Los sentimientos altos

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Tus neuronas están en baja forma y eso te hace sentir desconfianza hacia el mundo, incluido por supuesto tú mismo/a.

Necesitarías estabilizar el nivel de líquido cefalorraquídeo para conseguir no dejarte llevar por las fantasías que acostumbras representar en tu mente.

Si aumentamos el número de astrocitos que acompañan a tus neuronas te sentirías capaz de hacer aquello que ahora piensas que no puedes, incrementándose además tu inteligencia y sensatez. 

¿Por qué en el médico pueden decirte que tienes el hierro y las defensas bajas, el riñón en mal estado o los trigliceridos altos, pero nada mencionan sobre las características y nivel de los componentes de tu mente que te llevan a tener unos y otros pensamientos y unos u otros sentimientos? ¿Por qué no? ¿No somos acaso también aquello que tiene lugar en el cerebro? ¿No es una parte más de nuestro cuerpo, igual que el hígado, el intestino, la sangre o la piel? ¿Es acaso quizá porque se sobrentiende que lo que ocurre en el cerebro es más uno mismo que lo que tiene lugar en otra parte? Pero, ¿es eso verdad?

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Somos lo que no pasa

Nunca oímos sobre las veces que no pasa. Sería una historia aburrida y larga. Trescientos millones de personas no han sido heridas hoy. Doscientos millones no cambiaron su rutina el día de ayer. Lo inusual hace las noticias. Lo usual nuestra vida diaria.

¿Por qué me engaña el cerebro?

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Soy de extremos y me lo creo. A veces arriba, arriba en lo alto, en esa montaña, casi en la nube, no me verás; otras veces abajo, más abajo, tan abajo que me alimento de insectos, mi piel se vuelve blanquecina y me hace daño la luz en los ojos.

Podría hacer un gráfico picudo y anguloso que reflejase las subidas y las caídas de mis emociones y sentimientos, pero no siempre dispongo de todos los datos. Las cifras solo se me revelan en momentos de tranquilidad, cuando me quedo en el medio, cuando no voy en ascensor a ninguna parte. Cada extremo me entrega el poder de la reafirmación en mi estado y el del olvido de todo lo que no es similar a él. Y me convenzo a mí misma de que el barro es lo único que conozco o de que es el cielo el lugar en el que he habitado siempre.

¿Por qué me engaña el cerebro? ¿Por qué favorece los extremos? ¿Por qué me persuade de que lo que siento en ese momento es lo único que hay y por qué es tan exagerado?

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Solía subir a menudo a la colina donde está situada la escultura de la Dama del Manzanares y quedarme sentada a su lado, mirando el horizonte. En esa época no vivía muy lejos de allí. La llamábamos la “Pelocha” y asociábamos el lío de su peinado con el de sus pensamientos, como si las ideas salieran de su cráneo para enmarañarle el cabello. Mi cerebro también me desordena pelo e ideas. Me desordena entera y me lo creo.

El abrazo, solo el abrazo en sí

Fundirse en un abrazo inmenso como si fuéramos trozos de hierro en el horno de un herrero y separarnos después sin saber muy bien quién es cada cual. Sin saber dónde está la frontera que separa un cuerpo de otro ni cuáles son los límites que bordean cada una de las mentes.graffiti-muro-beso-abrazo-amor

¿Acaso no somos sino un único ser escindido en varios cuerpos? ¿Acaso dudas de que seamos lo mismo? Carne, deseos, huesos, ideas, sentimientos, ganas, futuros, pasados y un presente que nunca lo está. ¿Acaso no seguimos las mismas sendas marcadas, no nos cansamos a veces, no parloteamos sin descanso y no imaginamos vidas con solo ver una mirada?

¿Acaso no es emoción lo que percibes debajo de la suciedad?

¿Acaso no somos sino el abrazo en sí y no las partes separadas que se unen en él?

This is water

Siempre nos engañamos a nosotros dos veces respecto las personas que amamos, primero a su favor, y luego en su contra.

Albert Camus

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Tengo la manía de imaginar que alguien es mejor o peor de lo que es todo el rato. No es que me engañe solo al principio o al final de mi relación con una persona, en los inicios idealizándola y al acabar subestimándola. Lo hago constantemente. Mis ideas sobre la gente cambian tanto como mi estado de ánimo. Un día alguien es lo mejor y al día siguiente puede ser todo lo contrario. No soy demasiado estable en ese sentido, ni tampoco muy objetiva, ¿cómo voy a serlo? Estoy dentro de mí y lo único que observo es que todo lo que sucede me tiene a mí por centro. Una sabe que hay vidas aparte de la que yo vivo, pero lo conozco solo gracias a mis propias percepciones, a lo que mis sentidos le cuentan a mi mente sobre ello; de modo que por muy lejanas y ajenas que sean el resto de vidas e historias, si las conozco siempre seré yo la protagonista y pensaré en ellas solo en función de cómo llegué a conocerlas.

