Tu extensa mirada

Tus ojos, grandes, extensos, oscuros; los absorbo como espaguetis y me pringo los labios con ellos y cuando termino de comerlos estoy saciada y feliz y puedo volver a mirarlos y a succionarlos para sentir de nuevo los suaves movimientos de los peces y de las olas y dejarme acariciar por los aleteos de los pájaros que guardas en tu mirada.

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Mi hoguera se esconde

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Abro la jaula. Anochece. El mar va y viene con su cadencia regular, infinita, a bañarme los pies, a curar mis pequeñas heridas con su agua salada. Abro de golpe los ojos y observo la hoguera. Contemplo su huida: se refugia tras las montañas.

Un rato después el salón está atestado, más tarde, no queda nadie. No hay explicación posible. La gente ha elegido el olvido. La primavera come sopa de pollo con hielo picado. El olor del asfalto debilita los labios.

Ahora ya: es noche cerrada. Ya no veo el fuego, no queda rastro de su fulgor. Cierro la jaula e imagino un escondite seco. Si me oculto, estaré más cerca de las llamas, compartiremos la intriga, la sensación de ser buscado; quizá así pueda sentir algo de su calor. La gente no ha vuelto. Aprieto una guirnalda. Introduzco en ella la jaula. Aspirando su aroma llegaré a ser estrella.

Desbordamientos de agua

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He vuelto a soñar con agua, con agua desbordada. En el primer sueño, de hace apenas un par de días, conducía una especie de barco/lancha a motor por una calle que estaba inundada de agua, como un río revuelto, enfadado. Agarraba el volante con fuerza y sobrepasaba cascadas, olas grandes, salpicaduras. Mi estómago se hacía una bola y sentía un ligero mareo, como cuando, dentro de un coche, se sube una pequeña cuesta que luego se desciende con rapidez. No obstante, seguía conduciendo, aunque con miedo, asustada; en una ocasión me miraba las manos y comprobaba que, efectivamente, era yo quien dirigía el barco, quién estaba al mando.

Esta noche he soñado que iba de excursión a un pueblo del País Vasco. Por circunstancias que no recuerdo, me quedaba sola, sin mis acompañantes, que se iban por otro lado. Yo miraba hacia una calle e intentaba abordarla pero estaba inundada, otra vez una calle anegada; era como si el mar hubiera entrado a la tierra para apoderarse de ella. Y me esforzaba por entrar, y el mar se esforzaba por echarme de allí. Era imposible caminar contracorriente; el agua era más fuerte que yo. Al final desistía y decidía irme por otro camino, que aunque también mojado por la corriente, era más inofensivo: transitable. Caminaba por él mojada, agotada y me sorprendía que junto a mí fuesen tantos turistas, tanta gente; la calle anterior estaba completamente desierta.