Mi yo grande

Cuando era pequeña, me gustaba despertarme pronto, ver empezar el día y luego volverme a dormir. Sentir el frío de la mañana y volver al calor de la cama. Era un infinito placer dejarse invadir por la pereza y la somnolencia aquellos días en que me había despertado temprano, había disfrutado un rato de la mañana y aún era pronto cuando decidía volver a la cama.

Sigo siendo la misma niña que entonces, la niña que veo en mis recuerdos. No es que no haya crecido, no es que no haya madurado ni que me sigan gustando las mismas cosas que durante mi niñez, aunque aún conservo muchas costumbres, gustos, ideas, percepciones. He cambiado. Sin embargo, mi yo, mi persona sigue siendo la misma, tenga 5 o 20 años, 10 o 70 (si alguna vez llego a tener esa edad); sigue siendo mía aquella alegría infantil, aquella felicidad de los días de verano sin colegio, aquellos sueños tranquilos, aquellos juegos, siguen siendo míos los días creados en el pasado y los días que crearé en el futuro… Sigue siendo mía mi persona, mi barro, cada uno de mis recuerdos, todos mis pensamientos.

Algo dentro de mí siempre ha permanecido: sentado en un banco, tranquilo, impasible a la huída y al reemplazo de todo lo demás. Algo dentro de mis hombros, mi nuca, mis mejillas, mi lenguaje, mi paladar, mis párpados.

Mis párpados grandes como mis ojos. Como mi yo niña, mi yo adulta. Grandes como mi yo grande.

Anuncios

Cada comienzo de mañana

Madrugar, empezar el día. Dejar que los sueños se diluyan en la claridad del día y se pierdan como gotas de lluvia un día de verano. El verano, el verano quedó atrás también; ya solo podemos aspirar a pseudoveranos, veranillos, versiones diminutas del gran verano, el mayor representante del buen tiempo, del calor, del tiempo libre, la diversión.

No me gusta el invierno. Odio el frío. Los días cortos. Las nubes oscureciendo el cielo, las lluvias, la niebla.

No me gusta tener que madrugar. Detesto el sonido taladrante del despertador sacándome de un tirón del sueño.

Mi cuerpo se pone en pie cual autómata y comienza las labores del día, se despereza, prepara la ropa, se lava la cara, se peina, se cepilla los dientes, se viste, recoge el taper antes de salir por la puerta, camina hacia el metro, procura sentarse en el vagón, mira la hora. El orden de las acciones suele ser siempre el mencionado y si no, muy parecido; es el pensamiento el que propicia los cambios y por la mañana no se ha despertado aún el pensamiento. Ni la mente. Ella no suele aparecer hasta bien empezado el día. Por la mañana está demasiado cabreada para mostrarse: se siente estafada, engañada, se levanta siempre depresiva. Mejor no molestarla. Mejor no hacerla pensar: dejar que el silencio cubra el espacio, que la rutina dicte los pasos, que el cuerpo obedezca sin torpezas.

¿Cómo despertarse de buen humor cuando nada de lo que ve le agrada a la mente?

Muchas veces me digo que el tiempo pasa y yo aún no he encontrado la manera de utilizarlo de forma que mi mente no sienta amargura cada comienzo de día.

Los besos de la Luna

He dormido hasta saciarme de sueño y aún así he dormido menos que los demás. Me he despertado despejada, como tras horas largas de descanso. Al otro lado de la ventana, en la calle, en el aire, en el cielo los pájaros pían. Los oigo llevar a cabo sus rutinas matinales mientras yo misma realizo las mías: me lleno de aire los pulmones, me estiro, bostezo, pienso los pensamientos de todos los días, hago planes, deshago planes, aguardo, empiezo, borro. Siento el calor sobre mi piel: se calienta, se pone pegajosa. Es verano. Empieza el día.

La luna, la super luna, se acercó anoche a la Tierra y nos besó en la cara. Se fue un poco más tarde, mientras yo dormía. Aunque me he despertado pronto, ya no estaba. Las primeras luces del día le recordaron que debía volver y se marchó en silencio, sigilosa.

Big_moon

Espirales de colores

Cuesta digerir las mañanas. Como si se atragantasen en la piel y te pisasen el pelo, el corazón, el estómago. A veces por las mañanas todo es nuevo y fresco. Otras veces, en cambio, las mañanas son un reflejo de todos los miedos, puestos delante de ti, abochornándote, boicoteándote.

¿Es la tripa o el estómago?

Es la duda. ¿Es acaso la duda una forma de miedo? En mi mente, la duda alimenta una espiral de espejos, de cielos, de sueños.