El discurso “This is water”, que David Foster Wallace pronunció en 2005 para los recién graduados de una universidad americana, habla sobre ello. A mí me encantó. Aporta un punto de vista totalmente diferente al que estamos acostumbrados a enfocar. Otro tipo de pensamiento que se sale del camino, que se aleja del rebaño. Y ese es el mensaje que transmite, al fin y al cabo: la importancia de pensar por nosotros mismos, de alejarnos de los pensamientos preestablecidos, aquellos que vienen por defecto instalados en nuestra cabeza. Considero que es la mejor manera de vencer la subjetividad, y al mismo tiempo, de sumergirnos por completo en ella… Se vence al salir de las fronteras de nuestras ideas prefijadas y abordar así un nuevo tipo de libertad; y nos hundimos más en ella pues este método nos permite llegar a conocer un poco más de nosotros mismos.

Disfruten. Esto es agua.

Trapos sucios

naturaleza Hermann Hesse

El alma de las cosas, la belleza solo se nos revela cuando no codiciamos nada, cuando nuestra mirada es pura contemplación. Si miro a un bosque que pretendo comprar, arrendar, talar, usar como coto de caza o gravar con una hipoteca, no es el bosque lo que veo, sino solamente su relación con mi voluntad, con mis planes y mis preocupaciones, con mi bolsillo. En ese caso el bosque es madera, es joven o es viejo, está sano o enfermo. Por el contrario, si no quiero nada de él, contemplo su verde espesura con “la mente en blanco”, y entonces sí que es un bosque, naturaleza y vegetación; y hermoso.
Lo mismo ocurre con los hombres y sus semblantes. El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es solo un turbio reflejo de mi voluntad. 
En el momento en que la voluntad descansa y surge la contemplación, todo cambia. El hombre deja de ser útil o peligroso, interesante o aburrido, amable o grosero, fuerte o débil. Se convierte en naturaleza; es hermoso y notable como todas las cosas sobre las que se detiene la contemplación pura.
Hermann Hesse, “Mi credo”

 

Pero, ¿cómo es la contemplación pura?, ¿Cómo se hace para contemplar sin esperar nada, sin pretender nada, sin pensar nada? La nada no existe: yo no la he conocido. Tampoco la pureza o la contemplación pura. A nuestro alrededor todo está impregnado de lo que somos, como si más que un ser corporal fuéramos etéreos, como si fuéramos polvo en el aire y nos posáramos sobre la superficie de lo que nos rodea y lo cubriéramos así de nuestra esencia, de nuestro sello personal.

¿Entonces?

En mi opinión, la clave está en aceptar las cosas que no están a nuestro alcance como son, sin intentar mejorarlas, reestructurarlas, lavarlas y revolverlas en nuestro interior como si fuéramos una lavadora que disolviese las manchas de todo aquello que nos disgusta y que no podemos cambiar. Entre otras cosas porque la ropa sigue estando sucia fuera de nuestra mente y porque de ese modo nunca llegamos a apreciar lo que hay de bonito (o lo que nos puede enseñar) lo que, a primera vista, nos desagrada.

Amor (y odio) en la etiqueta

El amor desata.

El amor libera.

El amor comprende.

El amor escucha.

El amor da risa.

El amor abriga.

El amor compadece.

El amor tranquiliza.

El amor emociona.

El amor acuna.

El amor divierte.

El amor inspira amor.

El amor da amor.

El amor traspasa, pero no a la manera de los candados en una verja, sino que más bien al modo de la lluvia, que cala hasta el interior de la tierra y permite el desarrollo natural de los seres; a la manera de las palabras, que se introducen en la cabeza sin que nos demos cuenta y propician el nacimiento de otras palabras.

Así es el amor que yo concibo. Luego está el odio. Parecen opuestos, pero no hay nada más fácil que confundirlos. Al fin y al cabo, en la mente no hay apartados donde las emociones se presenten organizadas por etiquetas universalmente aceptadas.

