Gracias, día

Otro domingo más: remolonear en la cama, refugiarme del frío de fuera debajo de las sábanas y el edredón, sentir el calor y la comodidad, un poco de paz, otro poco de alegría, una dulce pereza. Levantarme tarde y pensar sin agobios en las cosas por hacer, pensar que tengo ganas de abordarlas. Muchas veces mi alegría depende de cómo he dormido y de cómo es el día. Hoy: frío pero soleado; he dormido bien. Tengo ganas de ir al parque, ganas de besar, de comer, de sentir, un día con ganas de vivir mi vida sin ponerle, ponerme pegas.

Ayer leí las dedicatorias de la carátula de un disco de escasa difusión que fue lanzado este año. Me sorprendieron las de la cantante; en realidad, eran una lista de agradecimientos: a sus padres, sus hermanos, su abuelita, sus amigos; pero también a su propio corazón, que la había guiado por el camino correcto, y el universo, que siempre la escuchaba y respondía con su sabiduría infinita. Me sorprendieron por su belleza y por su sencillez, por el amor y contento con la vida que transmitía. Yo también tengo muchos motivos para estar contenta, muchos motivos para estar agradecida, pero a menudo se me olvidan en el día a día. A veces, más que pensar que el universo, mi corazón o los demás están ahí para apoyarme, escucharme y atenderme, me imagino todo lo contrario: que todo está en mi contra, que nada va cómo yo quiero, que me equivoco tomando decisiones y acabo yendo por el camino erróneo. A veces tengo demasiado miedo para dejarme llevar.

Pero yo sigo aprendiendo. En realidad toda la vida es un aprendizaje. Puedo aprender algo nuevo cada día y también puedo ponerlo en práctica. Hoy va a ser un día para empezar a agradecer. Hoy, al menos. Para que cuando vuelva el resentimiento o la culpa, sé que lo hará, me acuerde de este día, de ese disco y de lo que pensé después. Quizá así pueda mitigarla: quizá pueda volver a empezar un día como el de hoy.

gracias

universo

 

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Suerte

Te llevo conociendo toda la vida. Toda mi vida. La tuya había empezado mucho antes; antes de la guerra; solías contar tu experiencia en ella: cómo habías llegado a Madrid, cómo habías ejercido de camillero y recogías cuerpos tirados, heridos o muertos; cómo llegaste a estar en un campo de refugiados en Francia. Costaba imaginarte de joven, un cuerpo atlético, delgado, alto, y una cabellera rubia, los ojos azules.

Te conocí cuando tus dedos ya se habían deformado, tu boca era el instrumento que utilizabas para respirar, y tu visión se debilitaba cada día. Contabas cientos de historias, anécdotas de tu vida, tan extensa, y las enmarcabas siempre dentro de fechas tan exactas que dejaban asombrados a quienes te escuchaban.

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Se me emborronan ahora todos esos datos en la cabeza, las explicaciones, los detalles, y duele porque ya no vas a volver a contármelo y porque sé que quizá no te presté la atención que merecías cuando sí podías. El corazón se me encoje. Tú no estás y tus historias se han perdido contigo. “Ya tienes tu casita y no vas a volver”, te dijo la abuela en referencia a la tumba en la que ahora vives, mueres.

Recuerdo tu mal humor. Tu mal genio. Lo enfadado que te ponías cuando te llevábamos la contraria o pensábamos de forma diferente a ti. Y sin embargo, ya no lo recuerdo con molestia, ya no me parece odioso, como antes; ahora entiendo que tus enfados eran de poca monta, y que en el fondo no eras sino una persona sensible, que en la vejez había aprendido a mostrar sus sentimientos. Llorabas por ofensas que habías cometido en el pasado y que no te perdonabas, aún cuando hubieran pasado más de 60 años desde aquel momento. Llorabas por las veces que te habían herido a ti. “Si yo los perdono”, decías con voz quebradiza, “pero no se me va de la cabeza”.

Ahora soy yo la que lloro, escribiéndote a ti, que ya no me leerás. Tú ya no piensas, no eres nada: como si nunca hubieras existido. De ti solo quedan prendas, objetos que recuerdan a ti, pero que no son tú, y cientos de recuerdos, que tampoco son tú. No nos volveremos a ver. Tú ya no estás; a mí aún me quedan días. Yo sigo aquí, en la tierra, en el universo, en la vida. Tú no eres nada.

Me viene a la mente una ocasión en que no nos íbamos a ver durante mucho tiempo y me dijiste que tuviera suerte. Gracias, te dije. Suerte en la vida, puntualizaste. Espero que tengas suerte en la vida. La suerte ha sido conocerte a ti, abuelo.