Las manos de las brujas

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Murieron quemadas durante años en hogueras instaladas en plazas y otros sitios públicos. Uno de los cargos de los que se les acusaban era el de poder curar imponiendo las manos. Sus manos calientes que transportaban vida y salud fueron declaradas culpables; debían morir abrasadas para expiar su pecado. La técnica había sido aplicada durante siglos por múltiples civilizaciones, pero poco importaba. No se enseñaba en las iglesias, no se podía palpar; bien podría ser obra del diablo.

Ardieron las mujeres que lo desarrollaban, pero su actividad no terminó del todo en cenizas. Renació con fuerza en Japón bajo el nombre de reiki y consiguió extenderse por otros países. Hoy la Organización Mundial de la Salud lo reconoce como terapia complementaria en el tratamiento de enfermedades y se aplica en hospitales.

Se supone que con la práctica del reiki la energía fluye hacia el destinatario, calmándole y haciéndole sentir paz y bienestar. Apaciguándole. Sanándole, quizá. Pero la energía circula en cualquier caso. En una caricia, en un apretón o un choque de manos. Es solo cuestión de observar. Algunos pueden ver pura vida o al mismo dios, del mismo modo que otros encontraban al diablo en la misma situación.

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Y pensar que es hermoso

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Quiero vivir antes de estar muerta.
Quiero sentir que estoy conmigo. Notar que me tengo al lado.
Quiero hacer explotar mis sentidos. Que mi corazón vuele lejos y mis manos no le retengan.
Quiero escuchar el sonido de la calle y pensar que es hermoso.
Y empezar sin tener miedo a empezar, y empezar porque sí.
Y respirar y vaciarme de mí en cada exhalación y recuperarme diferente cada vez que inspiro.
Quiero estar fuerte y vivir mis propias ideas, mis propios pasos, mis propios latidos.
Quiero romper y romper y traspasar mis fronteras y perderme y errar y tener razón mientras me equivoco.
Quiero despertar todas mis energías.
Y salir a la calle. Y palpar el cielo. Y encontrarme con la gente.
Y descubrir que es hermoso.

Nos ayudaremos de las manos

No hay nada cuando no hay nada. Una fila de coches. El cielo, en lo alto de la mirada, es azul o gris o de otro color. Del color del cielo cuando es el cielo. Sobre mi pecho, pequeño, se ha posado una mano. No la aparto; está ahí. Quieta, en silencio. ¿Vienes a ayudar? No lo sé. ¿A qué vienen las manos? A veces ayudan, pero también dañan. Me gustaría saber algo más sobre ti misma, sobre ti y sobre mí, y así poder ayudarte, ayudarme mejor. Las palabras se me escapan sin ser dichas; van del cielo al suelo y se deslizan por mí; las siento caminar por mi piel, mi ombligo, por mis brazos. Luego, huyen. Se escapan. No es mi culpa entonces si no digo te quiero o amor mío. Son las palabras, las dichosas palabras que se me vuelan, que se me escurren como lluvia. ¿Aún así podrás ayudarme? ¿Podrás salvarme? No lo sé. Depende del cielo, y de la lluvia que cae de él, pero ¿a qué viene? No tienen sentido esos gritos en el pecho, esos llantos y tormentas. El cielo sigue gris. Pero también azul. La fila de coches sigue ahí, ensimismada, sin querer salir de sí misma. Un día tú también volarás: volaremos. Las palabras, las palabras estarán con nosotros. Nos ayudaremos de las manos.

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