Y la gente se lía: acaba pensando que el amor captura, que el odio suelta.

candado amor

Cada comienzo de mañana

Madrugar, empezar el día. Dejar que los sueños se diluyan en la claridad del día y se pierdan como gotas de lluvia un día de verano. El verano, el verano quedó atrás también; ya solo podemos aspirar a pseudoveranos, veranillos, versiones diminutas del gran verano, el mayor representante del buen tiempo, del calor, del tiempo libre, la diversión.

No me gusta el invierno. Odio el frío. Los días cortos. Las nubes oscureciendo el cielo, las lluvias, la niebla.

No me gusta tener que madrugar. Detesto el sonido taladrante del despertador sacándome de un tirón del sueño.

Mi cuerpo se pone en pie cual autómata y comienza las labores del día, se despereza, prepara la ropa, se lava la cara, se peina, se cepilla los dientes, se viste, recoge el taper antes de salir por la puerta, camina hacia el metro, procura sentarse en el vagón, mira la hora. El orden de las acciones suele ser siempre el mencionado y si no, muy parecido; es el pensamiento el que propicia los cambios y por la mañana no se ha despertado aún el pensamiento. Ni la mente. Ella no suele aparecer hasta bien empezado el día. Por la mañana está demasiado cabreada para mostrarse: se siente estafada, engañada, se levanta siempre depresiva. Mejor no molestarla. Mejor no hacerla pensar: dejar que el silencio cubra el espacio, que la rutina dicte los pasos, que el cuerpo obedezca sin torpezas.

¿Cómo despertarse de buen humor cuando nada de lo que ve le agrada a la mente?

Muchas veces me digo que el tiempo pasa y yo aún no he encontrado la manera de utilizarlo de forma que mi mente no sienta amargura cada comienzo de día.

Estoy desnuda

Pero siempre he sido una chica desobediente, una chica rebelde. No me gusta hacer caso, ni siquiera a mí misma.

Estoy desnuda. Las alas aparecen. Me apresuro a salir. Tengo prisas por llegar, aunque el destino no está más lejos de mis manos, de mi regazo cálido. He descubierto que no puedo controlar todo lo que me rodea, y aún así, está bien. No necesito tenerlo todo bajo control. Las cosas van y vienen, las personas, las ideas, las imágenes, los pensamientos, la ropa y los viajes. Incluso yo me pasaré algún día; hasta ese momento, mi vida consiste en dejar ir, aceptar y respirar hondo. El viaje puede ser tan movido como quieras, tan soso o tan exagerado como lo tengas en mente. Va en el estilo de cada uno. Hay quienes optan por vestidos de seda, incrustaciones de nácar, oro y plata, encajes y tul, y quienes prefieren lo simple. Qué más da. Hoy aquí, mañana allí, siempre en mí misma.

A veces no me comprendo. Me pongo tan ansiosa y tan nerviosa que al final no puedo hacer nada. Culpo de ello a mi voz interior, que me regaña y me manda lo que tengo que hacer y si decido no hacerla caso, me tortura, me pisotea. Pero siempre he sido una chica desobediente, una chica rebelde. No me gusta hacer caso, ni siquiera a mí misma. Si pienso en lo que es lo mejor para mí y me ordeno hacerlo, enseguida se me ocurren cientos de maneras de vulnerar mi control, de salirme de lo establecido, de no hacerme caso. No me gustan las reglas. Soy bastante dispersa.

Mi mente vuela y se queda en casa. Mi mente desnuda. Mi cuerpo cubierto. Yo misma diseñé, yo misma cosí mi vestido. Utilicé vergüenza, utilicé alegría, miedo, cobardía, ira, amor, utilicé un corazón agitado y atormentado que se muere por hacerme feliz.

El sueño que teje mi mente

Estoy tumbada en la cama. Me dejo llenar de sueño como si fuera una esponja puesta en remojo. Disfruto de esa etapa intermedia entre estar despierta y dormida. Me vienen palabras sueltas e inconexas que mi mente amarra y anuda para llevarse consigo a la fase del sueño. Es el desenlace que esperaba. El sol, el agua, quizá unas lágrimas de esas que vienen por cualquier motivo, quizá unas risas a carcajada limpia, algunas preocupaciones, ganas de continuar como se está y dejar las buenas intenciones en un saco polvoriento, abandonado en un desván. Cuando llueva, volveré sobre mis pasos y me conformaré con la melodía de la lluvia cayendo sobre el asfalto. Mientras tanto, continúo el sueño. No quiero comerme las uñas.