Dueños del mundo

Nacimos en un mundo creado, diseñado, forjado, construido por los miles y millones de generaciones anteriores que habían pasado por el. Nosotros empezamos de cero, pero el mundo seguía: no era nuevo; hacía mucho que no lo era. Es como si hubiéramos nacido de unos padres viejos que ya hubieran criado a muchos otros hijos antes y que, no obstante, seguirían viviendo aún después de haber muerto nosotros: viviendo y trayendo nuevos retoños al mundo, nuevas generaciones, nuevos ciclos de vida, muerte, vida.

El mundo al que llegamos tenía ya establecidas sus ideas, conceptos, preferencias, su bien, su mal, sus caminos, sus métodos. La gente a nuestro alrededor y los medios de comunicación se esforzaron por que nos adaptáramos a él, por amaestrarnos conforme a los criterios de la sociedad, se esforzaron por que nos lo creyéramos. Nosotros mismos también trabajamos por adecuarnos al ambiente y confundirnos con él. A veces nos adaptamos tan bien que terminamos creyéndonos tanto lo que se nos enseña que somos capaces de odiar, de matar por ello. Nos identificamos con un equipo de fútbol, un partido político, un país, un barrio, un estilo y odiamos y adoramos en consecuencia a las personas que pululan en torno a esos conceptos. Compramos cosas que no necesitamos, perdemos nuestros ahorros  y nuestra autoestima y nuestro propio valor en el camino, y apoyamos marcas, modas o cadenas de televisión como si fueran dioses, los únicos dioses.

Nos olvidamos de que vinimos al mundo desnudos, sin ningún concepto ni prejuicio, limpios. Nos olvidamos de que como seres humanos somos capaces de crear, de inventar, de dudar, sobre todo de dudar. Capaces de no dar nada por sentado, de no dar algo por válido por el simple hecho de que haya permanecido de ese modo en la humanidad durante mucho tiempo o durante tan poco que sea considerado una moda, el último grito. No creernos nada hasta que no haya sido pensado por nosotros mismos. Cada persona tiene su propia visión y su derecho a construir su mundo a su manera.

Creo que hasta que no caminemos sobre nuestros propios zapatos, no aquellos creados por generaciones anteriores, ni aquellos pensados por la generación actual para nosotros no seremos dueños del mundo, de nuestro propio mundo.

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Matar al gato

Llegaba a casa tarde. En ella había un gato y un perro. Ninguno de los dos era mío. Durante mi ausencia, larga, habían ocupado mi casa como si fueran dos ratones, dos insectos gigantes, dos culebras: había que matarlos. Me preguntaba cómo podía hacerlo. El gato era largo y delgado, como una especie de guepardo en miniatura; el perro de raza pequeña, parecía inocente. Sentía miedo y desazón, pero aún así cogía un cuchillo grande. Lo principal era eliminar al gato, el perro podía esperar. Abría la puerta trasera de mi casa y dejaba salir al perro, que se perdía junto a otros perros de vecinos. Luego me sentaba en el sofá. Seguía teniendo el cuchillo en la mano. Imaginaba la sangría que armaría: sangre por el sofá, por el suelo. Daba miedo pensarlo y me asustaba, pero era necesario hacerlo. Estaba decidida. Miraba hacia donde estaba el gato y descubría que se había habituado a la vida en mi casa. Había puesto una olla en el fuego a la que le había puesto algo de carne y sal y le veía remover con una cuchara de palo para mezclar todos los productos añadidos.