No existe vida exterior

No pedimos nacer ni tampoco morir; la mayoría nunca lo hace. Y sin embargo, todos formamos parte de la rueda. Nos movemos con ella, acabamos mareados y vomitamos en mitad de uno de sus giros.

Salir de ella no es una alternativa preferible. No existe vida exterior.

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Deseos

¿Por qué esa imposibilidad, ese deseo de nada, esa afición a pasar el tiempo encerrada en un lugar sin puertas? Está oscuro dentro, la ventana es opaca. Un día es un día que nace, se desarrolla y pare un hijo justo antes de morir. Muchos hijos, muchos días. No quiero esos frutos si están apagados: hay otras vidas fuera, hay diferencia, hay movimiento, deseos de luz y abrazos fuertes en el corazón que perforan la mente.

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A veces sueño con él

Mi abuelo. Mi abuelo Víctor. De vez en cuando sueño con él. En ocasiones son pesadillas, otras veces, en cambio, le veo y no puedo parar de besarle y abrazarle; siento que tengo que cuidarle, que tengo que quererle mucho antes de que se vaya porque ya no voy a verle más. De hecho, no le he vuelto a ver desde noviembre. Murió ese mes. Ahora mi tío ocupa su lugar en el sofá y parece que ya nadie se acuerda de él: no se le nombra, no se le recuerda; apenas queda nada de él.

Pero a mí me resulta muy difícil acostumbrarme a su muerte. ¿Por qué se supone que hay que entender y aceptar que muera alguien solo porque es mayor? Para mí era una persona como cualquier otra; le conocía, le quería, estaba unida a él. Me da igual que tuviera más de 90; en realidad yo le conocí los mismos años que al resto de miembros de mi familia. ¿Qué diferencia hay?

Supongo que con el tiempo poco a poco se apaga el recuerdo, que te acostumbras a estar sin una persona, del mismo modo que antes de acostumbraste a estar con ella. ¿Pero eso eso todo? ¿Todo? ¿Una simple falta de memoria? Me cuesta entenderlo. No quiero hacerlo tampoco.

Mi abuelo. Mi abuelo que ya no existe. A veces sueño con él. No me acostumbro a su muerte.