Lo más importante de una vida

He estado ausente una temporada larga: mi última entrada es de hace algo más de un mes. Durante todo este tiempo he estado bastante ocupada con los preparativos de la boda de mi hermana, que se casó el sábado pasado. Tantos y tantos preparativos, tantos elementos a cuidar y tener en cuenta, tanto por hacer, tanto por comprar, tanto por evitar, tanto por atender. Todos teníamos ganas de que llegara el día, pero también de que pasara. De que pasara y pudiéramos volver a la normalidad, a la tonta y aburrida y de vez en cuando añorada rutina.

Las bodas son eso: toda la tradición y toda la ranciedad concentrada en un día. Está presente en los disfraces que no se volverán a usar, en el viejo protocolo, en el derroche de dinero, en la importancia desmedida que se le concede, un asunto vital, lo más relevante que le puede pasar a una persona en su vida.

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Hijos de la costumbre

Mis padres mantuvieron la virginidad hasta el matrimonio. Se lo preguntó mi hermana mayor hace unas pocas semanas; yo no me hubiera atrevido. No hablo de esas cosas con mis padres. Es un tema que no se toca, que no se mira, que no existe en mi familia, esto es, en la parte de la familia que formo yo con mi relación con el resto de miembros. Mi hermana es más atrevida para esos temas, supongo. Quizás más libre.

Me llamó por teléfono para comentármelo y me sorprendió que lo hiciera, pero me pareció un tema interesante y agradecí la llamada. Me dijo que mis padres se habían sentido ofendidos ante la pregunta, que no podían creer que alguien dudara de su “pureza” prematrimonial. Se casaron con 23 y 24 años, mi madre y mi padre, respectivamente. Eran pequeños, muy jóvenes, en mi opinión; no obstante, llevaban saliendo juntos casi diez años. Crecieron juntos. Empezaron la adolescencia juntos. Descubrieron la sexualidad estando juntos.

Entiendo, por extensión, que ningún otro antepasado mío tuvo relaciones sexuales antes del matrimonio. Intuyo que todos mantuvieron la ortodoxia cristiana, las apariencias, la costumbre. ¡Qué extraña me resulta ahora esa situación! No la comparto, no soy de la opinión de ninguno de ellos, y sin embargo, no me es difícil entenderlos. Todos mis antepasados vivieron la mayor parte de su vida en el pueblo, sin salir de él, aislados, con escasas noticias de lo que ocurría en el resto de España. Era otro tiempo. Y ellos eran hijos obedientes de él. Yo también lo soy del mío, supongo, casi tanto como lo soy de mis padres.

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