mensaje optimista, de su valentía y su fortaleza, esta mañana he reflexionado sobre su frase “¿Qué nos define?”, ¿qué nos hace ser la persona que somos? No es nuestro físico, ciertamente. Mi cuerpo, mi aspecto ha cambiado desde que era un bebé y seguirá cambiando hasta ser totalmente diferente a como es ahora y aún así me seguiré identificando con él. Tampoco soy lo que tengo, ni lo que he logrado. ¿Es mi personalidad? Mi forma de ser también es diferente, no obstante. Mis pensamientos, mis emociones cambian. Lo pienso y me parece que no hay tantas cosas que se hayan mantenido estables a lo largo del tiempo en mi vida. Y aunque sí se hayan mantenido, si de repente cambiaran, yo seguiría siendo yo. ¿Entonces quién soy? ¿Cuál es nuestra esencia? ¿Será simplemente ese yo que hay dentro? ¿Esa voz que nos llama “yo”?

En ‘La insoportable levedad del ser’ de Milan Kundera, Teresa se plantea esta misma cuestión. Mirándose al espejo, se pregunta si seguiría siendo ella misma si su nariz empezase a crecer cada día hasta que su rostro resultase irreconocible para ella misma. La respuesta es que sí, que lo seguiría siendo. Seguiría siendo Teresa aunque su cuerpo cambiase y ya no se reconociera en él y cuando se mirase al espejo sería la misma Teresa, pero aturdida ante los cambios. Entonces, ¿qué es el cuerpo?, se preguntaba a continuación. “¿Qué relación hay entre Teresa y su cuerpo? ¿Tiene su cuerpo algún derecho al nombre de Teresa? Y si no tiene derecho, ¿a qué se refiere el nombre?”

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Realmente, hoy no tengo respuesta a la pregunta de la bella Lizzie. No sé qué es ser uno mismo. Ni qué o quién soy yo.